CAPÍTULO 30 — Captura en O Cebreiro
BLOQUE 1
La noticia del hallazgo, a pesar de todas las precauciones tomadas, empezó a filtrarse apenas dos días después, cuando uno de los técnicos del equipo de documentación fotográfica, contratado a través de una empresa externa a la Hermandad, mencionó lo ocurrido en una llamada personal que alguien,
en algún punto de la cadena, no supo mantener en la confidencialidad debida.
El sargento Otero, alertado por la fiscal Mera sobre movimientos sospechosos detectados en las comunicaciones de Reyes & Halvorsen --todavía bajo investigación por el propio incidente de semanas atrás--, reforzó de inmediato la vigilancia sobre el acceso al monasterio,
consciente de que la filtración podía atraer a cualquiera de los "otros clientes" que Dvorak había mencionado sin identificar durante su interrogatorio.
La amenaza llegó, finalmente, la noche siguiente: dos vehículos sin identificación aproximándose por la carretera secundaria que bordeaba el pueblo, detectados a tiempo gracias al dispositivo de vigilancia que Otero había reforzado precisamente para aquella eventualidad.
---Movimiento confirmado, dos vehículos, al menos cuatro individuos ---informó uno de los agentes por radio, apostado en un punto elevado con visión sobre el acceso principal---. No coinciden con ningún perfil que tengamos identificado hasta ahora.
Otero, coordinando desde el mismo puesto de control improvisado que habían usado semanas atrás, no dudó en movilizar de inmediato a todo el refuerzo disponible, consciente de que aquella vez, a diferencia del incidente anterior,
no se enfrentaban a un equipo de seguridad privada con instrucciones ambiguas, sino a alguien completamente desconocido, dispuesto a moverse en plena noche con el objetivo evidente de llegar hasta el hallazgo antes de que cualquier protocolo oficial pudiera protegerlo por completo.
BLOQUE 2
Xoán, alertado como el resto del equipo apenas se confirmó la aproximación, insistió en participar en la vigilancia del propio acceso a la palloza de Amalia, conocedor del terreno mejor que cualquier agente recién llegado a la zona.
---Si intentan entrar por la bodega, van a necesitar pasar primero por la puerta trasera ---explicó a Otero, señalando el plano improvisado que habían dibujado juntos---.
Es el único punto de acceso real, a menos que decidan intentar forzar directamente la roca, algo que dudo mucho que consigan sin el equipo adecuado.
El enfrentamiento, cuando finalmente ocurrió, resultó considerablemente más breve y más ordenado que el incidente anterior, gracias en buena medida a la preparación previa: los cuatro hombres,
sorprendidos por la presencia de refuerzos policiales que no esperaban encontrar desplegados con tanta anticipación, se rindieron sin apenas resistencia apenas comprendieron que cualquier intento de huida o confrontación resultaría inútil frente al número de agentes presentes.
Identificados posteriormente como empleados de una segunda consultora de seguridad, esta con sede en Londres, contratada según los primeros indicios por un comprador todavía sin identificar con claridad, ninguno de los cuatro hombres detenidos aportó, durante el interrogatorio inicial,
información suficiente sobre quién exactamente los había enviado, más allá de confirmar que las instrucciones les habían llegado, igual que en el caso de Dvorak, a través de intermediarios cuidadosamente distanciados de cualquier responsabilidad directa.
---Otro nombre en clave, otro contrato ambiguo ---resumió Otero, ya de madrugada, con evidente cansancio acumulado---. Sea quien sea esta gente, aprendieron exactamente las mismas lecciones que Kessler sobre cómo protegerse legalmente mientras otros hacen el trabajo sucio.
BLOQUE 3
Ilse Kessler, informada del incidente a primera hora de la mañana siguiente, se presentó por su propia voluntad en la comisaría de Triacastela, acompañada esta vez únicamente por Padre Esteban, que había insistido en acompañarla tras la conversación que ambos habían mantenido la noche anterior.
---Vine a entregarme formalmente ---le dijo a la fiscal Mera, sin ningún abogado presente esta vez---.
Sé que todavía tengo cargos pendientes por lo que ocurrió hace semanas, aunque no diera la orden directa de violencia.
Acepto la responsabilidad que me corresponda como administradora de la empresa que contrató a esos hombres, sin condiciones ni negociaciones adicionales.
La fiscal Mera, sorprendida por aquella disposición tan distinta de la actitud combativa que Ilse había mostrado en cada encuentro anterior, procesó la declaración con la seriedad profesional habitual, aunque no sin cierta consideración por el cambio evidente en su actitud.
---Esto va a ayudar considerablemente en cómo se resuelva su situación legal, señora Kessler ---dijo, finalmente---. La cooperación voluntaria suele contar a favor, especialmente cuando viene acompañada de la entrega completa de documentación relevante, como ya hizo con nosotros.
Gabriel, presente en la comisaría por una coincidencia de horarios más que por planificación, observó desde la distancia cómo Ilse aceptaba las condiciones de su propia detención con una calma que contrastaba notablemente con la desesperación de la noche en la niebla, apenas unos días atrás.
---No sé todavía cuánto tiempo voy a pasar lidiando con esto ---le dijo a Gabriel, antes de que un agente la condujera hacia el proceso formal de ingreso---.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no siento que esté cargando con algo que no me pertenece del todo.
Siento que finalmente estoy pagando lo que me corresponde pagar, por mi propia cuenta.
Gabriel no supo qué responder de inmediato, observando a la mujer que apenas semanas atrás los había amenazado con litigios interminables, ahora aceptando con dignidad las consecuencias de sus propias decisiones, mientras afuera, en O Cebreiro, la niebla seguía cubriendo un secreto que, por fin,
tenía dueños dispuestos a protegerlo con el respeto que siempre había merecido, en lugar de con la codicia que había marcado tres generaciones enteras de obsesión familiar.