El niño del naufragio CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Cuando volvimos al barco, el señor Benavent apartó a Salinas del resto de la tripulación. Le preguntó si conocía al hombrecillo que no hablaba, y si pertenecía a la tripulación del barco pirata. Salinas respondió que no lo había visto en la vida.

El señor Benavent llevó al hombrecillo al camarote. El capitán nos esperaba recostado en el diván. Se incorporó enseguida cuando nos vio entrar. Sus ojos se abrieron como platos al ver al extraño acompañante entre nosotros.

Cuando el capitán le fue a dar la mano y a presentarse, el hombrecillo pasó por su lado y se sentó directamente sobre uno de los taburetes junto a la pared. Sacó su caja de piezas acristaladas, su aguja y su hilo.

El capitán se quedó sin palabras. Antes de que pudiera decir algo, el señor Benavent le explicó cómo lo habíamos encontrado en el camarote del barco pirata y lo que había ocurrido después. También le enseñó el libro y la caja llena de piedras preciosas. La dejó abierta frente a él.

—¡No me lo puedo creer! ¿Cómo han podido dejar algo así? —exclamó el capitán, levantando las manos mientras contemplaba las joyas con fascinación—. Pero vamos a lo que importa. A ver qué dice ese libro. Espero que haya algo que nos explique lo que ha pasado con el barco —añadió, sonriente.

—He estado mirándolo por encima —respondió el señor Benavent, algo seco—, pero no se entiende nada.

Nos reunimos todos alrededor de la mesa. El señor Benavent abrió el libro por una página. La escritura era muy pequeña y clara, aunque la había escrito una mano temblorosa. Empezó a leer palabra tras palabra.

Mis sentidos están fallando, como cuando…

(estas palabras estaban tachadas). O muero o me vuelvo loco, así que quiero dejar constancia de esto.

Poco después del oscurecer, mientras estaba se ntado en el estudio, pensando en mis cosas, vi algo raro a través de la ventana del camarote.

Una luz brillante de color verde atravesaba las paredes. Me levanté rápido para ver qué pasaba…

—Y ahí, ¿lo ves? —dijo el señor Benavent—.

Está cortado. No hay nada más después de eso.

Las páginas anteriores ya las he mirado, pero solo hablaban de plantas, animales y cosas así, lo que seguramente vio en sus viajes.

Bueno… Eso no era todo. Había una página que hablaba de un monstruo marino, pero no parece tan importante.

Deberíamos centrarnos solo en lo importante.

Todo esto es demasiado raro como para ser de verdad.

¿Qué le ha podido pasar a este hombre? —preguntó, mirando de reojo al extraño que no había soltado ni una palabra desde que lo encontramos.

El hombrecillo ensartaba sus cristales de colores.

—Mmm… sí, ¿y el resto qué? —preguntó el capitán—. ¿Era el único hombre que estaba en el barco? Estoy seguro de que ha sido obra de otros piratas. Los habrán arrojado al mar… o se los han llevado como esclavos a su barco.

—No lo creo… Ellos mismos eran piratas —respondió el señor Benavent—. Piensa que si los atacaron otros piratas, estos no se quedarían de brazos cruzados sin hacer nada. Y no hay señales de violencia en el barco.

El capitán se quedó pensativo, rumiando en silencio. Me pregunté si el señor Benavent iba a sacar alguna conclusión de todo esto. Puede que solo usara el libro como un pedernal, golpeándolo para ver si saltaba alguna chispa de sus propias ideas.

De pronto, el capitán se animó.

—¡Ya lo tengo! —exclamó—. Es muy evidente.

Encuentra un barco, lo persiguen y lo capturan sin necesidad de disparar.

El tío este, liado con sus piedritas, ni se entera.

Cuando suben a bordo, ven que tienen un buen botín y un barco mejor que el suyo.

Así que se trasladan al otro, después de arrojar a toda su tripulación al mar, y se van.

A él se lo dejan —le señaló con el dedo—, porque se les olvida que estaba allí o porque ninguno se da cuenta de que estaba en el barco.

Cuando el pobre hombre ve que está solo, pierde la cabeza, y comienza a inventarse lo de la luz verde y las demás tonterías que tiene escritas en el libro.

La gente rara siempre hace lo mismo, hasta que se quedan mudos para siempre.

Terminó de hablar, sintiéndose superior por haber llegado él solo a esa conclusión.

Reconozco que me impresionó, y mentiría si no dijera que estaba convencido de que había sido así.

Miré al capitán con respeto, pensando que el misterio ya estaba resuelto.

Esperé que el señor Benavent compartiera la misma opinión, pero su expresión no cambió en absoluto.

—Puede que tengas razón, capitán. No tendría una explicación mejor que esa.

Aun así, tengo muchas dudas. No me quedo tranquilo con una explicación tan sencilla.

No se puede resolver pensando que el libro son los desvaríos de un loco.

Y aunque se hayan olvidado de un loco, todavía no entiendo por qué unos piratas se dejarían un tesoro tan grande.

Fue una puñalada directa al orgullo del capitán.

—No creo que el tesoro fuera un obstáculo tan grande como dices —dijo enseguida, después de recuperarse—.

Antes de nada, ¿cómo sabes que no era del tío extraño?

Y segundo, por lo que tengo entendido, los piratas siempre respetan los acuerdos que hacen entre ellos, así que puede que no se lo hayan quitado.

Sigo pensando que tengo razón. Tú mismo has dicho que no tienes otra teoría mejor.

—Cuando los piratas abandonan el barco no suelen dejarlo a flote —respondió el señor Benavent—. Te pido por favor que mires con más atención la última página. Es rara, pero no suena al delirio de un loco. Debe de estar conectado de algún modo.

Se inclinó sobre el libro y leyó en voz baja.

— «Vuelvo a perder los sentidos» ... y justo después escribió: «como cuando vi…

» , pero esto está tachado. La última palabra no se comprende.

¿Por qué lo tachó? Lo más probable es que se hubiera quedado en blanco en ese momento y decidiera dejarlo para acabarlo más tarde, cuando explicara lo que había pasado, o lo que había visto, al subir corriendo a cubierta, como él mismo dice.

Pero por alguna razón no lo hizo. Y justo ahí, como ves, se corta el relato.

Eso no parece incoherente. Es como si algo más importante lo hubiera interrumpido.

El capitán abrió la boca para decir algo, pero el señor Benavent continuó, pensando en voz alta, más para sí que para nosotros.

—¿Y qué se puede pensar de esa luz? —dijo el capitán, con el ceño fruncido—.

Dice que era verde. Y que atravesaba las paredes del camarote.

¿Cómo puede una luz verde, roja o del color que sea atravesar la madera maciza?

¿No querría decir que entró por la portilla?

Pero entonces, ¿por qué escribió «a través de las paredes»?

Tendría que haber sido un poco más preciso… Bueno, no voy a negarlo todo, pero…

Algo lo interrumpió de golpe. Los tres giramos la cabeza al mismo tiempo.

El hombrecillo mudo, de quien ya habíamos olvidado por completo que estaba con nosotros, se había levantado de su rincón, y ahora caminaba hacia la mesa.

Arrastraba un pie detrás del otro, como si estuviera todavía medio dormido.

Alargó la mano hacia el libro, lo abrió por otra página y se inclinó sobre él. Se quedó un rato así, con los brazos apoyados. De pronto, su mano empezó a moverse por encima del papel.

El señor Benavent le puso una pluma entre los dedos rápidamente. El hombrecillo la sujetó con torpeza entre el dedo pulgar y el dedo índice, pero la pluma no se cayó. Garabateó la página con líneas que se movían de arriba abajo y luego en forma de círculo, sin ninguna forma coherente.

Poco a poco, esas líneas empezaron a tener sentido. Primero fueron letras sueltas y separadas, y luego palabras.

«Pieza acristalada naranja atardecer» . Las repitió en la siguiente línea. Después algo que se parecía a la palabra «girasol» . Y un poco más abajo, «Columna de piedra» .

Esa misma escritura que comenzaba a tomar forma se volvió a deformar en garabatos hechos por un niño pequeño, hasta que dejó de hacerlo.

Nos quedamos esperando a que continuara, pero se quedó encorvado sobre el libro sin hacer nada.

Soltó la pluma —que cayó sobre el libro—, se irguió, y se quedó quieto de pie.

En sus ojos se reflejaba algo que podría hacerse pasar por felicidad.

El señor Benavent estiró la mano y acercó el libro hacia él. Luego examinó los garabatos del hombrecillo, intentando comprenderlos. El capitán y yo estiramos el cuello desde cada lado para ver mejor.

—Esto no tiene ningún sentido —dijo al fin el capitán—. Nos has traído a un inútil a bordo.

—Eso parece… lo admito —respondió el señor Benavent—.

Pero… no estoy tan seguro. Puede que este hombre esté en un estado de éxtasis por algo que le haya ocurrido.

Está fuera de sus sentidos. Es como si estuviera viviendo dentro de un sueño.

Suelen aparecer imágenes extrañas de cosas que nos ocurren durante el día, y este hombre parece que las está mezclando con la vida real.

Esas palabras pueden tener algún significado dentro de él, y tengan relación entre ellas, aunque nos parezca que no tienen sentido.

«Columna de piedra, girasol, piezas acristaladas… ».

Dejó de hablar de golpe, y repitió en voz baja algunas de las palabras que el hombrecillo había escrito en el libro. De repente sonrió.

En cambio, el capitán estaba callado. Lo observé abrir la boca una o dos veces para decir algo, pero no lo hizo. Era como si esas palabras tontas lo hubieran dejado mudo.

Se levantó de su silla y empezó a caminar de un lado a otro del camarote, con las manos pegadas a la espalda.