El niño del naufragio CAPÍTULO 10 #7
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CAPÍTULO 10 #7

Cuando el capitán se marchó en su bote, acompañado de algunos hombres de nuestra tripulación, aparecieron unas pequeñas embarcaciones extrañas que se acercaban a nosotros.

Estaban hechas a mano, construidas con varios troncos unidos de lado a lado con cuerdas, con uno o dos mástiles, y una vela hecha con una gran tela larga blanca y sucia.

En cada una de ellas se sentaban dos hombres, uno en cada extremo.

Eran pescadores, de piel muy oscura, vestidos solo con un pantalón remangado hasta las rodillas.

Una de las pequeñas embarcaciones llegó hasta nosotros. El señor Benavent les compró algo de pescado. Se lo dieron en una cesta que tenían colgada del mástil.

Dejó todo el pescado comprado en la despensa del barco y se dirigió a su camarote. Se volvió antes de entrar para pedirme que le avisara cuando viera regresar el bote del capitán. Era el momento en el que se iba a preparar para bajar a tierra y llevarme con él.

Cuando el señor Benavent se giró y entró en su camarote, Salinas se escabulló hacia donde estaban los pequeños barcos preparándose para partir. Les compró todo el pescado que les quedaba.

Tiró una moneda de plata sobre la mano de uno de los pescadores y volvió con los brazos llenos de pescado. En cuanto me vio me enseñó la lengua y apartó la vista .

No había recorrido más de unos pocos pasos cuando el contramaestre —que estaba cerca de quebrarse la rodilla— le gritó que se quedara quieto.

—¡Eh, tú, gordo de mierda! —vociferó, sin apartar la mirada del montón de pescado que llevaba entre los brazos—. ¡Ven aquí, anda! Tengo trabajo para ti.

Salinas aceleró el paso, haciéndose el sordo. El contramaestre comenzó a seguirle. Les gritó a algunos marineros que estaban en medio del camino de Salinas que no lo dejaran irse.

Salinas arremetió contra ellos. Los marineros se tambalearon como muñecos de paja, y parte del pescado se desparramó por las tablas haciendo un sonido húmedo y asqueroso.

Dos de ellos se enfadaron por el empujón, y se repusieron enseguida. No consiguieron hacer que se detuviera, pero sí llegaron a cerrarle el paso a la escotilla. Los demás se levantaron también, y se unieron a su caza. El contramaestre dejó de gritar.

Salinas corrió por toda la cubierta, tropezándose con todo lo que se interponía en su camino, hasta que finalmente pisó uno de los peces y cayó de bruces al suelo.

Los hombres se tiraron encima de él, y se lo entregaron al contramaestre como un fardo de dinero.

Los que no participaron en la escena y solo se quedaron observando, se doblaron sobre sí mismos, sin poder dejar de reír.

El contramaestre se enfureció con ellos.

Le habían pedido reunir a todos los hombres para comenzar cuanto antes a reparar los daños que había provocado el viento —mástiles, jarcias, cabos—.

Entre ellos también se encontraba Salinas.

El contramaestre lo insultó un par de veces, le pegó un bofetón en la cara y le obligó a trabajar.

Él también se enfadó. No fue por la humillación frente a todos los presentes, sino porque había perdido gran parte del pescado que había comprado.

Escupió al suelo y se alejó mientras todavía sujetaba un trozo de pescado flácido .

Cuando el contramaestre se cansó de echar bilis por la boca, mandó a los demás a revisar los cabos y poleas, arreglar los tablones del suelo que se habían soltado y reorganizar los suministros.

En cambio, a Salinas lo plantó en medio de la cubierta con una vela rota. Lo obligó a coser allí mismo, con el sol pegándole en la nuca.

El hombre se sentó con la lona sobre las rodillas y empezó a clavar la aguja de velero con violencia.

Lo vi levantar la vista hacia el contramaestre mientras su labio se retorcía en una especie de risa escondida.

No estaba suficientemente cerca para oír sus palabras, pero me pareció que decía algo sobre que se arrepentiría por lo que le había obligado a hacer, y que lo pagaría de una forma que nunca podría imaginar.

Uno de los marineros subió por la escotilla, y se fijó en el trozo de pescado reseco que Salinas había dejado junto a él.

—¿Y qué, Salinas? —dijo.— ¿Piensas ponerlo a secar al sol para que coja gusto? A ver si así compensa lo pequeño que es.

Otro de ellos se acercó por detrás e intentó quitárselo. Salinas respondió rápidamente con su habilidad con el cuchillo. Pasó tan rápido que el bromista no se dio cuenta de lo que había pasado hasta que reconoció el objeto filoso manchado de sangre que sujetaba Salinas.

—Ten —dijo Salinas, mostrando un trozo de carne y sangre entre los dedos—.

Un pedacito de tu dedo. Si vuelves a tocar mi pescado te corto la articulación entera.

¿Veis este cuchillo, compañeros? —sonrió con una mueca larga y estrecha—.

Es un poco viejo, pero es muy buen cuchillo.

Todavía es capaz de cortar sin problema.

¿Alguien quiere cambiar dedos por mi pescado? Adelante.

Se convirtió en demonio por un momento mientras hablaba.

Un animal salvaje no es más que una criatura a la que todavía no han domesticado, algo feroz y peligroso todavía, pero cuando un hombre se tiene que enfrentar de forma antinatural a algo que quiere tener sea como sea, ya no se le considera hombre ni animal, sino un demonio .

Ese desgraciado sujetaba el cuchillo como si formara parte de una extensión de su mano, una garra de acero manchada de rojo.

En el caso de Salinas era diferente. Su rostro esponjoso y sonriente solo le daba un aspecto de payaso siniestro.

Los dos marineros se apartaron de él y se marcharon en otra dirección. El que se había quedado sin dedo se dirigió abajo para vendarse el muñón. El otro volvió a su faena en el palo mayor.

El contramaestre volvió a cubierta después de haber estado dos horas desaparecido.

Pisó por casualidad el rastro de sangre que había dejado el marinero herido.

Me preguntó sobre lo que había ocurrido allí, mientras al mismo tiempo dirigía la mirada hacia Salinas.

Lo pilló guardándose el cuchillo en el bolsillo.

—¿Qué coño es esto? —preguntó.

Le expliqué lo mejor que pude que Salinas le había cortado el dedo a uno de los marineros que intentaba quitarle el pescado.

Aranda acababa de subir a cubierta. En cuanto el contramaestre lo vio, salió disparado hacia la toldilla en la que solía situarse siempre.

—¡Aranda! ¡Por favor, ven! A ese hombre se le ha ido la cabeza. Es un peligro para la tripulación. Debemos hacer algo con él, pero esto no puede seguir así —dijo señalando a Salinas con la barbilla.

Aranda se acercó a Salinas. Seguía cosiendo la vela, como si no hubiera pasado nada.

—¿Algo que decir a las acusaciones del contramaestre? —le preguntó.

Salinas levantó la cabeza con mucha calma.

—¿A no quedarme quieto cuando me llamó? Solo quería guardar todo el pescado que les he comprado a los portugueses. Iba a volver a lo mío enseguida.

—¿Y a lo de la amputación a tu compañero? —insistió Aranda.

—Ese hombre intentó quitarme el único pescado que me quedaba. De cualquier manera —añadió—, reconozco y confieso que ha estado mal por mi parte. Estoy dispuesto a aceptar cualquier castigo, aunque me dejéis sin bajar a tierra con los demás.

No dejó de mirar a Aranda de una forma extraña. Lo vi guiñarle un ojo cuando terminó de hablar. Disimuló el gesto parpadeando dos o tres veces seguidas.

—¡Dios Santo! ¡Sí que pega fuerte el sol! —exclamó—. Me molesta a los ojos.

El contramaestre suspiró.

—Lástima que no te moleste también la lengua —dijo el contramaestre, irritado—. Si yo fuera el capitán, te castigaba descuartizándote cada uno de tus dedos gordos.

—No vamos a hacer eso. Lo justo sería que no bajara a tierra nunca más —dijo Aranda, algo violento. No era su forma habitual de hablar—. Estoy seguro de que al capitán le parecerá bien que no baje a tierra. Ya me encargo yo de decírselo cuando lo vea. Asunto zanjado.

—¡Por favor! Es demasiado castigo para un gordito como yo… —protestó Salinas—. ¡No ha sido para tanto!

El contramaestre se rascó la cabeza. No parecía tan convencido. Al capitán se le daba mejor echar broncas que hacer que se cumplieran los castigos.

—¿Cómo que no es para tanto, pedazo de inútil? Le has cortado el dedo a un compañero —replicó el contramaestre—. Este pedazo de mierda…

—¡Silencio! —interrumpió Aranda—. Ya no hay más que decir. Cada uno con lo suyo.

Se dio media vuelta y volvió a la toldilla. Su conducta nos dejó a todos perplejos.

—Puto insecto… si fuera yo el capitán ya estarías muerto —susurró el contramaestre entre dientes, mirando cómo se alejaba.

Echó un vistazo alrededor. Algunos de los hombres que estaban junto a la borda lo observaban con curiosidad. Giró de forma brusca sobre sus pies y se fue a proa .

Desde que Aranda había terminado de hablar con él, Salinas se había concentrado en su trabajo —o eso parecía—. Levantó la vista un momento, y al ver que el contramaestre se alejaba, dejó caer la aguja y le hizo un corte de manga.

Recordé que en la isla de Santa Cruz, Aranda había ayudado a Salinas a conseguir pescado.

Me dejó un poco intrigado. Había algo de complicidad entre ellos en el castigo impuesto.

Por alguna razón, Salinas no parecía querer bajar a tierra.

Era evidente que había algo más allá en este viaje, o lo que fuera que estuviera tramando el señor Benavent.

Me sentí orgulloso de haberme dado cuenta de eso yo solito —o eso creía—. Pensé que lo mejor que podía hacer era contárselo al señor Benavent, pero no lo hice. No quise interrumpir su momento de escritura.

Decidí quedarme un rato más en cubierta, mirando el puerto, sin esperar nada en particular, solo a que llegara el capitán para poder bajar yo junto al señor Benavent. Sabía que todavía iba a tardar un par de horas en volver.