El niño del naufragio CAPÍTULO 20 #5
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CAPÍTULO 20 #5

Oscuridad, miedo, sombras como mantis religiosas y viscosidad.

Por un momento pensé que todo aquello era lo que significaba la muerte.

No estaba triste por ello, ni sentía pena por haber acabado así.

Al fin y al cabo, era lo que me merecía.

Haber matado a aquel niño y a mi abuelo solo me podía haber llevado en una sola dirección, y al fin había llegado a su destino.

Volví a resentir el miedo cuando miré a mi alrededor y mis sentidos volvieron a la normalidad.

Momentos después, una pequeña luz débil y amarillenta brillaba en la oscuridad.

Me dejó ver un paso subterráneo, una torre antigua hundida.

Sus paredes eran de piedra, y el techo, una cúpula ovalada como las que hay en las criptas de los monasterios.

Estaba tumbado sobre un lecho de huesos partidos y algas, encima de una cornisa que sobresalía de las paredes y rodeaba la cueva.

No me encontraba solo.

A ambos lados de la cornisa —muy cerca de mí— había un montón de cuerpos, algunos en una fase de descomposición avanzada. Reconocí a algunos de nuestros hombres entre la penumbra.

Llamé en voz baja a uno de los que estaban más cerca, pero no respondió. Levanté un poco más la voz, mientras trataba de levantarme, ayudándome del brazo que no tenía dormido para arrastrarme hacia él.

El hombre no se movía .

Cuando llegué a él, me percaté de que era el contramaestre. Solo quedaba de él un tronco superior sin piernas y un fino hilo de lo que debía de ser uno de sus intestinos ensangrentados, untado de un líquido negro que se introducía entre las grietas de la piedra.

Cuando llegué a él, me percaté de que era el contramaestre. Solo quedaba de él un tronco superior sin piernas y un fino hilo de lo que debía de ser uno de sus intestinos ensangrentados, untado de un líquido negro que se introducía entre las grietas de la piedra.

No diría que la alucinación de que estuvieran vivos hiciera que mis tripas dejaran de retorcerse. El aceite negro supurando de lo que quedaba de ellos había hecho que entrara en la zona roja. Se había roto el dial de cualquier lógica.

Acerqué la mano a la boca del hombre —que estaba abierta—. De allí solo salió el supuesto suspiro de aire estancado y gases internos.

Lo agarré por el brazo y lo sacudí. Mi cerebro no esperaba realmente que ese medio hombre me ayudara, pero desde hacía un rato había rechazado la realidad.

No reaccionó, como esperaba.

Su cabeza se zarandeó a un lado sobre el cuello, y el cuerpo se ladeó al no tener el lastre de las piernas para clavarlo en el suelo.

La expresión de su rostro se había congelado, y flotaba en algún punto indeterminado entre el pánico y el suicidio. Sus ojos se habían convertido en dos huevos duros pelados.

Aparté la mirada de golpe cuando un aire frío corrió entre mis hombros y la bilis llegó a mi garganta.

La criatura que me había tirado en aquella abertura de la roca volvió a mi cabeza.

Me asomé al borde. Algo se movía en la penumbra, un poco más abajo de donde me encontraba.

Se deslizaba triturando sus propios huesos y aplastando sus extremidades. Mi cerebro quería creer que solo era una serpiente .

Cuando pasó por debajo de la luz amarillenta me di cuenta de que estaba equivocado.

La masa de carne de sus costados lo hacía difícil de describir.

Su piel estaba hecha de trozos diferentes de algo rosado y algas que se interponían entre los huecos que se metían hacia dentro.

Desprendía destellos de colores azulados que se encendían y se apagaban.

Una nube de humedad se había creado en la superficie.

La criatura se dejaba caer hacia delante, para volver a su posición original y volver a hacerlo. Los abultamientos blandos de su cuerpo palpitaban y se abrían y cerraban en pequeñas bocas con dientes pequeños.

Por un momento me pareció ver su rostro —que algún día debió de ser humano—. Estaba enterrado entre todas esas deformidades y tejido mojado. Me observaba.

La criatura llegó hasta el borde y desapareció haciendo un chapoteo viscoso.

Me quedé un momento mirando el lugar por el que se había esfumado, pensando en lo que acababa de ver. Nunca antes había visto algo así y no tenía ni idea de lo que podía ser.

Los pelos de mi cabeza se habían erguido, y estaba empapado de sudor frío.

El miedo me arrastró hasta el borde. Mis pupilas se dilataron hasta ser dos manchas oscuras, tragándose la penumbra.

Me encontré mirando hacia un pozo sin fondo. Veinte metros más abajo se formaba el charco de agua. Tardé un segundo en percatarme de lo que estaba haciendo.

Una sombra se movía en ella, luego la masa cárnica. Chocaba una y otra vez contra las paredes de piedra. Dos canicas trasparentes por ojos me miraban desde abajo.

Me eché para atrás, sobresaltado. El salto casi me descoyunta el cuello. Mi cerebro había cortado la conexión con mis piernas, y no pude salir huyendo .

Los ojos de la criatura no estaban en ningún manual o libro de biología que hubiera visto antes. Me miraban con odio, con la indiferencia de un lobo o un tiburón. Contenía algo por dentro que estaba a punto de salir, y que no debería existir.

Mis pies se quedaron fijos donde me encontraba, y mi garganta se llenó de un aire extraño que no me dejó gritar.

Sin poder hacer otra cosa que mirar, le pedí a Dios que me sacara del sueño en el que me encontraba, o creía estar. Dios no estaba en ese momento para ayudarme.

Contuve la respiración sin pestañear. Si lo hacía, aquella cosa saldría del agua e iría directamente hacia mí.

Ahora podía verlo mejor. En la parte de arriba tenía la fragilidad de un bicho palo, todo huesos y nervios; la parte de abajo era un bulto grumoso repleto de vejigas negras de piel que estaban a punto de reventar.

Gran parte de lo que era estaba sumergido en el charco, un líquido negro repleto de huesos flotando e hilos rojos de sangre.

Por encima —o alrededor de lo que debía de ser una cabeza, si es que tenía una— se alargaban varios apéndices gruesos y unos brazos deformados, o varios troncos llenos de músculos que se movían sin articulaciones y reptaban por los lados donde no había agua.

Se componían de ventosas, las mismas que había visto cuando algo se deslizaba cerca de la pared.

Algo sonó debajo de donde me encontraba apoyado mirando aquella criatura. El sonido de algo acuoso se arrastraba por encima de la piedra.

Miré más abajo.

Uno de sus brazos largos y sin articulaciones subía empujándose contra la pared. Venía directo hacia mí.

Tuve un ataque de pánico antes de poder pensarlo. Me eché para atrás lo más rápido que pude y rodé hacia un lado, jadeando. La cosa esa llegó al borde y se lanzó hacia delante .

Sus ventosas se abrieron —decenas de pequeñas bocas buscando algo de carne—. Pasó a menos de dos centímetros de mi hombro, dejando un rastro de un olor salado y repulsivo tras de él.

Flotó un segundo en el aire, giró y comenzó a tantear la superficie de la roca.

Sin pensarlo demasiado, me tiré al suelo y comencé a arrastrarme sobre mi vientre. Me alejé hacia el lado contrario. Allí se encontraba otro de nuestros hombres, encima de la cornisa —en dirección contraria a donde se encontraba el cuerpo mutilado del contramaestre.

Mientras me acercaba, mis oídos se transformaron en muchas campanas de pitidos agudos. El frío de la piedra contra mi mejilla se volvió cálido y agradable. Los dedos que antes eran fuertes y agarraban cada irregularidad de granito se derritieron, dejándose caer laciamente sobre el suelo.

Una voz al fondo de mi mente me recriminó como mi abuelo, porque era la de él. Creí que era real hasta que esa misma voz respingó hacia todos mis sentidos con una frase de un libro que leí hace tiempo.

«No te atrevas a apagar la luz ahora, muchacho».

La luz no se apagó de golpe. El hombre de la cornisa empezó a vibrar, deshaciéndose como la cera. Finalmente, la roca bajo mi pecho desapareció al mismo tiempo que la oscuridad me atrapaba.