Capítulo 36 · El cuaderno azul
Los misterios de Elena Vidal
El cuaderno azul
L a lluvia había cesado.
Trieste amanecía envuelta en una niebla ligera que ascendía lentamente desde el Adriático y se deslizaba entre los antiguos edificios del puerto.
Elena llevaba despierta desde mucho antes del amanecer.
Había releído varias veces las notas recuperadas del ordenador de Alessandro.
Siempre terminaba deteniéndose en la misma frase.
“…ya sé quién lo protege…”
No decía “qué”.
Decía “quién”.
Eso cambiaba completamente la investigación.
A las nueve de la mañana sonó el teléfono del despacho de Rinaldi.
Era la hija de Sergio Marin.
Su voz transmitía cierta inquietud.
—He encontrado algo que no estaba en las cajas.
El comisario intercambió una mirada con Elena.
—¿Qué clase de cosa?
—No lo sé.
Estaba escondido dentro del asiento de una vieja butaca.
Creo que mi padre quería que alguien lo encontrara.
Media hora después llegaron a la vivienda.
La puerta del jardín estaba abierta.
La mujer los recibió pálida, con el teléfono todavía en la mano.
—Alguien ha estado aquí hace apenas un minuto —dijo, señalando hacia la parte trasera de la casa—. He oído la verja y he salido, pero ya no había nadie.
Rinaldi recorrió el jardín con el arma en la mano.
No encontró a nadie.
Solo la marca reciente de unas botas sobre la tierra húmeda, bajo la ventana del salón.
La misma ventana que daba a la butaca donde había estado escondida la libreta.
—Diez minutos más tarde y no la habríamos encontrado nosotros —dijo Elena.
Nadie respondió.
La mujer los esperaba con una pequeña libreta entre las manos.
No medía más de quince centímetros.
Estaba protegida por una cubierta de tela azul desgastada.
No llevaba título.
Ni nombre.
Solo una pequeña etiqueta escrita con tinta negra.
Turno de noche.
Laura la abrió con cuidado.
Las primeras páginas eran exactamente lo que esperaban.
Anotaciones rutinarias.
Hora.
Meteorología.
Movimiento de barcos.
Incidencias.
Pero, a partir de 2018, el contenido cambiaba.
Mucho.
Sergio había dejado de escribir como un vigilante.
Comenzó a escribir como un observador.
Las entradas ya no describían únicamente lo que ocurría.
Describían lo que intuía.
Elena leyó una de ellas.
“El joven Valerian ha vuelto.”
Otra.
“Hoy discutió con el señor Sartori. Ninguno de los dos parecía enfadado. Parecían preocupados.”
Y una más.
“No creo que el muchacho comprenda todavía el peligro.”
Elena cerró unos segundos los ojos.
Sergio había entendido mucho más de lo que todos imaginaron.
Las últimas páginas estaban escritas con una letra mucho más rápida.
Más nerviosa.
Como si el viejo vigilante hubiera comenzado a sentirse observado.
Laura pasó lentamente la hoja.
Una frase quedó sola en el centro del papel.
“Hoy he visto al hombre del maletín otra vez.”
Todos permanecieron inmóviles.
Continuó leyendo.
“No ha envejecido tanto como esperaba.”
Rinaldi levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
Lorenzo respondió antes que nadie.
—Que Sergio lo conocía desde hacía muchos años.
La siguiente anotación llevaba fecha.
Cinco días antes del asesinato de Alessandro.
“Ha preguntado por Elena Vidal.”
El corazón de Elena pareció detenerse.
—Eso es imposible.
Nunca había estado en Trieste.
Laura siguió leyendo.
“No preguntó dónde vivía.”
“Preguntó cuándo llegaría.”
El silencio resultó insoportable.
Sergio había escrito una última línea debajo.
Con un trazo tan fuerte que casi rompía el papel.
“Alguien la está esperando desde mucho antes de que ella lo sepa.”
Nadie habló durante varios minutos.
Elena pasó lentamente la mano sobre la cubierta azul.
Recordó el cuaderno encontrado en la cámara.
Su nombre escrito décadas antes de nacer.
La carta de Alessandro.
Las pruebas dejadas por Antonio.
Todo parecía conducir al mismo punto.
No era casualidad que ella hubiera llegado a Trieste.
Alguien había preparado el camino.
Pero…
¿Quién?
Y, sobre todo…
¿Por qué ella?
Antes de marcharse, la hija de Sergio recordó algo.
—Hay una última cosa.
Subió al desván.
Regresó con una caja de madera muy pequeña.
—Mi padre nunca me permitió abrirla.
Decía que pertenecía a otra persona.
Sobre la tapa había una inscripción.
No llevaba ningún símbolo.
Solo unas iniciales.
A.V.
Elena pensó inmediatamente en Alessandro Valerian.
Lorenzo negó despacio.
—No.
Antonio.
La caligrafía es mucho más antigua.
Dentro solo había una llave.
No se parecía a ninguna de las anteriores.
Era moderna.
De acero.
Llevaba grabado el nombre de una empresa.
Banca Adriatica.
Rinaldi la observó con atención.
—Una caja de seguridad.
Laura levantó la vista.
—¿Sigue existiendo ese banco?
Ferretti respondió inmediatamente.
—Sí.
Aunque ahora tiene otro nombre.
Fue absorbido hace años.
El edificio sigue abierto.
En el centro de Trieste.
Elena sostuvo la llave entre los dedos.
Era la primera pista que no pertenecía al pasado.
Una caja de seguridad podía seguir existiendo.
Podía seguir cerrada.
Y, si Antonio la había abierto bajo su propio nombre…
nadie habría podido acceder legalmente desde su muerte.
Quizá llevaban semanas buscando en almacenes antiguos…
cuando la última pieza permanecía, intacta, tras la puerta de un banco.
Aquella tarde acudieron a la entidad bancaria.
El director los recibió personalmente.
Escuchó la explicación con enorme interés.
Cuando vio la llave, su expresión cambió.
Consultó el sistema histórico.
Tardó varios minutos.
Finalmente levantó la vista.
—La caja existe.
Rinaldi dio un paso adelante.
—¿Y?
El director respiró hondo.
—Nunca fue cerrada.
Elena sintió que el pulso se aceleraba.
—¿Qué significa eso?
El hombre dudó unos segundos.
—Que durante más de setenta años…
nadie ha venido a reclamar su contenido.
Cuando el director desapareció en la cámara acorazada, Elena permaneció completamente inmóvil.
No sabía qué esperaba encontrar.
Documentos.
Fotografías.
Cartas.
Quizá nada.
Solo tenía una certeza.
Antonio Valerian no habría conservado una caja de seguridad durante siete décadas para guardar algo sin importancia.
El sonido metálico de la puerta acorazada resonó por todo el pasillo.
El director regresó empujando un pequeño cofre de acero.
Lo depositó sobre la mesa.
Después colocó la llave frente a Elena.
—Solo usted puede abrirla.
Ella levantó lentamente la mirada.
Comprendió que aquel gesto no era un protocolo bancario.
Era el último paso de un camino que había comenzado mucho antes de que ella naciera.
Y, por primera vez desde la muerte de Alessandro Valerian…
la verdad estaba literalmente al alcance de su mano.