El niño del naufragio CAPÍTULO 4 #5
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CAPÍTULO 4 #5

Era un marinero. Lo sabía por su forma de andar tan inestable, igual a la de mi padre.

Era algo común en las personas que han pasado tanto tiempo bajo el movimiento del barco.

Llevaba una gorra sucia y una camisa de lino blanca, igual de manchada y desgastada.

Su cara era redonda y algo amarillenta, características de las personas enfermas.

Aunque sus pintas fueran de marinero, no tenía el tono curtido en la piel que tienen todos los hombres de mar.

Me moví a un lado para verlo mejor. El ruido de los arbustos hizo que se detuviera.

Miró hacia el sonido, hacia el matorral, donde yo me encontraba.

Se agachó, recogió un palo del suelo, y se acercó al arbusto apoyándose en él.

Cuando estuvo delante, hundió el palo entre las ramas con tanta fuerza que un montón de hojas salieron despedidas. Me dio justo en las costillas.

—¡Eh! —gritó, mientras yo gemía de dolor y me apretaba las costillas—. ¿Qué clase de gato o conejo tenemos aquí? ¡Sal de ahí! ¡Sal ahora mismo o te mato aquí mismo!

Salí de los matorrales aullando, doblado sobre mí mismo.

—Me llaman Francisco Salinas —dijo, mientras me daba otro golpe. Me retorcí en la hierba, y él se agachó a mirarme como si fuera un bicho raro—. Me puedes llamar Salinas —continuó—. ¿Y tú, pequeño amigo?

Su rostro, primero sonriente, cambió al ver que no respondía a su pregunta. La sonrisa de su cara se deshizo, sus labios se fruncieron, y sus ojos se volvieron dos rendijas oscuras.

—Me llamo José María —dije, temblando y frotándome las costillas—. José María Méndez.

—Lo siento, José —respondió—. Ya lo ves… tengo el hábito de que cuando veo a un chaval como tú, sin ofender, le tengo que dar una buena paliza para que no asuste a los adultos escondiéndose entre la maleza. No le des vueltas al asunto.

Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó una moneda de plata. La sostuvo al sol. Era tan brillante como el ojo de un gato enfadado. Eran ocho reales. Con eso podría comer durante unos días. Estiré la mano para cogerla, pero cerró el puño de golpe.

—Esta monedita es para ti si me haces un pequeño favor —abrió la mano de nuevo y miré la moneda como si fuera un tesoro—. Tienes que llevar una carta. Pero espera, mira esto. Sé que a los niños les gustan las curiosidades. Aunque tú ya no eres tan niño, ¿eh?

Guardó la moneda en el lugar de donde la había sacado y sacó del mismo sitio una concha marina, marrón y blanca. La constante manipulación con las manos durante años había pulido la superficie, haciéndola plana. Me la mostró en la palma, y luego la acercó a mi oído.

—Silencio. Escucha —susurró en voz baja—. Es el sonido del mar. Llévala contigo vayas donde vayas, y podrás sentirlo aunque estés en mitad del bosque. Te hará compañía para que no te sientas solo. ¿Qué te parece?

Cuando sostuve la concha en la mano me puse a pensar.

Podría haber elegido la moneda de cien pesetas con la que podría comprar pan y algo de beber, pero con ella no podría escuchar el mar.

La concha, en cambio, podría darme compañía, algo que ninguna moneda podría darme.

Y nunca más me iba a encontrar solo. Asentí con la cabeza.

—¿Dónde quieres que lleve la carta? —pregunté.

Mi mano apretó la concha. Definitivamente me quedé con la concha que suena al mar.

—No muy lejos. A dos o tres prados de aquí verás una granja pequeña con dos molinos de piedra antiguos.

Tienes que darle la carta al señor Benavent —pronunció el nombre como si fuera un conjuro mágico.

Luego me miró, serio—. Gracias, pequeño amigo.

Pero recuerda, confío en ti. Y como confío en ti, no diré lo que te pasará si no entregas esta carta en su mano. ¿Entendido?

—Me quedo con la concha —dije—. Llevaré tu carta.

—No —respondió él, con una sonrisa tan amplia que su cara se partió en dos, mientras arrancaba de mis manos la concha y la devolvía a su bolsillo—.

Esto es un trueque. Los barcos no llevan el timón por delante, sino por la popa.

No te la daré hasta que entregues mi carta al señor Benavent. Cuando la entregues, será toda tuya.

Me puso la carta en la mano y me lanzó una mirada capaz de atravesar a alguien como un cuchillo.

—Gracias, amigo —dijo con una sonrisa—. Muchas gracias.

Y desapareció rodeando el bosque.

Crucé los prados hasta la granja.

Después de caminar un buen rato, vi a lo lejos una edificación grande, de varias plantas, pero algo vieja, con un techo hecho de un amasijo de ladrillos rojizos.

Estaba junto a varios molinos de viento con las aspas paradas, tal y como había descrito Salinas.

No vi ninguna señal de vida humana ni animal por la zona.

Cuando llegué, el sol acababa de ponerse. La luz cálida, dorada y rojiza bañaba el paisaje. Las paredes y las tejas brillaban como si estuvieran hechas de cobre.

Fue como llegar a casa de mi abuela, aunque no lo fuera. Sentí paz .

Salté la verja metálica que rodeaba la granja, avancé por el sendero hasta el porche, y le di varios golpes a la puerta con el puño.

Me abrió un hombre enorme, con una barba contundente y amarillenta en algunas partes.

—¿Qué quieres? —preguntó, mirándome por encima.

—Traigo una carta para el señor Benavent.

Agarró la carta, la miró por encima y me hizo un gesto con la cara.

—Pasa, anda.

Me llevó hasta el comedor. Las ventanas estaban cubiertas por unas cortinas grandes que no dejaban entrar el sol. Se sentó en una silla del comensal, y encendió dos velas. Con las llamas se marcaban aún más las arrugas de su rostro.

—Siéntate mientras leo esta carta, hijo —dijo, rompiendo el sello que la cerraba con sus grandes y fuertes manos.

Su aspecto se hacía respetar, y su forma de vestir tenía un cierto parecido al de los piratas de verdad, que nunca había visto. Sus rasgos solo podían pertenecer a un hombre que ha sufrido hambre y dolor durante muchos años navegando en el mar.

Tenía una barba y un bigote descomunales, sus cejas parecían dos matorrales frondosos, y su nariz tenía forma de gancho.

En aquellos tiempos todavía era demasiado joven para entender lo que significaba tener arrugas en la frente.

Había muy pocos muebles en el salón para lo amplio que era.

Un sofá largo y rojo que miraba hacia una chimenea rústica, una mesa de madera sencilla que ocupaba el centro del salón, y cuatro sillas mal colocadas a su alrededor.

La luz que emitían las velas sobre los candelabros de plata era tenue y poco resplandeciente para no molestar.

El hombre se sentó en una de esas sillas y extendió los codos a lo largo de la mesa. Desde donde estaba, parecía un gigante a punto de comerme .

Sobre la pared de la chimenea colgaban dos fotografías.

Una de ellas mostraba a una mujer bella de ojos claros y cabello oscuro.

La otra retrataba a un niño pequeño de mejillas sonrosadas, con el mismo color de ojos que la mujer.

Su pelo tenía el mismo color oscuro, aunque un poco más claro, y caía en forma de ondas sobre sus hombros.

Mientras miraba los candelabros de plata sobre la mesa y aquellas fotografías, me vino a la mente la iglesia a la que aquella anciana que cuidaba de mí me llevó tantas veces cuando era niño.

Recordé a los curas con sus vestiduras brillantes y coloridas, arrodillados frente a una representación de colores brillantes y muy cuidada de la crucifixión de Jesús.

El hombre que parecía un gigante estaba encorvado sobre la mesa y en silencio, rezando a Dios.

Me fijé en la carta que le había entregado. Solo estaba escrita por una cara, pero él la leyó una y otra vez, como si nunca tuviera un final, y entró en una especie de trance.

Finalmente, se giró en su silla y me miró, o más bien, miró a través de mí, lo poco que quedaba.

Me sentí como el fantasma de mi abuelo, sin cuerpo, invisible para algunos.

Cogió una gran bocanada de aire y comenzó a hablar mientras se acariciaba la barba.

Me alegré de que fuera él quien rompiera el silencio incómodo.

—Pareces hijo de un marinero —dijo.

—¿Hijo de un marinero? —repetí, confundido. Pero no se equivocaba. Mi padre fue marinero, pero no estaba hablando de él—. ¿Te refieres al hombre que me dio la carta?

—Sí —dijo él—. ¿Y cómo llegaste a encontrarte con él?

Le conté mi aventura por el colegio, cómo me adentré en el bosque, me desmayé en la oscuridad, y al despertar, me encontré con Salinas, el marinero.

Repetí de nuevo las palabras exactas que me había dicho Salinas, incluso su promesa de darme una caracola con la que se puede escuchar el mar a cambio de entregarle la carta .

Puso atención a mi historia, y luego me hizo algunas preguntas. Su mirada era la de un padre mirando a su hijo. Eso me animó a contarle todo desde el principio. Me sentí mucho mejor al compartir cómo había matado a varias personas y no sentir vergüenza por ello, ni por ser juzgado.

—Bien —dijo cuando terminé—. Creo que fue el viento el que te trajo hasta aquí. Si te apetece puedes quedarte aquí conmigo. Pero antes… ¿Me harías un favor?

Me dijo que el marinero con el que me encontré esperaba una respuesta a la carta, y que mañana por la noche se la tendría que dar en la entrada del puerto.

Era algo muy importante para él, pero no podía ir en persona, ni enviar a nadie más que a mí, que había sido el que había traído la carta.

Solo podía contar conmigo. Me sentí importante, útil, por poder hacer algo que tuviera sentido.

—Tienes miedo de ese marinero, ¿verdad? Apuesto a que tenía malas pintas. Pero no creo que corras peligro. Si fuera peligroso, no te lo pediría.

Le dije que estaba dispuesto a llevar la carta. Quería hacer cualquier cosa por él. Me dio las gracias y me revolvió el pelo con su enorme mano.

—¿Y si me ven y me atrapan? —pregunté—. Tengo miedo de que me estén buscando por haber matado a aquel chico.

—Es un riesgo que tenemos que correr —dijo—. Pero no te preocupes por eso. Si te atrapan, yo mismo te sacaré. No tengas miedo. Confía en mí.

Y lo cierto es que, mientras hablaba, mi miedo desapareció. Puede que suene un poco exagerado, pero ahora, de adulto, estoy tan seguro como cuando lo estaba entonces de niño. Si me hubiera pasado algo, él me habría salvado.

El hombre grande se levantó, se humedeció los dedos y apagó las velas que estaban encima de la mesa. Luego encendió la lámpara de aceite del comedor. La luz parpadeó un momento antes de iluminar la estancia con un color amarillento y feo .

—Debes de estar muerto de hambre —dijo—. Voy a prepararte algo rápido para cenar.

Lo acompañé hasta la cocina. Me preparó un plato con pan de ayer, embutido fresco y un vaso de leche caliente delante.

—Muchas gracias —se lo agradecí, mientras agarraba el vaso de leche y le pegaba un sorbo.

—De nada, hijo —dijo, y señaló la lámpara—. ¿Ves? Por eso prefiero usar velas. Esta lámpara ilumina mal, y además cansa mucho la vista.

Me comí todo con mucho gusto, como se podrán imaginar. Había sido la mejor comida que había probado en mucho tiempo. Cuando uno tiene hambre, todo le sabe a gloria.

Mientras tanto, él se sentó en la mesa del salón y escribió algunas cartas. Las arrugas de su frente se marcaban bajo la luz de la lámpara.

—¿Conoces la iglesia de San Nicolás? —me preguntó sin quitar el ojo de encima a las cartas.

—Sí —respondí—. Mi abuela me llevó una vez cuando vinimos de viaje.

Se inclinó sobre la mesa, levantó la vista y me miró seriamente.

—Bien —dijo—. Detrás hay una callejuela estrecha, junto al convento de monjas y un pequeño bar llamado «Número 27». ¿Sabes dónde te digo? Está cerca de la fuente con la estatua de la Virgen.

—Creo que sí —dije, sin tener muy claro dónde estaba.

—Pues allí estará el marinero mañana, esperando una respuesta. Supongo que a las nueve ya estará —señaló el reloj sobre la chimenea—. Sal sobre las ocho de aquí. Yo tengo que levantarme temprano, y pasaré todo el día fuera. Tengo mucho que hacer. Pero creo que estaré de vuelta antes que tú.

—De acuerdo —dije, bostezando.

—Pues aquí tienes la respuesta —dijo él, levantándose y cogiendo una de las cartas que había escrito—.

Es un asunto muy importante, y no debe fallar.

Mira, he anotado en este papel la hora exacta y el nombre de la callejuela.

Te lo dejaré —dijo, acercándose a la chimenea— junto al reloj, junto a la carta también. ¿Sabes cómo llegar desde aquí?

—¿La granja está cerca de la carretera?

—Sí —respondió—. Si miras por la ventana de tu habitación por la mañana, la verás al otro lado de los prados.

—Entonces sé cómo llegar —dije—. Bajo por la carretera de San Vicente hasta la plaza de toros, y de allí sigo hacia el Mercado Central. Después todo recto hasta San Nicolás.

Asintió con la cabeza.

—Asegúrate de no llegar tarde —dijo—. Confío en ti, hijo. Y ahora, te llevaré a tu cama. Debes de estar rendido después del día que has tenido. Ven, dormirás en mi habitación. Prepararé una cama al lado para mí.

Mientras hablaba, cogió uno de los candelabros de la mesa del salón y se dirigió a la otra puerta —había dos—.

Me guio por una escalera empinada y oscura —me acordé de cuando bajé a tientas por la escalera del colegio—.

Entramos en una habitación sencilla y muy ordenada.

En la cama solo cabía una persona. Era más bien una estructura baja de madera con un colchón y una almohada.

—No necesitaremos muchas mantas. Todavía hace algo de calor por la noche —dijo—. Con una sábana tendremos suficiente.

Sacó del armario empotrado una manta gruesa, otra sábana y una almohada vieja. Lo dejó caer todo en el suelo, junto a la cama. Improvisó con todo eso un lugar cómodo para dormir. Me dejó su cama libre solo para mí.

Me tumbé, y pensé en el giro extraño que había dado mi vida, y en el camino que había tomado. La noche era tranquila y silenciosa, aunque de vez en cuando se rompía por el cacareo fuerte de las gallinas picoteando quién sabe qué.

Aquella noche soñé con cosas extraordinarias en el mar.