El Montañés que Me Sigue (Los Hombres de la Montaña de Linesworth nº 7) Capítulo 5
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Capítulo 5

CAPÍTULO CINCO

Benji

Es increíble el deseo que tengo de impresionar a Tillie. Está claro que la he cagado, igual que con la cena. Ahora ella está mirando su bicicleta, lista para escapar. Sé que no me soporta.

Aun así, sus palabras quedan flotando en el aire cargado de humo.

—¿Quieres que vaya a tu casa? —pregunto, queriendo asegurarme de que la he oído bien.

Ella se encoge de hombros. —Puedo preparar algo rápido. ¿Tienes bici?

—Sí, la tengo. En el garaje.

—Pues venga, que me pongo de mal humor cuando tengo hambre, así que tenemos que irnos ya.

Riéndome, hago lo que sugiere, cojo la bicicleta que compré en la tienda de Kodiak y me abrocho el casco bajo la barbilla. —Guíame.

Ella se monta en su bici, el dobladillo de su vestido ondeando mientras se acomoda en el sillín; su muslo desnudo me envía una sacudida de deseo. Maldita sea, está adorable en su bici de paseo. Parece sacada de una película antigua.

—Vivo solo a unos pocos kilómetros —me dice, y pedaleo a su lado, con las carreteras vacías y la tarde cayendo a nuestro alrededor.

—¿Te gusta vivir fuera del pueblo? —pregunto.

—Es una casa de alquiler de mis padres, en realidad. Me están dejando quedarme allí hasta que aclare qué voy a hacer con mi vida.

Lo dice con sencillez y al mismo tiempo con un leve deje de dolor. Como si no estuviera haciendo lo que realmente quiere.

—¿Y tú? —pregunta ella—. ¿Te gusta vivir por aquí?

—Me gusta. —Exhalo el aire de la montaña—.

Viví en Seattle tanto tiempo que pensaba que era un chico de ciudad hasta la médula.

Pero este pueblecito me ha atrapado. No me suelta.

¿Tiene sentido? —La miro y ella me mira a mí, y joder, cuando nuestros ojos se encuentran, siento algo más que el quemazón en mis piernas. Hace semanas que no monto en esta bici.

—Te entiendo perfectamente. Me encanta Linesworth; no me imagino viviendo en otro sitio. Irme a la universidad ya fue bastante duro.

—¿Qué estudiaste? —le pregunto.

—Contabilidad. —Suelta un gruñido—. ¿Puedes imaginarme detrás de un escritorio?

Sonrío. —¿Cómo acabaste con un food truck entonces?

—Me gusta cocinar, así que pensé, ¿por qué no? Quiero ser mi propia jefa y quiero serlo en Linesworth.

—¿Por qué no cocinas entonces? —le pregunto—. ¿Por qué abrir una pastelería sobre ruedas? —Quiero hacerle preguntas más directas, como por qué meterse en el negocio de los muffins cuando ya hay tanta competencia en Main Street, pero no quiero que se moleste.

—Hice números. La inversión inicial para los dulces era menor que el coste para comidas completas. —Gira el manillar a la izquierda, entrando en una propiedad con una cabaña impecable que da al río.

—Supongo que una contable haría números —bromeo, mientras ambos bajamos de las bicis y nos quitamos los cascos.

—Parece ser que tenía que haber valorado algo más que los números —dice ella, cogiendo la botella de vino de su cesta de mimbre y caminando hacia la puerta principal.

La sigo al interior, con curiosidad por saber dónde vive—.

No tuve en cuenta el hecho de que no hay nada exclusivo en los muffins y los lattes.

Especialmente cuando hay tantos otros sitios estupendos donde comprarlos en Linesworth.

Trago saliva, agradecido de no tener que sacar yo el tema. Tillie es lista, sabe de qué va la vaina. Eso hace que me guste aún más.

—El problema es que me siento estancada —admite. Se encoge de hombros, dejando la conversación—. ¿Qué te parece el sitio?

Miro a mi alrededor; su casa no se parece en nada a ella.

Son todo muebles de troncos, mesas y sillas que parecen sacadas de una revista de exteriores, no de su vida.

Matilda es alegre y exuberante, divertida, sarcástica y remilgada.

Propia de una forma que hace que quiera hacerla pecar, y perfecta de una forma que hace que quiera ver su lado más oscuro.

Pero este lugar parece una casa de alquiler llena de muebles de segunda mano que han visto tiempos mejores; no es su hogar ni de lejos.

Hago una mueca. —Por favor, dime que tu dormitorio al menos se parece más a ti.

—¿Más a mí? —Abre mucho los ojos—. ¿Qué quieres decir con eso? —Camina hacia la cocina y yo la sigo, viendo cómo coge un sacacorchos, abre la botella de vino y nos sirve una copa a cada uno.

—Que este sitio no parece tu hogar, nada más.

—¿Y cómo sería mi hogar, Benji? —pregunta ella, inclinándose, con los codos en la encimera. Sus tetas quedan juntas de una forma sexy de la que ni siquiera se ha dado cuenta.

—No como esto.

Ella sonríe con sorna. —Sé que el humo me habrá impedido verlo bien, pero tu cabaña tampoco es que sea nada especial. El lugar estaba vacío.

—Cierto. Es que aún no estoy listo para comprometerme con nada.

Ella suelta un bufido. —No me sorprende.

Aprieto la mandíbula, sabiendo lo que piensa de mí. Que no soy más que un ligón. Pero se equivoca. Quiero ser suyo.

—¿Puedo ayudar con la cena? —pregunto mientras ella saca una gofrera y la enchufa. Coge rápidamente los ingredientes para la masa y saca un paquete de tiras de pollo de la nevera.

—Oh, tú solo siéntate y mira, Rey de la Salchicha. De hecho, deberías retransmitir esto en Chatter. Seguro que a las mujeres que te siguen les encantaría ver a otra chica haciéndote la cena.

—Sabes que no hago las cosas solo por mis seguidores.

—¿Ah, sí? —Pone los ojos en blanco, riéndose, mientras echa aceite en una sartén sobre el fuego—. ¿Entonces por qué publicas tantos pies de foto mencionando tu «paquete»?

—Es marketing. Atrae clientes.

—¿Seguro que no es que estás obsesionado contigo mismo?

Niego con la cabeza, riendo. —Seguro. De hecho, antes de abrir el food truck, ni siquiera tenía cuenta en Chatter.

—¿En serio? —Su voz se eleva, visiblemente sorprendida.

—En serio. —Me muevo hacia la cocina y me lavo las manos antes de ponerme a su lado—. Venga, ponme a trabajar —le digo.

Ella desplaza su cadera a la derecha, chocando con la mía, y gira la cabeza, sonriéndome. —Vale. Pero sigo sin estar segura de que pueda fiarme de ti. Tus motivos, tu buena apariencia... todo parece un poco demasiado bueno para ser verdad.

—¿No crees en los finales felices?

Se queda cortada. —Bueno, a ver, sí. Vivo por ellos, en realidad. Solo que...

—¿Solo qué? —Quiero pegarla a la encimera, besarla con ganas. Quiero darle un final feliz de verdad. El que lleva esperando toda la vida.

—Solo que me pones nerviosa, Benji —dice ella, ahora más suave.

—No quiero que estés nerviosa conmigo —le digo.

—Toma —dice, cogiendo mis manos y dándome un trozo de pollo—. Rebózalo y ponlo en el aceite. Ya debería estar lo bastante caliente. Yo haré los gofres.

—¿Cuál es tu ingrediente especial? —pregunto mientras sigo sus instrucciones.

Ella sonríe. —Si te lo dijera, ya no sería especial, ¿verdad?

Trabajamos codo con codo en la cocina en silencio.

Observo a Matilda mientras cocina, metódica, sin ensuciar nada ni cometer errores.

Veo a la contable que hay en ella por primera vez.

Reflexiva, precisa. Y lista. Porque para cuando hemos servido la cena y ella vierte sirope de arce caliente sobre esos platos divinos, está claro que ha preparado algo especial.

Sentada a la mesa del comedor, me observa mientras doy el primer bocado. Está delicioso, salado y dulce a la vez, e inmediatamente voy a por otro bocado.

—Joder, esto es increíble.

—¿Sí? Es mi plato estrella. Podría hacerlo todos los días si tuviera gente dispuesta a comerlo. —Se ríe y da ella misma un bocado—. Me alegro de que te guste. Admito que estaba un poco nerviosa preparando una cena en el último momento para el Rey Leñador de Linesworth.

—¿Te estás burlando de mí?

Mientras comemos, ella niega con la cabeza, riendo, sin parecer darse cuenta de que esta comida es literalmente una maravilla. —Jamás. Llegaste al pueblo y arrasaste con la competencia. No tuve ninguna oportunidad frente a tus insinuaciones.

—¿A ti te gusta mi salchicha? —le pregunto.

Sus mejillas se ponen rojas y se muerde el labio inferior. —Sinceramente, nunca he probado tu salchicha.

—Pero sí que te gusta la salchicha, ¿verdad?

Ella traga saliva. —¿Esto es una metáfora o seguimos hablando de tu food truck?

—¿De qué quieres que esté hablando?

Ella suelta el tenedor. —Has preguntado antes sobre mi dormitorio. ¿Aún quieres verlo?

La miro desde el otro lado de la mesa. Es preciosa, está un poco nerviosa y es valiente de una manera que me pone al máximo. Me levanto y le cojo la mano. —Guíame, Reina de los Gofres.