El multimillonario ex mejor amigo de papá Claire #2
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Claire #2

—Sé una buena prometida falsa, cariño, y dejémoslo por esta noche.

Estaba a punto de decir «oblígame», pero me contuve. La tentación es demasiado fuerte. Su colonia, el bourbon en su aliento, la forma en que me mira con una mezcla de dulzura y deseo. Es embriagador.

—Bien. El silencio es mejor que esos comentarios sarcásticos. Ve a mezclarte con la gente, busca algo que te mantenga ocupada.

—Pensé que lo harías tú, como mi futuro marido.

—Los dos necesitamos calmarnos. Da una vuelta por la sala y vuelve conmigo antes de que el artista haga su entrada.

Sus ojos me follan de todos modos. Exhala y me posa los labios en la mejilla, luego en la oreja.

—La contención es un arte, Claire.

—Necesitas más práctica.

—Y tú necesitas relacionarte.

Asiento y lo veo alejarse. El traje le sienta como un guante, y eso hace que me duela el cuerpo de una forma que no reconozco.

Quiero saber qué se siente, qué se siente de verdad cuando no se está conteniendo, sin ropa entre nosotros.

Quiero ver si él, mi fantasía de cinco años, puede hacerme correrme cuando nadie más lo ha conseguido.

Mordiéndome el labio, me levanto, aliso mi elegante vestido azul oscuro y busco una pintura que no sea abstracta. Al menos es bonita e interesante.

Cuando el rubor de mi cara se ha enfriado y mi cerebro ha vuelto a funcionar, como James insistió, me doy la vuelta para buscarlo. Una mujer de porte regio lo ve y sonríe. Camina hacia él, le toca el hombro, se inclina hacia él y le ofrece la mejilla.

Él sonríe ampliamente y se vuelve hacia ella. Camino hacia ellos, segura de que James me tomará del brazo y hará las presentaciones, como ha hecho toda la noche. Me presentará como su prometida, y ella retrocederá con una frustración apenas disimulada.

—Me alegra tanto que hayas venido —ronronea ella mientras le acaricia la espalda.

—Por supuesto. Nunca me he perdido una de tus exposiciones, Genevieve —le dedica una sonrisa genuina.

—Haría pucheros si lo hicieras. Puede que hasta llorara. Has sido tan amable conmigo todos estos años. Mi musa, en realidad.

—Ahora solo estás inflándome el ego —él le levanta la barbilla y le acaricia justo debajo del labio inferior—. Simplemente reconozco el talento.

Ella repara en mí y arquea una ceja, dejando claro que no soy bienvenida. Solo soy una intrusión en un momento que sería perfecto de no ser por mí. Resopla.

—¿Quién ha dejado entrar a la niña? Quedamos en que nadie menor de veintiuno.

—Es mi invitada —dice James con naturalidad. Me echa un vistazo, pero no me hace señas para que me acerque.

Con todos los demás ha sido directo: soy suya. Me presenta como suya y cuenta cómo me pidió matrimonio en su velero. Por lo visto, con esta mujer es diferente.

Él le frota la parte baja de la espalda.

—Cuéntame más sobre tu selección. Quiero saberlo todo.

—Por supuesto —ella ladea la cabeza para mirarme—. No te preocupes. Te devolveré a tu acompañante en un rato. Esto es cosa de mayores.

James no dice nada. Se aleja con ella sin más. Parpadeo varias veces y me refugio en un rincón. Me pagó para venir aquí y ahora le da igual. ¿Ya no estamos con el numerito de la prometida? No lo entiendo.

Quizá he dejado que toda esta farsa se me suba a la cabeza.

Un hombre más joven se acerca y ladea la cabeza, observando el cuadro junto al que estoy. Lo miro de reojo y cojo una copa de uno de los camareros. Me da igual lo que lleve, solo necesito ahogar estos celos. Tengo que recordarme que esto es solo trabajo. Nada más.

Pero el desconocido es atractivo. No puede ser mucho mayor que yo. Tiene el pelo castaño claro, un rostro amable y acogedor, y una expresión ridícula. Si James se va con otra, puedo hablar con hombres guapos, ¿no?

Además, aunque esté «comprometida», eso no significa que no pueda ser educada y saludar. Ni que no pueda alternar con alguien atractivo. James está demasiado ocupado para darse cuenta, y aunque lo haga, estamos en público, así que ¿qué puede hacer aparte de lanzarme una mirada de desaprobación?

O... ¿conseguiré que me castigue? ¿Lo empujará más allá del límite de su autocontrol, igual que él intenta hacer a un lado el mío con sus provocaciones y amenazas?

Solo tengo que actuar con inteligencia. Un coqueteo ligero, pero sin promesas.

Si me mantengo en terreno ambiguo, podría conseguir lo que quiero sin riesgo de que me despida.

—Siempre tengo la sensación de que me pierdo algo con las pinturas —resopla el desconocido.

—¿Por qué?

—No lo sé. O sea, están bien, pero no siento que pueda apreciarlas de verdad. Prefiero el arte que entiendo.

—¿Escultura? —aventuro.

—Cerveza artesanal y mujeres guapas —me tiende la mano con una sonrisa y un nombre de colegial—. Soy Xavier.

—Claire —le doy la mano y sonrío cuando me la besa.

—¿Alguna idea de lo que significa este cuadro?

—Lo siento, no estudié historia del arte —ladeo la cabeza para mirar el cuadro. Es exuberante, casi opulento.

—Venga, dame tu crítica más esnob.

Me río y me acerco un poco más a Xavier.

—Claramente, las pinceladas audaces y los colores vivos invitan a excederse en todo. Es una bofetada a la moderación.

—Oh, pero querida, te equivocas —su mano sigue una línea curva—. Claramente es sexo en lienzo. Mira esas curvas, la suavidad de las líneas, cómo se entrelazan.

—Creo que es de mala educación decirle a una dama que se equivoca —resoplo, sin dejar de hacerme la duquesa engreída.

—En ese caso, el cuadro es ambas cosas. Al fin y al cabo, no hay modestia en el sexo.

Coincidimos, nos reímos y seguimos de cuadro en cuadro.

Xavier me hace reír con nuestro juego, y por fin me divierto un poco en esta gala tan estirada.

Hacemos comentarios que James no aprobaría mientras miramos paisajes.

Me inclino para fijarme en algunos detalles y una de sus manos se desliza sobre mi trasero. Doy un respingo y lo miro fijamente.

Ha roto la ilusión y arruinado el juego. Porque sé, pase lo que pase, que James no lo tolerará. Soy su prometida esta noche y que otro hombre me toque es algo que no dejará pasar. Aunque solo sea para guardar las apariencias.

Xavier sonríe con malicia y se encoge de hombros.

—Ya te lo dije, mujeres guapas.

—Estoy aquí con alguien —consigo decir.

—Y puedes irte con otro —no me gusta cómo me mira. Es el tipo de tío al que nunca le aceptaría una copa. Un niñato de buena familia acostumbrado a conseguir lo que quiere. Cómo ha logrado parecer otra cosa es un misterio.

Me clava las uñas en el trasero y me arrastra contra su cuerpo con brusquedad.

—Siempre podría pintarte. Imagínatelo: tú, recostada desnuda sobre una colcha rojo oscuro, las suaves pinceladas de mi pincel sobre tu cuerpo.

Le empujo en el pecho y él me suelta un poco. Luego mira más allá de mí, y su nuez sube y baja.