James
Solía odiar despertarme temprano los sábados, pero ahora me levanto antes que Claire, disfrutando de los momentos de calma antes de que comience el día.
Acaricio su cabello rubio miel, siguiendo sus ondas y rizos sobre la almohada.
Su nariz se mueve adorablemente cuando algunos mechones le caen sobre el rostro.
Su mano busca la mía instintivamente, como siempre que está a punto de despertar.
Esta mañana tengo una misión, así que debo ser sigiloso.
Le beso la frente para distraerla mientras, medio dormida, le deslizo con cuidado el anillo de compromiso del dedo: el anillo «de mentira» que se siente todo menos falso.
Nunca pide quitárselo ni sugiere desmentir nada ante el público. Simplemente lo lleva, feliz.
Más de una vez en la oficina la he pillado mirando el anillo, tocándolo, jugando con él, siempre con una expresión pensativa que no logro descifrar.
Ya no tendrá que preguntarse más. Sabrá que la quiero para toda la vida.
Esto no es algo pasajero. No voy a apartar a Claire de mi lado cuando se ha convertido en todo para mí.
Me encanta cocinar con ella y distraerla bailando en la cocina, follármela sobre la encimera, devorar su cuerpo.
La comida ligeramente quemada significa que nos dejamos llevar por la pasión.
Disfruto llevándola de aventura, preguntándole adónde le gustaría ir, para luego ignorar las recomendaciones de hoteles y explorar con ella como niños despreocupados.
Me encanta hacerla sonreír, sorprenderla, abrazarla cuando está disgustada y ser la razón por la que se siente mejor después de desahogarse llorando. Me encanta cómo me provoca hasta hacerme gruñir.
Me encanta verla crecer, verla superarse a sí misma en tantos aspectos, emocionarse con las metas personales y profesionales que alcanza. La amo a ella.
Es hora de que el mundo entero lo sepa. De que nadie cuestione lo que somos. Punto.
Le levanto la barbilla y emite un murmullo somnoliento.
—No quiero ir de aventura este fin de semana. Estoy cansada.
—Podemos vivir una aventura sin movernos de aquí —le prometo, y le doy un beso entre las cejas.
—No tan temprano —protesta—. Estoy agotada. Me tuviste despierta hasta muy tarde anoche.
Me río y la beso.
—Puedes dormir todo lo que quieras, cariño.
—Mm.
—Esperaré otra hora y luego iré a por tu café favorito. Te prepararé huevos y tater tots, hasta un poco de beicon —cantureo.
—Mmm. ¿Tostadas francesas?
—Por supuesto —murmuro.
—Me estás engatusando —intenta abrir los ojos y me lanza una mirada de reproche, pero sonríe de todos modos—. ¿Qué estás tramando?
—Oh, tengo muchas cosas entre manos, ya lo sabes —respondo, y la beso con suavidad—. Vuelve a dormirte. Quiero que sigas disfrutando de tus sueños.
Suspira y se frota la cara contra mi almohada.
—Huele a ti.
Entre risas, sucumbe a más besos y mimos.
Espero hasta que su respiración se vuelve más profunda antes de escabullirme con el anillo, que pesa en mi palma.
Me pongo unos vaqueros y una camiseta antes de empezar con el desayuno.
Preparo todo lo que podría querer, todo lo que me ha dicho que le gusta.
Para cuando termino de cocinar, estoy pensando en contratar a un chef que nos cuide.
Quiero darle a Claire todo lo posible, sin importar lo que eso signifique o cueste. Merece la pena.
Jugueteo con el anillo un momento y entonces caigo en que no tengo flores para ella.
Ni joyas, nada que darle para hacer esta mañana más especial que la primera propuesta, que consistió simplemente en ordenarle sin miramientos que se pusiera el anillo y fuera mi prometida falsa.
No es el cuento de hadas que quiero darle ahora.
Quiero que sea de verdad, así que tengo que dejarla boquiabierta y mostrarle todo lo que puede llegar a ser.
Escribo una nota rápida y salgo corriendo de casa, prometiendo volver pronto.
Respiro hondo varias veces e intento encontrar algo que haga este momento especial.
Quiero que sea perfecto para ella. Ha llegado tan lejos: ha reparado lazos familiares, ha destacado en el trabajo a pesar de los detractores, se ha superado cada día.
Mi chica espectacular merece un romance espectacular.
—Voy a casarme con ella —declaro en voz alta, sin importarme quién me oiga.
Mientras recorro la ciudad, veo un spa rodeado de prensa y reporteros apostados en la entrada. Me detengo y pienso en llevarla allí para mimarla más tarde. Pero primero: café y algo para impresionarla.
En la cafetería veo dos caras conocidas. Viejas «amigas» de Claire, desconcertadas al verme solo. Comienza el interrogatorio.
Una asiente y la otra me señala.
—Tú eres el que sale con Claire, ¿verdad?
—Eh... sí —respondo—. ¿Y vosotras sois...?
—Laurie y Kathy —responde una—. Hace siglos que no vemos a Claire. ¿La has tenido secuestrada?
Me encojo de hombros.
—Ha estado trabajando mucho.
—¿Claire? ¿Trabajando? —se burla una—. ¿Te lo crees, Kath?
—La misma chica que se moría por pasar dos días a la semana dejándose mimar por hombres sexis en ese spa, esperando que alguno le deslizara las manos un poco más allá...
—Claire es una empleada estupenda. Mantiene el orden y la profesionalidad en la oficina —respondo antes de coger el café de Claire y dirigirme a la salida—. Le va muy bien.
—Estaría bien oírlo de ella —coincide la tal Kathy—. Si alguna vez nos dirigiera la palabra.
—Le pasaré el mensaje... luego —respondo, decidido a volver con mi mujer y hacerla mi prometida como es debido.