El mapa del guarda Epílogo
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Epílogo

Juan de la Cruz esperó hasta que Cata cerró el taller.

Después colocó una caja de madera sobre la mesa de Hernán.

—

F alta una cosa.

Hernán abrió.

Dentro estaba el fragmento de lacre que Juan había recogido la noche en que el hombre enmascarado quemó el mapa original. Había perdido brillo y una parte del borde se había quebrado durante el juicio, pero todavía se distinguían la torre y dos de las tres figuras.

—Creí que lo conservaba el tribunal —dijo Hernán.

—Conserva el fragmento del embarcadero y la impresión del anillo. Este es mío.

—¿Por qué me lo das?

Juan miró la carta terminada.

—Porque ya no necesito demostrar nada.

Se acercó al margen inferior.

Leyó el nombre de Lucio Ferrol.

—El muchacho vio la legua antes que todos nosotros.

—Sí.

—Yo vi lo que significaba demasiado tarde.

—Dejaste la marca.

Juan sonrió.

—Tres arañazos. No parece mucho.

—Bastaron.

El viejo copista sacó una punta seca del bolsillo.

Hernán le sujetó la muñeca antes de que tocara la carta.

—No marcarás la matriz.

—Solo comprobaba si estabas atento.

—Llevas un año retirado y sigues estropeando mis documentos.

—Llevo un año retirado porque nadie me paga lo suficiente.

Cata regresó desde la puerta.

—¿Qué hacéis?

—Tu maestro intenta impedir que mejore su mapa —dijo Juan.

—No es mi maestro.

—Entonces todavía tienes salvación.

Juan guardó la punta.

Hernán tomó un libro pequeño encuadernado en cuero. Era el registro privado del taller: encargos, correcciones, errores detectados y nombres de quienes habían trabajado en cada carta.

Abrió la primera página.

Escribió:

Lucio Ferrol, aprendiz de cartógrafo, advirtió que Santa María del Mar había sido desplazada una legua en una carta oficial. Su observación permitió descubrir la falsificación.

Debajo añadió:

Tenía diecisiete años.

Entregó la pluma a Juan.

El copista leyó las líneas.

Después trazó tres pequeñas incisiones en el borde de la hoja, junto al nombre, no sobre el mapa ni ocultas.

Cata depositó el fragmento de lacre dentro del cajón donde guardaban el botón de Lucio, la medalla de Íñigo y la caracola de Yuri.

—¿Qué significan ahora? —preguntó.

Juan cerró el registro.

—Antes significaban que alguien había obligado a un hombre a copiar una mentira.

Miró las tres marcas.

—Ahora significan que alguien recordó la verdad.

Apagaron el último candil.

La oscuridad ocupó el taller, salvo por una franja de luna que entraba desde el patio y alcanzaba el libro cerrado.

En su primera página, bajo el nombre de Lucio Ferrol, las tres incisiones permanecieron visibles.

Esta vez no eran una señal de miedo.

Eran una firma.