CAPÍTULO 3 #2
Se decía a él mismo que era un hombre de la vieja escuela, y yo estaba de acuerdo.
Mi abuela lo amaba a pesar de sus diferencias.
Cuando me fui a vivir con él, su corazón ya se había enfriado.
Nunca le pregunté cuál fue la razón, pero sé que no hubiera conseguido una respuesta.
Fuera lo que fuera, me afectó, y sin darme cuenta, me convirtió en una pequeña parte de su propia destrucción.
Esto pasó cuando llevaba seis años, casi siete, viviendo con mis abuelos.
Mi abuelo se puso muy enfermo, y me envió a aquel espantoso boticario a buscar su medicina.
Como tenía miedo de ir, decidí llenar una botella de cristal que encontré en la basura con agua del pozo del pueblo.
Lo hice vigilando que no me viera nadie.
La medicina era del mismo color del agua, y era imposible diferenciarlas.
Luego me escondí en un callejón durante el tiempo suficiente para que pareciera que me había ido a hacer el recado.
Mientras tanto, comí las golosinas que compré con el dinero con el que tenía que comprar la medicina.
Más tarde se lo llevé —quiero decir, el agua dentro de la botella de cristal—, y tomó un trago sin sospechar nada. Al día siguiente dijo que lo había hecho muy bien, y que estaba orgulloso de mí. Tomó otro trago y volvió a guardar la botella en el armario.
Un mes y medio después, le volvieron los ataques de migraña.
Cojeó hasta el armario con su bastón y cogió la botella del estante.
Me asusté al pensar que a estas alturas el agua pudiera ser venenosa.
Quise decírselo, pero tuve miedo de que me volviera a pegar una de sus palizas.
Solo me quedé mirándole como un tonto mientras sacaba el tapón de la botella.
La olió un par de veces y la dejó sobre la mesa. Finalmente, no bebió.
—¡Bah! —dijo, soplando, y se giró hacia mí—. ¿Qué mierda es esto? ¡Esta porquería apesta!
Se quedó mirándome un buen rato, inclinado sobre su bastón y con la cabeza hacia delante.
—¿De dónde ha salido esta porquería del demonio? —dijo al fin, con su voz ronca y grave—. ¿Esto es lo que has comprado en la botica? ¡Dímelo !
—No… —dije, mirando al suelo para no encontrarme con los ojos de mi abuelo—. Tenía miedo… y llené una botella con el agua del pozo del pueblo.
Él soltó un espantoso gemido gutural.
—¡Ha! —dijo, dando un paso hacia delante.
Su cara delgada y acabada en pico se puso tan gris como el plomo, y sus ojos azules se volvieron tan pálidos que —en la medida en que puedo expresarlo— me atravesaron el alma como un relámpago.
En ese momento habría huido de él, pero no pude hacerlo.
De pronto, al acercarse, se tambaleó a un lado, extendió los brazos hacia mí y dejó caer el bastón al suelo. Cayó de bruces. Entré en pánico y corrí hacia la puerta para avisar a mi abuela de lo ocurrido.
—¡Abuela! ¡Abuela!
Cuando ella entró y lo vio tendido como una piedra en el suelo, se dejó caer a su lado. De sus ojos comenzaron a desparramarse lágrimas sin parar. Miró su rostro, agarró su mano, y repitió una y otra vez que estaba muerto.
Sin saber muy bien lo que tenía que hacer, agarré la botella de la mesa y salí al jardín a echar toda el agua maloliente sobre la primera maceta de flores que vi. Luego lancé la botella lo más lejos que pude, y no la volví a ver jamás.
Al funeral de mi abuelo asistió mucha gente del pueblo, la mayoría familiares que no conocía, y también tres o cuatro granjeros que vestían con abrigos largos de color negro.
Me vestí con mi mejor traje, el que solía llevar a misa todos los domingos, y me senté junto a mi abuela en la capilla.
Ella no dejaba de llorar. Se secaba las lágrimas con su pañuelo y rezaba para que le devolvieran al hombre que estaba allí arriba.
Me quedé callado durante toda la misa, metido en mis pensamientos .
Mientras el cura oraba junto a su tumba, el boticario, que estaba muy cerca de mí, giró de pronto la cabeza y me miró con sus ojos de felino. Seguramente fuera solo una coincidencia, pero me dio miedo igualmente, como si me estuviera acusando de la muerte de mi abuelo. En parte, tenía razón.
Aunque la causa de la muerte de mi abuelo —como supe poco después— fue un derrame cerebral, yo sentí que la culpa había sido mía por haberlo desobedecido y no haberle traído la medicina que necesitaba.
Ese secreto se movía a través de mi mente, y me hacía sufrir como solo puede sufrir un niño escrupuloso. Por las noches, mi abuelo me visitaba como un fantasma en descomposición y lleno de larvas, profiriendo sentencias para condenarme y prometiéndome que ardería en el infierno para siempre.
Una mañana, después de haber tenido una noche de pesadillas y recriminaciones, estuve a punto de meter la mano en el fuego.
Estuve cerca de contárselo todo a mi abuela una o dos veces, pero nunca lo hice.
Cuando se dio cuenta de lo mal que estaba, y después de hablar con algunos amigos suyos, se persuadió de enviarme a un colegio de monjas en Alicante.
Allí —como sabrán mis lectores, si no se dejan engañar por este bonito comienzo— me convertí en la mano y el juguete de otra muerte .
CAPÍTULO 3
Algunas semanas después, en una mañana de finales de verano, le dije adiós por última vez a mi abuela.
Ella se quedó junto al sendero del jardín, con lágrimas en los ojos, bajo un sol radiante y caluroso, observándome.
Yo estaba tan triste por tener que irme al colegio que casi le cuento mi secreto —el que la había llevado a enviarme allí, lejos de ella—.
Pero me sentía demasiado débil como para hacerlo.
Pasé bajo la ventana donde muchas veces había visto a mi abuelo mirarme mientras me iba a hacer sus recados, y pensé que lo vería otra vez, asomado allí con su cigarrillo en la boca, despidiéndose de mí con la mano, aunque eso no habría hecho que dejara de estar triste.
Luego bajé el camino, acompañado del hijo de un vecino que le había hecho el favor a mi abuela de llevar mi maleta.
Al llegar a la calle Mayor, vi algunos tenderos en las puertas de sus tiendas. Ver todas aquellas caras tan conocidas solo me puso más triste. Cuando uno de ellos me saludó, no pude contener las ganas de llorar.
Comencé a caminar más rápido. Al ver que el chico se quedaba atrás, le arranqué la maleta de sus manos.
Nunca me había caído del todo bien. Al andar, su espalda se encorvaba hasta crear una pequeña joroba sobre su cuello.
Era patoso, y su cara pálida y llena de cicatrices me daba mala espina.
Pero en aquella mañana tan miserable, me dio pena.
Volvió a quedarse atrás antes de llegar a la estación, donde íbamos a coger un tren hacia Alicante. Oí una risa detrás de mí. Cuando me giré, lo vi frotándose los ojos, haciendo como si llorara, en medio de un grupo de chicos que lo miraban y se reían de su mala imitación.
El nieto del vecino era un poco más mayor y fuerte que yo, y aunque yo tenía una constitución delgada, tenía los brazos suficientemente fuertes como para haberle pegado una paliza por burlarse de mí. Sin embargo, me encontraba demasiado cansado como para hacerlo.
Cuando llegamos a la estación, pensé en mandarlo de vuelta para quitármelo de encima, pero insistió diciendo que mi abuela le había pedido acompañarme hasta el colegio.
Supuse que ella lo había hecho por mi bien, para que no tuviera ningún problema por el camino, así que lo dejé venir conmigo.
Subimos los dos al tren, sin dirigirnos la palabra.
En ese momento, no me habría importado —es más, hasta me habría alegrado— encontrarme con un secuestrador dentro del tren.
Pero no pasó nada especial durante el viaje.
Llegamos sobre las dos en punto de la tarde.
Mi acompañante repitió una y otra vez que quería parar un rato y comer algo en el bar de la estación, pero preferí ir directamente al colegio.
Ya sabía cómo era y dónde estaba. Lo vi con mi abuela durante un viaje que hicimos meses atrás, y desde entonces, solo pensar en ese lugar me ponía nervioso.
Aquel niño pesado volvió a quedarse atrás.
Ya se me había acabado la poca paciencia que me quedaba.
Agarré mi maleta y lo envié de vuelta a casa.
Al rato lo vi riéndose junto a unos chicos del colegio.
Me miraron cuando pasé al otro lado de la calle.
Uno de ellos —el más fuerte, que tenía una cara redonda y una sonrisa en la boca— soltó algo sobre mí, y todos los demás se echaron a reír.
Sentí que se me revolvían las tripas. Seguí caminando sin mirar atrás, con la maleta en la mano, y sintiéndome todavía más pequeño en un lugar tan grande.
Sabía que tendría que ver a esos niños durante todo el año escolar.
Me paré frente a los muros y miré el gigante y oscuro edificio que había sobre la plantación, rodeado por abetos raídos. Con las entrañas todavía revueltas, empujé una de las puertas de la valla y entré.
Era la hora de comer, y las ventanas más altas del colegio brillaban con reflejos de colores. Las demás estaban oscuras. Me imaginé a un montón de ojos vigilándome a través de ellas. Me sentí pequeño, inútil, cansado, y ya no me quedaban fuerzas para llevar la maleta.
Noté un bulto en el bolsillo de mi pantalón. Era un paquete de dulces que mi abuela me había puesto allí. Me vino su imagen a la cabeza, y se me encogió el corazón. Tuve que tragar saliva varias veces para contener las lágrimas que se acumulaban en los ojos.
Cuando finalmente llegué a la puerta del edificio, toqué el timbre y esperé a que alguien abriera.
Esperé mucho rato, pero nadie respondió.
Justo cuando había decidido tocar de nuevo el timbre, las puertas se abrieron de golpe con un gran estruendo, y aparecieron aquellos chicos como los que me había encontrado en la estación.