EL MARINERO DE LAS MIL COSTAS ( 1842-1849) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Las Estrellas del Sur siguen encendidas

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Dieciséis años después, Marco Ferrante dirigía la escuela de navegación más grande de Génova. No enseñaba solo teoría —estrella polar, corrientes, nudos— sino algo que no se encontraba en los manuales: cómo ser hombres en el mar.

Tomás Aguirre era su socio y administraba la parte comercial con la misma energía volcánica de siempre, con un sombrero nuevo cada año y la misma risa capaz de cubrir el ruido del puerto. Se había casado con una genovesa que lo adoraba y lo aterrorizaba a partes iguales.

Giacomo Dellarocca —el contramaestre de la cicatriz— había dejado de navegar a los setenta y dos años, tras haber cruzado los océanos tantas veces que había perdido la cuenta.

Vivía en Quarto, cerca del mar, y venía a Génova cada mes a enseñar a los muchachos de la escuela los nudos que había aprendido en cincuenta años de cabos.

El capitán Ezra Blunt había muerto en 1855, a los noventa y dos años, en el alcázar de su último barco, mirando las estrellas del Sur. Como habría querido.

Hakim Al-Massri le había escrito una carta a Marco en 1858, desde Alejandría. Seguía allí, vendiendo algodón y poniendo a prueba a sus clientes con la historia de las cajas de Farouk. Tenía ochenta y seis años y la mente más lúcida que la de un hombre de cuarenta.

Lian Mei-Xiu había abierto su propia agencia comercial en Macao, la primera dirigida enteramente por una mujer china en la historia registrada del comercio en el delta del río de las Perlas.

De Ranjit Singh Bhati, Marco no había vuelto a saber nada.

Pero pensaba en él a menudo, en las noches en que los problemas parecían no tener una solución correcta —y aquella imagen suya en el acantilado de Bombay, con el peso de dos lealtades sobre los hombros y la dignidad de quien no busca escapatorias, seguía siendo para él uno de los retratos de coraje más completos que había visto jamás.

Isabeau Vernet se había convertido en Isabeau Ferrante en 1850. Había abierto con Marco una pequeña biblioteca en el puerto de Génova, especializada en diarios de viaje y cartas náuticas. Amaba el mar tanto como él, aunque nunca había navegado. Lo esperaba.

Una mañana de septiembre de 1865, Marco Ferrante se levantó antes del alba, como había hecho cada día durante cuarenta y seis años. Fue al puerto, como hacía siempre. Se sentó en el muelle con los pies casi rozando el agua, y contempló el Mediterráneo que se teñía de rosa con el amanecer.

Un muchacho —debía de tener diecisiete años, parecía asustado, llevaba en la mano una maleta pequeña como esperanzas y grande como intenciones— se le acercó.

«Disculpe,» dijo. «¿Busca la Stella Nuova? ¿El bergantín que parte hacia Marsella?»

«No,» dijo Marco. «Pero soy yo quien trabaja aquí. ¿Primer embarque?»

El muchacho asintió.

Marco lo miró. Se vio a sí mismo, cuarenta y seis años atrás, con el mismo saco de lona y la misma carta de presentación escrita por un profesor. Vio los ojos abiertos que miraban el puerto como si contuviera el mundo entero —porque lo contenía.

«¿Cómo te llamas?»

«Edoardo. Edoardo Marra.»

«¿Tienes miedo?»

Una pausa. «Un poco.»

«Bien,» dijo Marco, levantándose. «Significa que eres lo bastante despierto como para comprender lo que te espera.» Le tendió la mano. «Vamos. Te enseño el barco.»