El niño del naufragio CAPÍTULO 21 #4
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CAPÍTULO 21 #4

Se había hecho tarde, mucho más de la hora a la que estaba acostumbrado a dormir. El calor del interior del camarote y los ronquidos acompasados del capitán me ayudaron a coger el sueño también.

Volví a mirar al señor Benavent. Reflexioné sobre esto último mientras me hundía poco a poco en una niebla oscura de la que me olvidaría a la mañana siguiente y cabeceaba con los brazos sobre la mesa.

De pronto, el señor Benavent gritó.

—¡La luz! —exclamó .

Levanté la vista hacia la puerta, sin saber muy bien por qué; luego hacia el señor Benavent. Ni siquiera recordaba si había llegado a soñar, o si seguía dentro de un sueño.

Me miró titubeando, con un gesto de cortés interrogación.

El camarote estaba cubierto por una luz tan fuerte que tuve que entrecerrar los ojos para no deslumbrarme. La llama del farol parecía de cristal y casi transparente en comparación con la que venía de fuera.

Los ojos del señor Benavent se fueron en dirección a la pequeña ventana.

Quise decirle algo, pero no fui capaz de hacerlo.

El aire se había convertido en algo pesado, y caía sobre mis hombros, aplastándome y llevándome a doblar el tronco.

Cuando intenté acercarme a él, tuve la sensación de que no era yo quien daba los pasos, sino una versión de mí mal hecha y deforme.

Pensé en la posibilidad de haber muerto, de que el barco se había hundido y de que todo lo que veía era el reflejo del fondo del mar.

No me sorprendió que no sintiera nada en mis dedos cuando estiré el brazo y le toqué el hombro. El señor Benavent no reaccionó al roce. Permaneció inmóvil donde estaba, con la mirada fija en lo que no parecía nada en absoluto.

En este punto, la mayoría de lectores habrán pensado en el capitán, y que lo debería de haber despertado después de que el señor Benavent no diera señales de vida. Estaba demasiado mareado como para acordarme de que él seguía allí sentado en su silla, roncando.

Moví las manos en el aire, sin tocar nada, hasta que mi miedo y mi mareo volvieron a la normalidad.

En su lugar, me quedó una sensación de vacío por algo que no sabía nombrar.

Estaba cerca y a la vez muy lejos de mi alcance y comprensión.

La sensación creció dentro de mí hasta que apenas podía mantenerme en pie.

La luz del camarote cambió de repente. Se podría haber vuelto más brillante, pero no lo hizo. Ahora se había convertido en una llama dentro de mis intestinos. Sentí un dolor físico en el pecho, mezclado bajo el placer físico y un descabellado sentido de la felicidad.

Se movía lentamente, entrando y saliendo de mí, disolviendo mi cuerpo en un polvo de espíritu libre. Flotaba en el aire. Un aire de colores ocres y dorados.

Una voz fina y angelical me susurró al oído. No comprendí sus palabras. Estaba seguro de que la presencia que rondaba por el camarote era la de la mujer de la que siempre hablaba el señor Benavent.

De pronto, unos dedos llenos de nervios invisibles me tocaron el hombro, haciendo líneas rectas hasta llegar a la cabeza, acariciándome. Tenía el cuello reluciente y resbaladizo de sudor, pero me sentí feliz de que el señor Benavent se encontrara allí conmigo, viendo y sintiendo lo mismo.

Se encontraba arrodillado en el suelo, con los ojos desorbitados, bizcos, farfullando ruidos sin sentido.

Junté las manos, esperando a que eso me las agarrara y se mostrara ante mí de forma física, pero no lo hizo.

La visión no tardó más que unos pocos segundos en dejarnos solos de nuevo, y entonces volvió el verdadero terror.

La luz dorada que nos había sacudido hacía un momento parpadeó, y la visión tan perfecta se volvió turbia, acompañada de una suave ráfaga de aire frío que me recorrió la nuca hasta llegar a los pies.

Otra voz invadió mi mente. La voz dulce y fresca de la mujer se volvió ruda y grave.

No tardé en reconocer la voz de mi abuelo.

Apareció frente a mí, con la cara podrida y cayéndose en trozos sangrientos, carcomida por un grupo de larvas que lo habían abandonado después de zamparse sus jugos.

Levantó el dedo, advirtiéndome de algo y parpadeó deprisa, con la vista clavada en mí.

Luego dirigió el dedo hacia la puerta. Mi vista lo siguió hacia la misma dirección.

Cuando me di cuenta, mi abuelo, o lo que quedaba de él, desapareció de mi vista.

En cambio, el camarote se llenó de unas criaturas oscuras y deformes que movían las extremidades en direcciones imposibles para cualquier ser humano.

Creí que los demonios habían salido del infierno a buscarme y a llevarme junto a mi abuelo por haberlo matado.

Sus cráneos se estiraban hacia atrás en formas cónicas y alargadas.

Los ojos, que no eran ojos, sobresalían de una deformidad ósea como dos enormes burbujas de alquitrán pegajoso sin iris y sin esclerótica.

Devolvían la mirada de un tiburón muerto.

En ningún momento pensé en el monstruo marino que nos había acechado durante todo el trayecto.

Una de esas cosas me agarró por la cintura con unas aletas de pez gigante, viscosas, que sustituían a las manos. Me apretó contra su cuerpo empapado y lleno de algas marinas mientras me arrastraba a través del camarote. No podía respirar.

Las otras criaturas se abalanzaron sobre el señor Benavent y el capitán.

A la luz moribunda del interior, creí ver un ojo que se arrastraba sobre dedos de pesadilla.

Se movían sin hacer ruido. Sus mandíbulas blandas babeaban, abriéndose todo lo que podían y volviéndose a cerrar, respirando de forma rápida y asquerosa.

Cada vez que abrían la boca para coger aire, un olor a mar podrido entraba a mis fosas nasales, dándome náuseas y ganas de vomitar.

Me llevaron hasta la cubierta.

Tuve la necesidad de gritar y pedir ayuda, pero al principio no salió sonido alguno de mis cuerdas vocales.

Luego conseguí emitir un chillido, esperando llamar la atención de los hombres de la tripulación.

Forcejeé con la criatura para escapar de sus brazos, moviendo las piernas para intentar tocar el suelo, pero estaba atrapado dentro de ese agarre pegajoso.

Cuando salimos, no vi a nadie a mi alrededor. La cubierta estaba completamente vacía, iluminada por una luz cerúlea sobre la noche .

De pronto me acordé de la criatura que Salinas había escondido en el barco, y del gran parecido con la descripción que nos había dado. Según él, eran inofensivas, y no nos iban a hacer ningún daño.

No me atreví a mirar más por miedo a lo que pudiera encontrar. Sentí impotencia, irritación y miedo.

La bestia me apretó con más fuerza y saltó conmigo por la borda.

Antes de sumergirnos en el agua, me fijé en algo que nunca se me borraría de la cabeza. A no más de unos pocos metros detrás del barco, había un enorme pilar de piedra de unos cuatro o cinco metros sobre las olas. El agua chocaba con fuerza en su base, levantando espuma blanca y verde.

Entre nosotros y esa roca había muchas cosas oscuras moviéndose en el agua. Tenían un cierto parecido a cabezas humanas tratando de escapar de algo, pidiendo ayuda y jadeando en la superficie.

Introducirme de lleno en el agua fría me devolvió el sentido de todo. Volví a la superficie a los pocos segundos y mis pulmones se volvieron a llenar de aire.

Me di cuenta de lo que estaba pasando.

El medio hombre y medio pez me sujetaba con un brazo mientras se agitaba con el otro. Avanzamos rápidamente entre las olas, en dirección al pilar que había visto antes.

Detrás del pilar había una plataforma uniforme de roca del mismo color, un poco por encima del nivel del mar.

El torrente espumoso corría por encima de la superficie cada vez que una ola golpeaba contra ella.

La criatura se agarró del borde con mucha facilidad y, de un solo impulso, consiguió subir conmigo en brazos. Me dejó de rodillas sobre la roca, empapado, y con náuseas por el olor que desprendía su aliento. Las olas seguían resbalándose a mi alrededor.

La criatura se puso de pie, me agarró por el cuello de la chaqueta y me levantó a su lado .

Al lado de la plataforma había una abertura cuadrada. El agua entraba por la grieta cada vez que chocaba con el pequeño peñasco lateral.

Tenía el tamaño de la escotilla de un barco. El pilar a su lado —como los restos de un mástil roto y hundido— parecía un naufragio petrificado en medio de la nada.

Busqué nuestro barco con la mirada después del extraño parecido. Estaba a lo lejos, quieto, solitario, pero todavía en pie. Las velas se agitaban con poca fuerza mientras el viento volvía a soplar en dirección oeste.

No tuve mucho tiempo de verlo antes de que la criatura me volviera a agarrar de la cabeza con sus tentáculos y me arrastrara hasta la abertura de la roca. Resistirme y patalear como un niño pequeño no me ayudó a escaparme.

De un empujón, me metió hacia su interior.

Grité. Grité todo lo que pude y me convencí a mí mismo de que mi vida había llegado a su fin.

La caída no había sido tan larga como me imaginé. Caí sobre algo más blando que una roca. Me pareció caer sobre el estómago de un hombre. No estaba del todo seguro.

Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Mis sentidos dejaron de ver, de oír, de sentir, y una nube negra y tormentosa se colocó delante de mis ojos hasta volverlo todo oscuro y frío .

CAPÍTULO 22

No fui consciente de estar respirando hasta que noté una sensación de vacío por dentro.

Me quedé así —no sé por cuánto tiempo, puede que fuera más de una hora— hasta que recuperé un poco el sentido y dejé de encontrarme tan débil.

Pensé sin sentir, y esperé encontrar una respuesta a lo que había ocurrido y a lo que había hecho para llegar hasta aquí.