El Mensaje de las Tres Liebres Capítulo 13 — Santa Catalina #2
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Capítulo 13 — Santa Catalina #2

No corrieron. Caminaron hacia la salida del patio con el paso de quien va a ver otra capilla. El hombre de gafas oscuras se movió también, con la misma velocidad. No aceleraba. No hacía falta. El cazador no corre si confía en su red.

Vanesa giró hacia un pasillo lateral. Liang la siguió. Se metieron en una zona menos turística, donde el suelo era más irregular y el aire olía más a piedra vieja. Allí el sonido era un aliado: podían escuchar pasos.

Detrás, pasos. Dos pares.

Vanesa apretó el paso. Liang se adelantó, abrió una puerta con una placa en griego. Una sala vacía, bancos, una iconografía que parecía mirar desde el siglo XII.

Entraron. Cerraron.

Vanesa escuchó. Liang sostuvo el aliento.

Pasos en el pasillo. Una pausa. Un murmullo en inglés.

La manilla se movió.

Liang miró a Vanesa. Vanesa miró la ventana pequeña del fondo. Era alta. Difícil.

La manilla volvió a moverse.

Vanesa sacó la pistola del bolso, pero no la levantó. Solo la sostuvo como un recordatorio de que ya no era investigación.

Liang empujó el banco más cercano hacia la puerta, no para bloquearla del todo —eso sería obvio— sino para ralentizar la entrada. Dos segundos de retraso pueden salvar una vida.

La puerta se abrió con un empujón. El banco se movió, chirrió. Una voz:

—Hey—

No esperaron a ver la cara.

Vanesa corrió hacia la ventana. Liang la siguió.

Subieron a un pequeño altar lateral, agarraron el marco de piedra y, con un esfuerzo torpe pero urgente, se impulsaron hacia arriba.

Vanesa se raspó la mano; Liang sintió el borde cortar la palma.

Salieron a un exterior estrecho: un corredor entre muros, abierto al cielo.

Detrás, el sonido de la puerta golpeando. Voces. Más pasos.

Corrieron por el corredor. No era un lugar para correr. Era un lugar para caer. Pero el cuerpo hace milagros cuando la alternativa es ser capturado.

Llegaron a un pequeño patio interior, cerrado por muros altos. Un gato los miró, indiferente. Al fondo, una puerta más pequeña, casi oculta.

Vanesa tiró.

Cerrada.

Liang la empujó con el hombro.

El cerrojo resistió.

Detrás, pasos acercándose.

Vanesa miró a Liang con una claridad brutal.

—¿La pistola? —susurró.

Liang negó con la cabeza.

—No.

No era moralismo. Era estrategia. Un disparo en el monasterio convertiría su huida en una caza oficial. Y entonces no habría salida. Solo cerco.

Liang miró arriba. Una escalera de mantenimiento. Un tramo de pared con piedras salientes.

—Arriba —dijo.

Subieron como pudieron. Vanesa, con menos fuerza física, tardó más. Liang la sostuvo del codo, la empujó desde abajo. La pared raspó sus manos. El cuerpo no estaba diseñado para esto. Pero el cuerpo aprende rápido.

Llegaron a la azotea.

El mundo se abrió: el monasterio desde arriba era un cuadrado de piedra en medio de un mar de montaña. El aire era frío. El cielo era demasiado grande.

Y, a la derecha, en otra azotea, los hombres.

No estaban lejos. Uno ya había subido por otra ruta, como si conociera el lugar. Eso fue lo que heló a Liang: no estaban improvisando.

Vanesa se quedó un segundo inmóvil, como si el cerebro necesitara aceptar esa realidad.

—Nos están esperando —dijo.

Liang la agarró del brazo.

—Nos están guiando —corrigió.

Y esa palabra —guiando— era peor.

Corrieron por la azotea hacia un punto donde el muro daba a la montaña. Allí había una pequeña puerta de hierro, oxidada, con un candado viejo.

Vanesa tiró.

No cedió.

Liang miró el candado. No tenía herramienta. Tenía fuerza y desesperación.

Golpeó el candado con una piedra. Una vez. Dos. El metal resistió.

Detrás, un grito. La silueta se acercaba.

Vanesa miró a Liang y, por primera vez en mucho tiempo, el miedo se asomó a su rostro de forma pura.

Liang levantó la piedra y golpeó una tercera vez.

El candado cedió con un chasquido seco.

Abrieron la puerta y salieron: un camino estrecho en la ladera, polvo y roca. El aire olía a sol y a mineral. Ya no había muros que amortiguaran el sonido. Ya no había turistas que confundieran.

Ya no había cobertura.

Corrieron cuesta abajo, hacia un pequeño wadi seco donde las rocas formaban un laberinto natural.

Detrás, pasos en piedra. Voces.

Vanesa tropezó. Su tobillo se dobló. No cayó del todo porque Liang la sostuvo. Pero el sonido que soltó —un jadeo corto— fue suficiente para que Liang supiera que el dolor era real.

—Sigue —dijo Vanesa, apretando los dientes.

—No —respondió Liang.

No era heroicidad. Era un cálculo simple: sin ella, el mensaje se perdía igual. Porque el mensaje era su colaboración.

La ayudó a avanzar cojeando. Se metieron entre rocas. Un pasillo estrecho. Un giro. Otro.

Un disparo resonó en el aire.

La bala golpeó piedra y saltó en fragmentos. Liang sintió polvo en la cara. Vanesa se agachó por reflejo, la respiración descontrolada.

Liang sintió una rabia fría. No por el peligro. Por la confirmación de que el límite había sido cruzado.

—No quieren detenernos —murmuró—. Quieren llegar antes.

Vanesa lo miró, con ojos oscuros.

—Entonces no les demos el centro —dijo.

Y ahí estaba la clave: lo que habían copiado del manuscrito no era una “prueba” académica. Era una ruta.

Vanesa, apoyándose en la roca, sacó la libreta con manos temblorosas. La abrió en la página de la pauta.

—Sombra al mediodía… roca donde la sombra no cae… —susurró, como si recitara un conjuro sin creer en él—. Eso es aquí fuera. Es… una geometría de montaña.

Liang miró el sol. La sombra de una roca. La inclinación. El tiempo del día.

—Es hacia el este —dijo, y la tomó del brazo—. Vamos.

Cojearon y corrieron a la vez, un ritmo imposible. Detrás, los perseguidores seguían, pero el laberinto de rocas les daba segundos. Segundos eran vida.

Llegaron a una zona más abierta, una terraza natural de piedra.

Y allí, en el suelo, como si hubiera estado esperando, vieron algo que no necesitaba traducción: el símbolo.

No pintado. No tallado decorativamente. Grabado en la roca con una precisión que no encajaba con el desgaste del lugar. Tres liebres —o algo que el ojo insistía en leer como liebres— en círculo. Orejas compartidas. Triángulo central perfecto.

El centro.

Vanesa se quedó quieta. Liang también. Incluso el aire parecía haberse detenido un milímetro.

Detrás, un grito. Una piedra rodando. Los pasos acercándose.

—No tenemos tiempo —dijo Liang.

Vanesa asintió, con los ojos fijos en el símbolo.

Se arrodilló pese al tobillo. Apoyó la palma sobre la roca.

Liang apoyó la suya junto a la de ella.

La piedra estaba fría, pero había una vibración leve, como un zumbido que no era sonido. Una sensación de presión en los oídos sin que hubiera ruido. Como si el aire se reorganizara.

Liang sintió que su mente —esa parte obsesiva y analítica— intentaba traducir lo que ocurría a palabras, a conceptos. No pudo.