CAPÍTULO 8
Lena
La boca de Bones sobre la mía se sentía como una promesa que jamás había pedido y que, aun así, no quería rechazar.
Todo en aquel hombre era demasiado. Demasiado duro, demasiado cerca, demasiado intenso y, aun así, ni durante un segundo pensé en apartarlo de mí.
Todo lo contrario.
Me apreté contra él, le devolví el beso con la misma avidez y sentí cómo mi corazón golpeaba cada vez más deprisa contra mis costillas mientras sus labios se apoderaban de mi boca y despertaban algo dentro de mí cuya existencia ni siquiera había conocido hasta entonces.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Hacía apenas unas horas estaba en mi café soñando con mi nueva y tranquila vida en Black Ridge.
Con mi libertad y con un futuro que, por fin, solo me pertenecía a mí...
¿Y ahora?
Ahora estaba tumbada en la cama del presidente de los Blood Wolves, besándolo como si no existiera ningún otro lugar en el mundo en el que quisiera estar en aquel momento.
¡Hostia puta!
¡Aquello era una locura!
¡Una completa y absoluta locura!
Pero en vez de entrar por fin en razón, con cada beso quería más de él. Mis dedos se aferraron a su suave cabello mientras saboreaba su intenso sabor y sus grandes manos recorrían mis caderas antes de atraerme con más fuerza contra él.
Aquel hombre era peligroso.
Seguía sabiendo demasiado poco sobre lo que significaba realmente ser el presidente de un Outlaw Motorcycle Club, pero desde luego no era tan ingenua como para creer que Bones y sus Blood Wolves fueran simplemente un grupo de hombres inofensivos a los que les gustaba salir juntos en sus Harley.
Aquel hombre era casi con toda seguridad un asesino.
Y, aun así, era precisamente entre sus brazos donde me sentía segura.
¿Hasta qué punto era una locura aquello?
Cuando su boca abandonó mis labios y descendió lentamente hacia mi cuello, un jadeo de placer escapó de mi garganta.
Mi cabeza se inclinó prácticamente por sí sola para dejarle más espacio mientras, en algún rincón de mi mente, mi sentido común seguía intentando desesperadamente recordarme por qué todo aquello era una idea jodidamente mala.
Debería detenerlo.
Debería entrar por fin en razón, salir de aquella cama y largarme antes de que aquel motero pusiera todavía más patas arriba la vida que acababa de empezar a reconstruir.
¡Pero a mi cuerpo le importaba una mierda el sentido común!
Solo reaccionaba a Bones.
A su cercanía, a su calor y a la forma en que me tocaba. A su aliento caliente deslizándose de manera seductora sobre mi piel y dejando un escalofrío sobre mi vientre mientras aquella traicionera tensión en lo más profundo de mi abdomen se hacía cada vez más intensa.
—Bones...
Su nombre apenas salió de mis labios en un susurro.
Levantó la cabeza y me miró.
Sus ojos azul cristalino estaban oscurecidos por el deseo, y aquella mirada bastó para cortarme la respiración.
Estábamos completamente solos, en mitad de ninguna parte, en su casa y en su cama.
En realidad, nada de aquello debería sentirse bien.
Pero se sentía bien.
—Deberías tenerme miedo —murmuró Bones.
Quizá tuviera razón.
Quizá realmente debería tenerle miedo. Quizá debería saltar de aquella cama, salir de su casa y, a ser posible, no volver a mirar atrás antes de que aquel hombre despertara todavía más cosas dentro de mí de las que ya había despertado.
Pero no hice nada de eso.
En vez de eso, levanté una mano y la apoyé con cuidado sobre su mejilla. Su piel estaba caliente bajo mis dedos, la oscura barba incipiente era áspera contra mi palma y, de repente, aquel motero enorme y peligroso ya no me pareció tan inaccesible como probablemente le habría gustado ser.
—Fóllame —susurré—. Para que después puedas olvidarme de una puta vez.
Su expresión cambió.
Sus ojos se entrecerraron y un músculo empezó a palpitar en su mandíbula angulosa, casi como si mis palabras hubieran tocado algún punto sensible y hubiera dicho algo que no le gustaba en absoluto.
Cuando, al fin y al cabo, aquel había sido su puto plan.
Quería acostarse conmigo, follarme hasta arrancarme el alma del cuerpo y después perder el interés por mí.
Así de sencillo se lo había imaginado.
¡Y, en realidad, ese también debería ser mi plan!
Después de todo, no quería una relación, no quería compromisos y desde luego no quería a otro hombre al que permitiera poner sus manos sobre mi corazón.
Entonces ¿por qué la simple idea de que Bones pudiera mirarme al día siguiente y no sentir absolutamente nada por mí provocaba aquel pequeño y desagradable pinchazo en mi pecho?
¡Mierda!
¿Qué demonios me estaba pasando?
La mano de Bones se deslizó hasta mi garganta, pero, en contraste con la tensión de su expresión, sus dedos callosos acariciaron mi piel casi con ternura.
—No tienes ni idea de en qué te estás metiendo, Melocotón —murmuró con voz ronca.
Tragué saliva.
Probablemente incluso tuviera razón.
No tenía ni idea de en qué me estaba metiendo con él.
Pero en aquel momento me daba exactamente igual porque, por muy loco e irracional que fuera todo aquello, había algo que sabía con absoluta certeza.
Deseaba a aquel hombre fascinante, arrogante y peligroso, cuyo intenso sabor todavía permanecía sobre mis labios, más desesperadamente de lo que necesitaba mi siguiente respiración.
¡Quería a Bones!
Y precisamente eso me daba mucho más miedo que el arma que descansaba sobre su cómoda a apenas unos metros de nosotros.