El motero y la chica con el culo de melocotón (El motero y la chica... nº 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Lena

Cuando Bones abrió la puerta de mi café y entró, durante un primer momento no supe si gritarle, abrazarlo o simplemente preguntarle qué demonios acababa de pasar ahí fuera.

Demasiados pensamientos atravesaron mi cabeza al mismo tiempo, así que me quedé detrás del mostrador observándolo mientras se acercaba lentamente hacia mí.

A través de los grandes ventanales podía ver a otros dos moteros que seguían junto a sus Harleys. Un poco más atrás estaba el bidón rojo de gasolina que Tom había dejado junto a su coche, y solo verlo bastó para que un escalofrío helado volviera a recorrerme la espalda.

No tenía ni idea de lo que se había dicho ahí fuera, pero había visto más que suficiente para hacerme una idea.

Tom, enfrentándose de repente a varios Blood Wolves.

Bones, plantado frente a él y hablándole con una calma que había resultado casi más aterradora que cualquier grito.

Y, finalmente, mi ex, subiéndose al coche con el rostro blanco como la tiza y marchándose, mientras dos de los moteros arrancaban sus Harleys poco después y lo seguían.

Fuera lo que fuese lo que Bones le había dicho, evidentemente había bastado para conseguir que Tom se largara de una vez por todas.

El bidón de gasolina hacía imposible que pudiera seguir diciéndome que mi ex solo había querido volver a hablar conmigo. Después de la amenaza de aquel mediodía, no tuve que pensar demasiado para comprender cuál había sido su plan, y solo imaginarlo hizo que se me helara la sangre en las venas.

Bones se acercó y no se detuvo hasta quedar justo delante del mostrador.

Su mirada recorrió atentamente mi rostro, como si necesitara convencerse por sí mismo de que realmente no me había ocurrido nada.

—¿Estás bien, Melocotón?

Me limité a mirarlo.

—Mi exnovio borracho aparece en mi café, me amenaza y después se niega a abandonar Black Ridge aunque tú le hayas dejado bastante claro que tiene que largarse.

Unas horas más tarde está detrás de mi café con un bidón de gasolina y, antes de que siquiera comprenda qué demonios está pasando, cinco moteros tatuados aparecen rugiendo por Main Street sobre sus Harleys y lo rodean como si de repente hubiera acabado dentro de una puta película de acción.

Respiré hondo y me aparté uno de mis rizos rosas de la cara.

—Sinceramente, no tengo ni idea de si estoy bien.

Me miró preocupado.

Después de seis años con Tom, no había deseado nada con más fuerza que empezar de nuevo. Quería abrir mi café, instalarme en Black Ridge y descubrir por fin quién era yo cuando dejaba de organizar mi vida alrededor de un hombre.

Y quizá, en secreto, también había esperado que, después de todo el caos de las últimas semanas, por fin llegara un poco de tranquilidad a mi vida.

Bueno...

Por lo visto, el destino no había prestado demasiada atención cuando mencioné la palabra tranquilidad.

Ahora estaba frente a Bones y, en cuestión de pocos días, mi vida había tomado una dirección completamente distinta, una que jamás habría visto venir.

Pero lo más extraño no era siquiera hasta qué punto todo había dado un vuelco de repente.

Lo más extraño era que miraba a Bones y, por primera vez, me preguntaba si de verdad seguía queriendo aquella vida tranquila, sensata y completamente predecible con la que había soñado al llegar a Black Ridge.

Si Emma llegaba a enterarse siquiera de la mitad de todo aquello, se volvería completamente loca. Probablemente me diría que mi nueva vida era mucho más emocionante que cualquier cosa que ella hubiera podido imaginar para mí.

Pero en aquel momento había otra cosa que me preocupaba mucho más.

—¿Qué le has dicho a Tom?

—Que vuelva a Washington y te deje en paz.

—¿Y si no lo hace?

Los ojos de un azul cristalino de Bones se oscurecieron y, de repente, el hombre que tenía delante ya no era aquel con quien había pasado la noche anterior.

Era el presidente de los Blood Wolves.

—Si no lo hace, lo mato.

¡Hostia puta!

Solté un suspiro.

—Sabes que ese tipo de respuestas pone nerviosa a la gente normal, ¿verdad?

El muy descarado tuvo incluso el valor de sonreírme.

—¿Y cómo sabes que Tom realmente va a volver esta vez a Washington y que no dará media vuelta en algún sitio?

—Hawk y Ryder, dos de mis mejores hombres, lo seguirán hasta que haya cruzado la County Line.

Necesité un momento para comprender lo que acababa de contarme con toda naturalidad.

—¿En serio estás haciendo que dos moteros persigan a mi ex?

—Estoy asegurándome de que salga de Black Ridge.

—Bones, esa es la definición de perseguir a alguien.

—Para mí no.

¡Por supuesto que no!

Estaba a punto de explicarle exactamente lo que opinaba de su peculiar definición de asegurarse cuando mi mirada se desvió hacia los dos moteros que seguían delante de mi café.

Entonces se me ocurrió una pregunta que, en realidad, llevaba rondándome la cabeza desde que los Blood Wolves habían aparecido juntos en Main Street.

—¿Por qué habéis venido todos?

Bones guardó silencio durante un momento.

Su rostro apenas reveló nada, pero ya lo conocía lo suficiente para saber que detrás de aquella breve pausa había algo más.

—Porque estás bajo nuestra protección.

Fruncí el ceño.

—¿Nuestra?

—La de los Blood Wolves.

Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Desde cuándo estoy bajo la protección de un Motorcycle Club?

—Desde hoy.

Lo miré fijamente y debería haber sabido cuál sería la respuesta a mi siguiente pregunta.

—¿Y quién ha decidido eso?

Bones me miró directamente a los ojos.

—Yo.

¡Oh, wow!

—No puedes decidir sin más que a partir de ahora estoy bajo la protección de tu club.

—Ya lo he hecho.

—¡Joder, Bones!

—Lena.

Apreté los labios.

Ya era bastante irritante que imitara mi tono, pero mucho peor era tener que contener una sonrisa mientras lo hacía.

—¿Y qué significa exactamente para mí estar bajo vuestra protección?

En lugar de responderme desde el otro lado del mostrador, Bones lo rodeó y se detuvo tan cerca de mí que tuve que inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

—Que nadie te toca, nadie te amenaza y nadie intenta destruirte la vida que tienes aquí.

Su voz era tranquila, pero no dejaba ninguna duda sobre lo en serio que hablaba.

—Y si aun así alguien es lo bastante estúpido como para intentarlo, a partir de ahora ya no tendrá un problema únicamente contigo.

Su mirada se desvió brevemente hacia sus hermanos al otro lado de la ventana.

—Lo tendrá con todos nosotros.

Un cálido cosquilleo se extendió por mi pecho y, cuando seguí su mirada, vi a los dos enormes Outlaws tatuados que, al parecer, no habían dudado ni un segundo en acompañar a su presidente después de enterarse de que mi ex me había amenazado.

Dos semanas antes, la mera idea de estar bajo la protección de un club de moteros habría bastado para hacerme plantear si Black Ridge era realmente el lugar adecuado para empezar de nuevo.

Ahora era diferente.

Quizá yo misma me hubiera vuelto un poco loca, pero saber que aquellos hombres me respaldaban ya no me daba miedo.

Más bien me proporcionaba una sensación de seguridad con la que jamás habría contado.

Aun así, había otra cosa que Bones tenía que explicarme.

Volví a mirarlo.

—Sigo sin entender cómo puedes decidir sin más que de repente formo parte de vosotros.

Sostuvo mi mirada.

—Porque después de anoche ya eres mía.

Mi corazón dio un salto mientras intentaba averiguar si realmente acababa de decir aquello.

—¿Perdona?

Bones ni siquiera pareció darse cuenta de que acababa de soltar algo que necesitaba urgentemente una explicación.

En lugar de eso, apoyó las manos en mis caderas y me acercó hacia él.

—Me has entendido perfectamente, Melocotón.

—Oh, te he entendido de maravilla. Lo que me pregunto es cuándo se decidió exactamente que soy tuya.

—Yo no lo decidí.

—¿Ah, no?

—Nope.

Mantuvo los ojos clavados en los míos.

—Simplemente ocurrió.

Durante un instante no supe qué responder.

—¿Y cuándo se supone que ocurrió?

Esta vez se tomó su tiempo antes de contestar, y sus ojos de un azul cristalino me observaron con tanta intensidad que mi pulso se aceleró antes siquiera de que abriera la boca.

—Probablemente desde el primer momento en que te vi.

Oh...

Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Te refieres al momento en que casi estampaste tu Harley contra un Ford porque estabas mirándome el culo?

—Exactamente ese.

Se me escapó una carcajada.

—Muy romántico.

—Nunca he dicho que fuera romántico.

—Eso es verdad.

Las manos de Bones se cerraron con algo más de fuerza alrededor de mi cintura mientras aquella sonrisa satisfecha aparecía en su rostro, la misma que hacía que las mariposas de mi estómago se volvieran completamente locas.

—¡Tu culo de melocotón, redondo y prieto, es demasiado perfecto como para no mirarlo!

Arqueé una ceja.

—¿Así que te basta con mirarlo?

—¡No! ¡También quiero follármelo una y otra vez! —se corrigió sin vacilar ni un segundo.

—Interesante.

No tuve ocasión de burlarme más de él porque, al segundo siguiente, me besó con tanta profundidad, ferocidad y pasión que mi cerebro se apagó y olvidé por completo a mi ex.

Sus manos me sujetaban con una posesividad inconfundible mientras su lengua se enredaba con la mía con tanta habilidad que todo lo demás a nuestro alrededor dejó de importar.

Mi corazón empezó a latir más deprisa y estuve a punto de olvidar que seguíamos en mitad de una conversación que yo todavía no daba ni mucho menos por terminada.

Casi...

En algún momento conseguí reunir suficiente fuerza de voluntad para apoyar las manos contra su pecho y separarme de él.

—No vas a librarte tan fácilmente, presidente.

Bones me miró con expresión inocente.

—¿De qué?

—De nuestra conversación.

—Pensaba que habíamos terminado.

—Claro que lo pensabas.

Negué con la cabeza.

—No puedes decirme primero que a partir de ahora soy tuya y después besarme hasta que no pueda pensar solo para librarte de darme una explicación.

Su mirada permaneció fija en la mía y, poco a poco, la sonrisa desapareció de su rostro.

Durante aproximadamente un minuto no dijo nada.