El Monasterio de la Niebla (El Código del Camino de Santiago 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

El invierno llegó a O Cebreiro con la misma niebla de siempre, aunque esta vez, por primera vez en generaciones, el pueblo entero conocía al menos una parte de lo que aquella bruma había guardado durante siglos bajo sus propias calles.

Gabriel pasó la Navidad en Santiago, junto a Lucía, Adrien, Daniel y Padre Esteban, en una cena mucho más tranquila que cualquier reunión que hubieran compartido desde que todo aquello había empezado con un sobre encontrado en una biblioteca italiana.

Lucien se sumó por videollamada desde Ginebra, donde seguía rastreando, sin demasiado éxito todavía, el origen exacto del "cliente sin identificar" que había financiado el segundo intento de asalto al monasterio.

---Algún día lo vamos a encontrar ---dijo, con la misma paciencia profesional que había demostrado en cada investigación anterior---. Estas cosas siempre terminan dejando algún rastro, tarde o temprano.

Ilse Kessler, cumpliendo ya con su condena de servicio comunitario, envió una tarjeta breve a la palloza de Amalia, agradeciendo la hospitalidad recibida durante aquellas semanas, sin mencionar nada sobre Prisciliano ni sobre su propia familia, como si prefiriera, por primera vez en su vida adulta,

separar aquella parte de su historia personal de cualquier otra consideración.

Amalia Freire falleció apenas dos meses después, en su propia palloza, rodeada de su familia, con noventa y un años cumplidos y la certeza tranquila de haber visto, antes de morir, el final honesto de una historia que su propia madre le había confiado sin comprenderla del todo.

Xoán heredó formalmente, junto a la palloza, la responsabilidad completa de custodio del acceso, un título que aceptó con el mismo silencio orgulloso con el que había aceptado, meses atrás, seguir vigilando el monte que ya conocía de memoria.

A casi mil ochocientos kilómetros de O Cebreiro, en la ciudad alemana de Trier, la más antigua de todo el país, con sus propias ruinas romanas conviviendo con calles medievales y modernas en un mismo paisaje urbano, una archivera municipal llamada Greta Voss revisaba,

en una tarde de enero especialmente fría, un fondo documental recién donado a la biblioteca de la ciudad por una familia local que llevaba generaciones sin abrir por completo el contenido de un viejo arcón heredado.

Entre cartas del siglo XIX y facturas comerciales sin ningún interés histórico particular, encontró un legajo mucho más antiguo, escrito en un latín que ella misma, especializada en historia local romana, reconoció de inmediato como perteneciente a la época imperial tardía,

con un sello que representaba, aunque muy deteriorado, lo que parecía ser una figura togada flanqueada por dos guardias.

No entendía todavía la magnitud completa de lo que sostenía entre las manos, ni sabía nada sobre O Cebreiro, ni sobre Compostela, ni sobre una familia llamada Freire que llevaba generaciones custodiando un secreto en las montañas gallegas.

Pero mientras guardaba el legajo con cuidado en una funda de conservación, sintiendo la misma curiosidad profesional que había definido toda su carrera, no pudo evitar preguntarse por qué alguien, muchos siglos atrás, se había tomado tantas molestias para conservar,

entre páginas y páginas de documentos administrativos sin importancia, lo que parecía ser el registro cuidadosamente detallado de un juicio.

Un juicio que, a juzgar por la fecha apenas legible en la primera página, se remontaba al año 385 de nuestra era.