El medio segundo 42 La reunión
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42 La reunión

Sara no le preguntó si llevaba la tabla. Se sentó al borde del encuadre, medio fuera de cámara, y asintió a Marcos.

La llamada fue a las nueve y media, y duró once minutos. En la pantalla, cuatro recuadros: Darío desde la oficina medio vacía, Marcos desde su casa con una estantería detrás, Clara —la de policy— desde la cocina, y un tío de Trust & Safety de Dublín cuyo nombre Darío no retuvo.

Antes de entrar, Darío se había quedado un minuto mirando su tabla. Ciento ochenta y siete. Se había preguntado si debía llevar también el documento nuevo, el del identificador copiado, y había decidido que no: en una llamada de once minutos no se enseñan documentos que pesan. Se enseñan tablas.

Marcos fue al grano.

—Tenemos una anomalía en el vídeo del profesor. Darío, cuéntalo.

Darío contó lo de la granja: ciento ochenta y siete cuentas en la muestra, probablemente miles en total, compartidos inflados, comentarios con plantilla. Compartió la tabla en la llamada. Nadie dijo nada durante unos segundos. En el recuadro de Clara se oyó una cucharilla contra una taza.

—Vale —dijo el de Dublín—. ¿Y qué propones?

—Nada —dijo Darío—. Informo. Y lo dijo mirando a la cámara, porque al otro lado de la mesa Sara estaba escuchando y quería que la frase le sonara a oficio, no a miedo.

Si escalamos a revisión de emergencia, el vídeo deja de crecer en veinte minutos.

Pero es contenido informativo, sale en los telediarios, y el protocolo dice no intervenir.

Lo dijo y, al decirlo, notó algo raro: lo había dicho como si fuera una conclusión técnica, y era una conclusión técnica, pero por debajo había otra frase que no había dicho — hay un hombre al otro lado —. Se mordió la lengua de verdad: notó el sabor a sangre.

—El protocolo dice no intervenir en contenido informativo —corrigió Clara—. Y tiene razón. No somos editores. Somos plataforma.

—Hay otro ángulo —dijo Marcos—. Si lo frenamos y se filtra —y se filtraría—, el titular es la plataforma censura el vídeo del profesor acosador .

Nos comemos una semana de prensa. Si no lo tocamos, el vídeo muere solo en tres días, como todos.

El coste de intervenir es mayor que el de no intervenir.

Monitorizamos: revisión estándar, cola de veinticuatro a setenta y dos horas.

Darío miró su recuadro en la pantalla. Tenía la cara cansada.

Pensó en decir algo — hay un hombre de verdad al otro lado, lo van a despedir — y no lo dijo, porque en aquella llamada nadie hablaba de hombres: hablaban de costes, de titulares.

Decir hay una persona habría sonado a novato, a sentimental.

Su mano se movió hacia el icono del micro.

A medio camino, la dejó caer sobre la mesa.

Y entonces pensó otra cosa, más pequeña y más sucia, que no le contó a nadie ni se la contaría: que una parte de él —la parte que llevaba dos meses y medio contando hacia diciembre— estaba aliviada.

Aliviada de que Marcos hubiera dicho el coste de intervenir es mayor .

Aliviada de no haber tenido que decirlo con Sara escuchando al otro lado de la mesa.

Notó el alivio en los hombros antes de poder negarlo y se obligó a mirar la pantalla.

—En 72 horas —dijo Clara— esto será un recuerdo.

Cortaron. Once minutos.

Sara se levantó y se fue sin decir nada. No le miró. No necesitaba mirarle: ya lo había visto.

Darío se quedó un rato mirando la pantalla en negro, con su propia cara devuelta por el cristal. Once minutos para decidir no hacer nada sobre ciento ochenta y siete caras que no existían. Miró el reloj de la cocina: las 21:41.

Fue el último en salir de la oficina. Apagó el monitor, cogió la mochila y salió a la Castellana, donde ya no olía a pan: la panadería había cerrado. La calle tenía ese aire de jueves por la noche en que todo el mundo parece ir a un sitio menos tú.

En casa, el piso estaba como lo había dejado por la mañana: la taza del desayuno en el fregadero, la cama sin hacer.

Calentó un tupper de macarrones con tomate de su madre y cenó de pie, mirando por la ventana la calle vacía: el taburete cojeaba desde febrero y no lo había arreglado.

Al otro lado del tabique, la vecina tenía la tele puesta: un informativo.

Oyó, amortiguada, una frase que reconoció antes de entenderla: el profesor de Carabanchel .

Pensó en maria_lopez_4821 — mi hija va a un insti parecido —: ciento ochenta y siete caras que no existían, opinando con rabia. Al otro lado del tabique, una mujer de verdad, tosiendo. Apagó la luz de la cocina.

Se metió en la cama sin mirar el móvil. Lo dejó boca abajo en la mesilla, como cada noche.

El domingo llamaría su madre, como todos los domingos.

Antes de dormirse, hizo la cuenta que llevaba días sin hacer: si no pasaba nada raro, en diciembre se consolidaba el primer tramo.

La fianza, el dentista, el restaurante. Dos meses y medio. Solo había que no hacer ruido.

No había hecho ruido. Había hecho su trabajo.

Pero antes de dormirse del todo, abrió el portátil otra vez —solo la tapa, solo un momento— y miró el documento de la mañana: el identificador de la granja, la fecha de hoy. Ahí estaba, guardado, pesando. Lo cerró sin tocar nada más y dejó el portátil en el suelo, al lado de la cama.