CAPÍTULO 3 #2
—Otra decisión escondida dentro de una máquina.
El funcionario ignoró el comentario.
—¿Dónde está el vehículo?
El técnico consultó el localizador.
—Señal perdida.
—¿Cuándo?
—Hace treinta y nueve minutos.
—¿Última ubicación?
—Ruta de Saint-Julien. Dirección Francia.
Stein se volvió hacia el coronel.
—Notifique a la frontera.
—Ya cruzó —dijo Varda.
—No puede saberlo.
—Si el localizador dejó de transmitir antes de llegar al puesto, querían que pensáramos que evitaron el control. Pero no les conviene evitarlo: un registro oficial de paso limpia la ruta. Demuestra que el vehículo fue visto, autorizado y considerado legítimo.
Mara ya estaba llamando. Pidió comunicación con el puesto fronterizo más cercano y, mientras esperaba, observó el mapa.
—Hay tres cruces posibles.
—Usaron el que tuviera más cámaras.
—¿Más?
—Necesitan testigos del permiso.
Stein soltó una risa breve.
—Eso no tiene sentido.
—Usted todavía busca a personas que desean esconderse.
La comunicación se estableció. Mara habló en francés, dio la matrícula del vehículo y pidió confirmación inmediata. Esperó. Miró a León.
—Pasó hace veintidós minutos.
—¿Fue inspeccionado?
Mara preguntó. La respuesta tardó más.
—No.
—¿Por qué?
—Orden sanitaria. Prohibido escanear.
Stein tomó el teléfono.
—¿Destino?
Mara escuchó al agente.
—Centro de Análisis Preventivo de Annemasse.
Un asesor francés se adelantó.
—Esa instalación está cerrada desde hace dieciocho meses.
El silencio cayó sobre la sala. Stein ordenó movilizar unidades. Varda recogió su abrigo.
—No estarán allí.
—Es el destino declarado.
—Precisamente.
—¿Propone que ignoremos la única dirección que tenemos?
—Propongo que no confundamos una dirección con un destino.
• • •
Llegaron a Annemasse veintisiete minutos después.
La instalación estaba situada detrás de una doble cerca, junto a un terreno cubierto de maleza; los edificios eran bajos, de hormigón, con ventanas estrechas y techos planos.
No había luces. La policía francesa rodeó el perímetro antes de que el vehículo de Stein ingresara.
Mara observó las puertas cerradas.
—Podrían haber utilizado el lugar como punto de transferencia.
—Sí.
—Pensé que no estarían aquí.
—Dije que no sería el destino. Eso no impide que hayan pasado.
Varda descendió. El aire era más frío que en Ginebra, olía a tierra húmeda y vegetación abandonada. Un capitán francés se acercó corriendo.
—Encontramos el vehículo.
—¿Dónde? —preguntó Stein.
—En el hangar principal.
—¿Conductores?
—Nadie.
El grupo avanzó detrás de los agentes. Las puertas del hangar estaban abiertas.
En el centro se encontraba el vehículo de descontaminación, las luces de emergencia todavía encendidas, el motor apagado.
Un traje blanco yacía sobre el asiento del conductor; otro, en el suelo.
El compartimiento trasero permanecía sellado.
Un técnico de explosivos examinó el cierre.
—No detectamos señal ni cambios térmicos.
Stein miró a Varda.
—¿Alguna objeción antes de abrirlo?
—Sí.
—¿Cuál?
—Que está esperando que lo hagamos.
El funcionario dio la orden de todos modos. Los agentes colocaron un dispositivo hidráulico, el cierre cedió y las puertas se abrieron.
Dentro no había ningún pedestal. Había una estructura metálica rectangular sujeta al piso, parecida a una cámara de transporte. En el centro descansaba un bloque negro cubierto por una lona gris.
Moreau se acercó hasta el límite de seguridad.
—Las dimensiones coinciden.
Stein ordenó retirar la lona. El bloque apareció: negro, macizo, con conexiones en los mismos lugares que la base de Orfeo.
—Lo encontraron —dijo el capitán.
Varda no se movió. Mara lo miró.
—No cree que sea real.
—No importa lo que crea.
—¿Entonces?
—Importa lo que pesa.
Los técnicos introdujeron una balanza industrial bajo la estructura. La lectura apareció: ochocientos doce kilos.
Moreau frunció el ceño.
—El pedestal auténtico pesa setecientos noventa y seis.
—Dieciséis kilos de diferencia —dijo Mara.
—Dos esferas —respondió Varda.
Stein lo miró.
—¿Qué?
León se acercó al bloque.
—El original podía contener El Meridiano y una réplica. O dos masas equivalentes.
—¿Y esto?
—Esto pesa lo suficiente para hacernos creer que ambas siguen dentro.
Moreau examinó una de las conexiones.
—El panel es auténtico.
—Una pieza auténtica no vuelve auténtico al conjunto.
Stein ordenó abrirlo. La doctora protestó.
—Podría activar la contención.
—Ya no tenemos tiempo.
Varda señaló uno de los laterales.
—No está cerrado.
Un técnico pasó la mano sobre la unión y encontró una pequeña ranura.
El panel frontal se abrió sin resistencia.
Dentro había placas de plomo, cables desconectados y dos bloques de acero cortados con precisión.
No había esfera. No había mecanismo. No había nada que justificara el despliegue internacional que acababa de rodear el edificio.
Mara observó los bloques.
—Dieciséis kilos adicionales.
—La cifra correcta para confirmar la historia que esperábamos —dijo Varda.
En la pared interior alguien había escrito una frase con pintura blanca:
CUANDO TODOS SIGUEN LA MISMA RUTA, NADIE PREGUNTA QUIÉN DIBUJÓ EL MAPA.
Stein giró hacia los agentes.
—Revisen toda la instalación.
León se agachó junto al piso del vehículo. Había pequeñas partículas claras cerca del riel de carga; las recogió con la punta de una tarjeta.
—¿Qué es? —preguntó Mara.
—Sal.
—¿De carretera?
—Demasiado fina.
La olió.
—Material desecante.
Moreau se acercó.
—Se utiliza en transporte aéreo.
Varda miró el techo del hangar. Una línea de polvo había caído desde una viga; debajo, marcas recientes indicaban que algo había sido desplazado sobre el suelo. No hacia la salida. Hacia una puerta posterior.
El capitán francés consultó el plano.
—Conduce a la antigua pista.
—¿Aquí había una pista? —preguntó Mara.
—Militar. Hace años que no se utiliza.
Atravesaron el hangar. La puerta posterior daba a una franja de asfalto agrietado que se perdía en la oscuridad; la vegetación invadía los bordes. No había aeronaves, pero el aire conservaba olor a combustible. Un agente iluminó el suelo: las marcas de neumáticos eran recientes.
—Despegó un avión —dijo el capitán.
—¿Sin control aéreo? —preguntó Stein.
—La pista no está operativa.
Varda observó las huellas: dos ruedas principales, una rueda delantera, separación amplia. Una aeronave de carga pequeña.
Mara consultó su teléfono.
—No hay ningún vuelo registrado desde Annemasse.
—No despegó desde aquí —dijo León.
Ella lo miró.
—Las marcas llegan hasta la pista.
—Y terminan doscientos metros antes del punto donde una aeronave de ese peso podría elevarse.
Caminaron siguiendo las huellas. En efecto, desaparecían junto a una plataforma lateral, donde había restos de pintura amarilla y un rectángulo limpio sobre el asfalto.
—Un remolque —dijo Mara.
—Transportaron el avión por tierra.
—¿Un avión completo?
—Desarmado o con alas plegables.
Stein observó la carretera de servicio que salía de la instalación.
—¿Para llevarlo a dónde?
Varda miró las marcas. El remolque había girado hacia el norte.
—A un aeropuerto donde ya tuviera permiso para despegar.
• • •
La lista de vuelos nocturnos de la región contenía ciento ochenta y siete operaciones: cargueros, vuelos privados, traslados médicos, aeronaves diplomáticas, vuelos militares que no figuraban con destino completo.
Regresaron a la sala de crisis de Annemasse y extendieron los registros sobre una mesa.
Mara filtró los despegues ocurridos durante la última hora. Quedaron veintiséis. Stein eliminó los vuelos comerciales: diecisiete. Moreau señaló aquellos que no podían transportar el pedestal por dimensiones: nueve. Un técnico descartó los que habían sido inspeccionados después del embarque: cinco.
Varda no miraba los destinos. Observaba el combustible cargado.
—Este —dijo, y señaló un vuelo sanitario con matrícula luxemburguesa. Destino declarado: Bruselas. Carga: ninguna. Tripulación: dos personas. Combustible: suficiente para cuatro horas y media.
Mara leyó los datos.
—Podría ser una reserva de seguridad.
—El avión vuela vacío, pero solicitó potencia de despegue para seis toneladas adicionales.
—¿Cómo lo sabe?
—La configuración del motor aparece en el registro automático.
Stein se acercó.
—¿Hora de salida?
—Hace doce minutos —respondió el técnico.
—¿Aeropuerto?
—Chambéry.
—Está a más de una hora por carretera.
Varda observó el mapa: Annemasse, la antigua pista, el remolque, Chambéry.
—El avión no salió de aquí —dijo Mara—. Llevaron la carga hasta otro aeropuerto.
—No la carga.
—¿Entonces?
—Llevaron una aeronave preparada para recibirla sin controles.
Stein ordenó contactar con la torre de Chambéry.
La respuesta llegó casi de inmediato: el vuelo sanitario había despegado con autorización prioritaria, sin ser inspeccionado; la documentación indicaba que transportaba equipos médicos sensibles.
La torre había perdido contacto con la aeronave seis minutos después del despegue.
El transpondedor se apagó sobre los Alpes.
—Cierren el espacio aéreo —ordenó Stein.
El controlador al otro lado explicó que no podían cerrar tres países sin confirmar una amenaza militar.
—La amenaza es internacional.
—La matrícula es sanitaria y el vuelo figura como operación humanitaria.
—Está transportando un objeto robado.
—¿Tiene prueba?
Stein miró a Varda. León no respondió. No tenían una prueba.
Tenían un consumo de combustible, una configuración de potencia, un avión que parecía viajar vacío, y un sistema internacional que exigía motivos antes de detener una misión humanitaria.
La aeronave se estaba alejando precisamente porque todo funcionaba según las reglas.
Mara apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Quién es el piloto?
El técnico abrió el manifiesto.
—Youssef Haddad.
Varda observó la fotografía: un hombre de cincuenta años, cabello oscuro, licencia comercial luxemburguesa.
—No es él.
—La licencia es válida —dijo el técnico.
—La fotografía también.
—¿Entonces?
León señaló la firma.