El Matrimonio por Contrato del Abogado de Manhattan – (Libro 2) (Amores Peligrosos 8) Capítulo 10 — El Centro De Aquella Fiesta
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Capítulo 10 — El Centro De Aquella Fiesta

Helicópteros aterrizaban detrás de la mansión.

Los coches negros llegaban sin parar.

Hombres rodeados de guardaespaldas cruzaban los jardines iluminados.

Actrices, empresarios, políticos y personas que yo solo conocía por la televisión caminaban entre camareros que servían champán y canapés como si aquella fuera una noche cualquiera.

Me detuve en medio de la entrada.

Roger se dio cuenta de inmediato.

—¿Impresionada?

Miré la mansión frente al mar.

Los helicópteros.

Los invitados.

El océano oscuro al fondo.

Tardé unos segundos en responder.

—Un poco.

Apareció su sonrisa.

—Te acostumbrarás.

No sabía si quería acostumbrarme.

Roger me ofreció el brazo y lo acepté.

El traje oscuro parecía hecho a medida para él.

Su postura era impecable.

A los cuarenta años, Roger Ashford no parecía un hombre intentando demostrar poder.

Parecía un hombre que ya no necesitaba demostrar nada.

Entramos.

Y la gente abrió paso.

No de forma exagerada.

No de forma ensayada.

Simplemente sucedía.

Como si sus cuerpos lo supieran antes que ellos mismos.

Un senador hablaba en voz alta cerca del bar.

Gesticulaba.

Reía.

Dominaba la conversación.

Hasta que Roger se acercó.

El cambio fue inmediato.

La voz bajó.

Los hombros se enderezaron.

La sonrisa se redujo.

—Ashford.

—Senador.

Se estrecharon la mano.

No pasó nada.

Y, al mismo tiempo, pasó algo.

Poco después, un juez federal discutía un asunto delicado con un ejecutivo.

Su tono era firme.

Seguro.

Roger escuchó todo en silencio, girando lentamente la copa entre los dedos.

—Yo no lo veo de esa manera —dijo.

El juez lo miró.

Sonrió.

—Quizá tenga razón.

Quizá.

Roger simplemente dio un sorbo a su vino.

Como si que hombres de aquel nivel cambiaran de opinión delante de él fuera algo completamente normal.

Más tarde, un empresario multimillonario que reconocí de portadas de revistas se acercó para saludarlo.

Empezó una frase con seguridad.

Y se detuvo a la mitad cuando Roger levantó la vista.

Su mano se cerró alrededor de la copa.

Los nudillos se volvieron blancos.

—Cuánto tiempo.

—Ashford.

La voz le salió más baja de lo que debería.

El senador cambió de postura.

El juez retrocedió.

El multimillonario interrumpió su propia frase.

Y Roger continuó conversando con la misma tranquilidad impecable, como si nada de aquello hubiera ocurrido.

Fue entonces cuando un camarero pasó detrás de él llevando una bandeja de champán.

Algunas gotas salpicaron cerca de la manga de la chaqueta de Roger.

El joven palideció.

Al instante.

—Señor Ashford... lo siento muchísimo...

Roger miró la manga.

Después lo miró a él.

—No pasa nada.

El camarero asintió demasiado rápido.

—Gracias, señor. Muchas gracias.

Le dio las gracias dos veces antes de desaparecer entre los invitados.

Como si acabara de escapar de algo.

Sentí un nudo en el estómago.

No porque estuviera asustada.

Sino porque no entendía por qué estaba asustada.

Al otro lado del salón, Victoria Hayes conversaba con un grupo de abogados.

Su vestido negro era elegante.

Discreto.

Su postura, impecable.

Pero lo que llamó mi atención fue la forma en que miraba a Roger.

Reconocí aquella mirada.

No era seducción.

Era fascinación.

Victoria observaba a Roger exactamente de la forma en que yo lo observaba años atrás.

Como si tuviera todas las respuestas.

Como si estar cerca de él pudiera cambiarlo todo.

Aquello me incomodó más de lo que debería.

Roger se dio cuenta.

Por supuesto que se dio cuenta.

—Está aquí por el equipo de Corporate Strategy.

—No te pregunté.

—Lo sé.

Apareció su sonrisa.

—Pero querías saberlo.

Puse los ojos en blanco.

—Eres imposible.

—Y aun así sigues aquí.

Mi corazón se detuvo por un instante.

Porque Roger hacía aquello todo el tiempo.

Convertía cualquier conversación en algo que me dejaba sin palabras.

Más tarde, Victoria se acercó.

—Feliz cumpleaños, señor Ashford.

—Gracias, Victoria.

Ella sonrió.

—Es un honor trabajar en su equipo.

Roger agradeció con un gesto educado.

Pero ella continuó.

—Espero merecer su confianza algún día.

Por un segundo me vi reflejada en ella.

Yo también había mirado a Roger de aquella manera.

Como si él conociera el camino.

Como si estar cerca de él pudiera cambiarlo todo.

Tal vez realmente lo había cambiado.

Tal vez ese era precisamente el problema.

Me alejé unos minutos después para buscar agua.

Crucé el salón observando a personas que parecían vivir en un universo completamente distinto de aquel en el que yo había crecido.

Tomé una copa.

Escuché dos voces detrás de mí.

—Nunca te pongas en el lado equivocado de Roger Ashford.

Una risa breve.

Sin humor.

—Cometí ese error una vez.

Silencio.

—Nunca más.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

El frío del vaso heló mis dedos.

Los dos cambiaron de tema antes de que pudiera escuchar algo más.

Cuando regresé, Roger estaba rodeado de políticos y empresarios.

Aun así, encontró mis ojos de inmediato.

—Te estaba buscando.

—Fui por agua.

—Lo sé.

Silencio.

Sonrió.

—Estuviste siete minutos lejos.

Por un segundo no supe qué responder.

Roger apoyó una mano en mi cintura.

Como si aquella frase no acabara de atravesar algo dentro de mí.

—¿Estás bien?

—Sí.

Observó mi rostro durante unos segundos.

Después volvió a la conversación.

Como si nada hubiera pasado.

Richard Ashford apareció durante la cena.

Elegante.

Distante.

Observador.

Parecía alguien que estuviera viendo una historia cuyo final ya conocía.

—Camilla.

—Richard.

Observó el salón.

Luego a Roger.

—Es mucho para asimilar en una sola noche.

—Un poco.

—Roger suele causar ese efecto.

Permanecimos unos segundos en silencio.

Entonces dijo:

—Le gustas mucho.

Sentí una presión en el pecho.

—Lo sé.

Richard asintió lentamente.

—Eso es lo que me preocupa.

La música seguía sonando.

La gente seguía sonriendo.

Roger giró la cabeza hacia nosotros por un instante.

Como si hubiera sentido que estábamos hablando de él.

Richard lo notó.

—Siempre sabe cuándo lo están observando.

—Habla como si eso fuera algo malo.

—No siempre lo es.

—¿Y cuándo sí lo es?

Antes de que pudiera responder, Roger apareció a nuestro lado.

—Padre.

—Roger.

Se miraron fijamente.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—¿Todo bien?

—Solo estaba conversando con tu esposa.

—¿Sobre qué?

—Tú.

Roger sonrió.

—Es un tema peligroso.

—Siempre lo ha sido.

Su mano se posó sobre mi cintura.

Ligera.

Pero presente.

Richard miró aquella mano.

Después me miró a mí.

Pareció querer decir algo.

No lo dijo.

Más tarde encontré a Richard solo en la terraza.

El mar oscuro se movía más allá de las luces de la mansión.

Detrás de nosotros, la fiesta continuaba.

—¿Qué quiso decir antes?

Tardó unos segundos en responder.

—¿Sobre que a Roger le gustas?

—Sobre por qué eso le preocupa.

Richard respiró hondo.

—¿Eres feliz, Camilla?

La pregunta parecía sencilla.

Pero tardé un segundo más de lo que debería en responder.

—Sí.

Me observó.

—Ya he escuchado esa respuesta antes.

Mi corazón se aceleró.

—¿De la madre de Roger?

El silencio respondió por él.

Richard volvió a mirar hacia el salón.

Roger estaba rodeado de políticos.

Jueces.

Multimillonarios.

Personas que reían cuando él reía.

Personas que guardaban silencio cuando él hablaba.

Personas que parecían girar a su alrededor.

—Un día miré a mi esposa y me di cuenta de que ya no sabía qué era lo que la hacía feliz.

Mi respiración falló.

Richard siguió observando a su hijo.

—Cuando eso ocurrió, ya era demasiado tarde.

Permanecimos en silencio.

La música seguía sonando.

Las luces continuaban brillando.

Roger seguía en el centro de la fiesta.

Rodeado de personas.

Rodeado de poder.

Rodeado de admiración.

Como si todo aquel mundo girara a su alrededor.

Y, por primera vez aquella noche, me pregunté si él sabría responder.

Qué era lo que me hacía feliz.

O si ya había empezado a decidirlo por mí.