Capítulo 21
El soplete de acetileno exhaló un silbido agudo, tiñendo de un reflejo verde y espectral las costillas de castaño del astillero viejo.
Clara Navarro no aflojó la presión sobre la cizalla mecánica; su cuerpo, tenso por la proximidad de las deudas del puerto, proyectaba una sombra alargada que se quebraba sobre las losas de terrazo del foso.
A escasos centímetros de su bota industrial, el segundo pasador de bronce crujió, expulsando una lasca de óxido ferroso que cayó directamente al canal de ventilación privado.
Elena Varela se mantuvo firme sobre la solera, con el maletín de cuero marrón sujeto por las asas metálicas.
La revelación que vinculaba a sus propios antepasados con los Navarro no había adormecido su rigor clínico; al contrario, le proporcionaba la variable matemática exacta para clausurar el caso.
La sustitución pericial que la central de Madrid había intentado ejecutar mediante la réplica de la chaqueta gris marengo carecía de base contractual en este taller.
Aquí, entre el olor a brea caliente y los planos de mil ochocientos ochenta y dos, las actas de conformidad dependían de la memoria de la roca viva, no de los servidores alfanuméricos de la plaza alta.
Gabriel Navarro dio un paso hacia el centro de la esclusa, con las manos largas desprovistas de guantes y los ojos oscuros fijos en las facciones de su hermana.
La fricción psicológica entre los dos herederos se sentía de forma física en el aire saturado de azufre, un choque de ambiciones familiares que el abuelo Mateo había previsto en las páginas finales del cuarto tomo.
—Si quiebras el tercer pasador para asegurar la contrata de la terminal de contenedores, Clara —dijo Gabriel, con una modulación densa que cortó el zumbido del soplete—, no estarás salvando los hornos de coque.
El secretario general de la alcaldía ha falseado los niveles de plomada del dique exterior.
El consorcio portuario necesita demoler este astillero porque debajo de la fragua se encuentra el búnker estanco donde Valeria Vance custodió los diarios de la Salztor.
Nuestro padre no falsificó las actas de defunción para quedarse con la dársena de la Cabana; las firmó porque el Ayuntamiento le obligó a sellar el colector de plomo para tapar el desvío de los fondos europeos de la postguerra.
Clara Navarro soltó una carcajada amarga, una expresión ruda que le contrajo los músculos del cuello antes de encarar a su hermano a un palmo de distancia.
—Vuestros fantasmas de papel vegetal no van a pagar las facturas de gas de esta fundición, Gabriel —escupió la escultora, señalando las vigas de hierro de la nave—.
El promotor de la plaza alta ha depositado el talón de tres millones en la notaría y el decreto de expropiación forzosa cuenta con el visado del gobernador civil.
Esta funcionaria de seguros ya no tiene código de usuario activo en las pantallas de la plaza del Mercado.
No voy a dejar que me embarguen la maquinaria por una obsesión con una violinista de Viena que ni siquiera pertenecía a esta costa.
Elena avanzó con su paso eficiente, situándose entre la cizalla de Clara y el registro de la solera.
La proximidad de Gabriel en mitad de la negrura industrial adquirió en ese instante una dimensión erótica, directa y asfixiante; el calor que desprendía su cuerpo bajo la camisa ligera de lino empapada por el temporal y el aroma denso a sándalo que emanaba de su ropa humedecida se transformaron en la viga maestra de su resolución.
El beso que compartieron ante la mirada atónita de los operarios del desguace no tuvo la regularidad de las pólizas extraordinarias.
Supo a la lluvia ácida del puerto viejo, al ácido acético de los chasis de madera y a la entrega absoluta de dos trayectorias individuales que habían decidido trincar sus amarras civiles al margen de la central de Madrid.
El contacto de sus labios funcionó como una cobertura total, una adenda carnal que les asentó el pecho frente al acoso del secretario de la junta de obras.
Al separarse, Elena enfocó el distanciómetro digital hacia las juntas de la mampostería caliza, mostrando los datos a los peritos municipales que aguardaban con las plomadas junto al portón.
—El decreto de expropiación carece de validez civil, señores ingenieros —declaró Elena con una tranquilidad cortante—.
Este duplicado de la póliza de mil novecientos cincuenta y cuatro demuestra que los cimientos de este taller constituyen una servidumbre hidrológica activa registrada por los carpinteros de ribera.
Si su brazo mecánico quiebra la resistencia del forjado, la presión hidrostática de la pleamar hará saltar los herrajes de bronce de la calle del Viento y el agua sucia de la comunidad inundará el sótano de la librería de San Juan, destruyendo el fondo documental de Donato antes de que la oficina reciba el informe de daños complementario.
El secretario del Ayuntamiento carraspeó, retirándose las gafas de carey con un ademán de profunda alarma técnica al comprobar las variables de la perito.
—Señorita Varela —admitió el funcionario, rebajando el tono de sus intervenciones—.
Si las cotas numéricas confirman la conexión con el colector de plomo, no puedo autorizar el avance de las excavadoras hidráulicas sin el visado de la inspección general de minas.
Las obras de la terminal de contenedores quedan suspendidas de forma provisional hasta que la dirección de zona aclare el fraude familiar de los Navarro.
Clara Navarro dejó caer la cizalla sobre las losas de terrazo, dando un paso atrás con la fijeza huraña de quien asiste a la demolición de su propio balance comercial.
Se volvió hacia el pasillo de los almacenes de salazón, abandonando la fundición con el resentimiento ciego de quien se sabe desahuciado por las cláusulas de su propio contrato.
Manuel se aproximó al banco de herramientas portando el candil de latón encendido, cuyas luces amarillas recortaron los perfiles de los costillares con una nitidez absoluta.
—El canal del este ha quedado estabilizado gracias al bloqueo de las esclusas, Gabriel —anunció el viejo carpintero de ribera, ajustándose las cinchas de sujeción—.
Pero la adenda que Martina firmó en el furgón demuestra que la réplica de la chaqueta gris marengo sigue esperando en el mostrador de recepción.
Necesitamos regresar al pasillo largo de la sucursal antes de las cuatro de la tarde; las dos violetas de mármol gris deben encajarse en los fiadores del cuadro de distribución para liberar el doble fondo definitivo del quinto tomo antes de que los terminales alfanuméricos completen el bloqueo del sistema.
Elena aseguró el portafolios de caoba contra su pecho, subiendo a la cabina del furgón industrial con la certeza de que las subtramas de la alcaldía habían quedado fracturadas por la regularidad de sus informes de campo.
Gabriel engranó la marcha diésel y ascendieron por las pendientes empedradas del barrio viejo bajo el resplandor plomizo de una tarde que encaraba su última hora de tregua contractual, listos para forzar el herraje final de Aseguranzas Atlas antes de que el invierno costero diera paso a los contornos limpios de la campaña de primavera.
Sin embargo, al verificar el estado de las láminas de medio formato bajo el haz de la linterna de bolsillo, los ojos clínicos de Elena se detuvieron en una anotación cifrada que Valeria Vance había trazado en el reverso de la última placa de Jena: “El búnker del subsuelo no contiene las partituras de la Salztor, Elena; contiene los duplicados de las pólizas comerciales que demuestran que tu propia madre fue la que heredó la titularidad preferente del colector de plomo en el invierno de mil novecientos setenta y cinco, lo que significa que tu plaza en la recepción nunca fue un empleo ordinario; fue la fianza material que Aseguranzas Atlas exigió para sostener el aislamiento de toda la costa” .
Capítulo 21
La subida por los pasadizos de evaporación hacia el callejón de los bueyes se ejecutó bajo la presión constante de los derrumbes sutiles que agrietaban los lucernarios de la plaza del Mercado.
Elena Varela gobernaba sus pasos con una fijeza limpia que dejaba atrás las casillas del inventario especial del manual de procedimientos.
Ya no quedaba espacio para las estimaciones de costes ni para los plazos de carencia del terminal informático; la regularidad de las cifras se había encarnado en la necesidad física de alcanzar las gradas del astillero viejo antes de que los peritos de la alcaldía completaran el precinto mecánico del taller de Manuel.
Gabriel Navarro caminaba a su lado, sosteniendo el maletín de caoba donde se custodiaban los negativos de mil novecientos cincuenta y cuatro.
Su gabardina oscura venía empapada por el agua residual de la bajante rota y su rostro reflejaba esa firmeza ruda, exenta de filtros morales, que caracterizaba a los hombres que conocen el coeficiente de rotura de las estructuras nobles.
No miró hacia los soportales de sillar, donde las luces de emergencia de las patrulleras comenzaban a cercar los accesos de la sucursal; su atención se concentraba en la mano de Elena, cuyos dedos largos permanecían entrelazados con los suyos con una firmeza tranquila que consolidaba la geometría de su nueva trayectoria compartida.