CAPÍTULO 14 #3
—La suspensión expira en tres minutos.
—Entonces alguien tendrá que decidir qué hacer después.
La voz del interceptor no respondió. El avión entró en las nubes.
A los treinta segundos de expirar la autorización, el protocolo de terminación volvió a activarse. No hubo advertencia. El radar mostró fijación.
Mara miró el brazalete. La protección médica había cambiado a amarillo.
RESPONSABILIDAD EN REVISIÓN.
—Nos van a derribar —dijo Amalia desde la entrada.
—No sobre el barco —respondió Idris.
—Ya estamos a cuarenta kilómetros.
El primer interceptor se acercó. La voz del piloto llegó por radio.
—Última oportunidad. Cambie rumbo.
León observó el sistema hospitalario del brazalete. La identidad de Tomás seguía enviando un pulso. La variación cada siete latidos. Una demora. Una imperfección.
No era aleatoria.
Contó.
Siete. Pausa. Cinco. Pausa. Tres. Pausa. La secuencia se repetía.
7-5-3.
No un latido. Un código.
—No está transmitiendo vida.
Mara lo miró.
—¿Entonces?
—Está esperando que respondamos.
Tomó el micrófono conectado al brazalete.
—Cinco minutos no alcanzan.
El pulso se detuvo. Los interceptores mantuvieron fijación. Durante dos segundos no ocurrió nada. Después una voz masculina apareció en el canal médico. No en la radio aeronáutica. En el brazalete.
Más grave que en la cinta. Más cansada. Pero igual.
—Antes te alcanzaban.
León cerró los ojos.
Tomás Vale. No una grabación preparada. Una respuesta.
—¿Sos vos?
—Esa pregunta perdió utilidad hace años.
—Retirá la orden.
—No es mía.
—Suspendiste el protocolo.
—Durante una hora.
—Necesito más.
—Siempre necesitás más tiempo después de desperdiciar el primero.
Mara se acercó al brazalete.
—¿Dónde está Isabel?
Silencio.
—Tomás —dijo León—, los interceptores tienen fijación.
—Lo sé.
—Entonces decidí rápido.
—Eso también decías antes.
La primera alarma de lanzamiento sonó en la cabina. Idris comenzó un viraje evasivo.
—¡Ahora, Varda!
León mantuvo la voz firme.
—Si querés tus cinco minutos, necesito llegar vivo.
Tomás respiró al otro lado.
—Alta Gracia. Veintidós horas. Solo.
—Veintiuna.
—Nunca fuiste bueno aceptando condiciones.
—Vos tampoco.
Una nueva autorización apareció en el sistema.
CORREDOR MÉDICO EXTRAORDINARIO.
VIGENCIA: 06:00:00.
Los interceptores perdieron fijación. El primer piloto recibió la orden contradictoria y se alejó. El segundo permaneció unos segundos más. Después también rompió formación.
Idris estabilizó el avión.
Mara observó el brazalete.
—¿Dónde está mi madre?
Tomás no respondió.
—Sé que me escucha.
—Sí.
—¿Está viva?
La pausa fue distinta. No técnica. Humana.
—Cuando la vi por última vez.
—¿Cuándo?
—Hace nueve días.
—¿Dónde?
—Córdoba.
—¿La mujer del video?
—No.
—¿Quién era?
—Alguien que aceptó morir con la cara de Isabel.
Mara cerró los ojos.
—¿Por qué?
—Para que la verdadera pudiera salir.
—¿Salir de dónde?
La comunicación comenzó a degradarse.
—Tomás —dijo León—, Isabel escribió que mentís sobre lo que hiciste después de descubrir el Índice.
La respiración desapareció. Solo quedó ruido.
—¿Qué hiciste?
Tomás respondió con una voz casi inaudible:
—Lo activé.
León sintió que el avión se volvía silencioso.
—Génesis nunca fue activado.
—No completo.
—¿Qué parte?
—La lista.
Mara miró a León. Tomás continuó:
—Necesitaba saber si el Índice era teórico o si ya estaba conectado con decisiones reales.
—¿Y?
—Funcionó.
—¿Cuánto tiempo?
—Once minutos.
—¿Qué ocurrió?
La voz tardó.
—Murieron diecinueve personas.
Nadie se movió.
—¿Cómo? —preguntó Mara.
—Un hospital perdió prioridad energética. Dos ambulancias fueron desviadas. Una red de pagos médicos quedó fuera de restauración.
—¿Dónde?
—No importa.
—Importa para ellas —dijo León.
Tomás guardó silencio.
—Por eso te condenaron —continuó Varda.
—No.
—Activaste el Índice.
—Por eso acepté que me condenaran.
La frase cambió el aire.
—¿Aceptaste? —preguntó Mara.
—La prueba contra mí fue fabricada. El delito no.
León apretó el brazalete. La historia perfecta había condenado a un inocente. Pero el inocente no era inocente de todo.
—Tomás.
—Te quedan cuatro minutos —dijo él.
—No empezamos.
—Acabás de utilizar uno.
La comunicación se cortó. El brazalete volvió a mostrar el pulso artificial.
Siete. Cinco. Tres.
El corredor médico permanecía abierto durante seis horas. Idris modificó el rumbo hacia Cabo Verde.
Mara observó las nubes.
—Diecinueve personas.
León no respondió.
—Usted pasó quince años creyendo que había condenado a un inocente.
—Sí.
—Y él sabía que había hecho algo peor que aquello de lo que lo acusaban.
—Sí.
—¿Por qué no se lo dijo?
Varda miró el mensaje original.
TODAVÍA ME DEBÉS CINCO MINUTOS.
—Porque no quería que lo absolviera.
La cuenta regresiva mundial continuaba.
21:48:12.
En algún lugar de Córdoba, Tomás Vale esperaba.
No para demostrar que había sobrevivido.
Para confesar que el Índice ya había elegido una vez.
Y que la primera persona en comprobar su funcionamiento había sido también la primera en descubrir que ningún sistema necesitaba colapsar para comenzar a decidir quién debía morir.