Capítulo 14
La madera del banco del coche de tercera clase crujía con una vibración seca que subía desde los ejes del vagón, transmitiendo el traqueteo de la vía directamente a la base del cráneo.
Elena Varela mantenía el portafolios abierto sobre sus rodillas, iluminando las páginas con el haz directo de una dinamo de mano que obligaba a sus dedos a realizar un movimiento mecánico y constante.
El interior del compartimento olía a pintura de minio recalentada por los tubos de la calefacción de vapor, a las gabardinas mojadas de los tres enlaces sindicales que dormían en el asiento de enfrente y al rastro rancio del tabaco de picadura que impregnaba las cortinillas de lona.
Gabriel Navarro permanecía con la frente apoyada en el cristal de la ventanilla, contemplando cómo los focos de las fábricas de carbón de la cuenca minera quedaban atrás, sustituidos por la negrura absoluta de los desfiladeros del interior.
Su mano izquierda descansaba sobre la rodilla de Elena, no con la laxitud de un gesto de afecto ordinario, sino con una presión firme, protectora, que medía la velocidad del convoy a través de los bandazos del chasis.
El contacto de su piel transmitía una temperatura elevada que contrastaba con la corriente de aire helado que se filtraba por las juntas de la madera.
—Si la firma de la guarda trasera es auténtica, Elena —murmuró Gabriel sin apartar la vista de las sombras exteriores, con una modulación densa que se perdía bajo el tableteo de los raíles—, la mujer que se sentó en tu escritorio de la plaza del Mercado no buscaba una liquidación de bienes muebles.
El pliego de condiciones de mil novecientos cincuenta y cuatro que el abuelo ocultó entre las fórmulas de resistencia es un acta de asignación de fondos del plan de reconstrucción europeo.
Mi padre no levantó la fundición del puerto para fabricar esculturas de bronce; el taller se financió con las contratas de las vigas de plomo que el consorcio de Madrid desvió desde los muelles del Danubio hacia esta franja de la costa cantábrica.
Elena pasó la hoja del cuarto tomo con un movimiento pausado, deteniendo el índice sobre una tabla de coeficientes hidrológicos que presentaba anotaciones marginales ejecutadas con un lápiz de copia de color violeta.
Su mente de perito de campo, entrenada para descubrir las quiebras técnicas detrás de las declaraciones de siniestro más complejas, conectó al instante las cifras con los balances descalificados de la sucursal.
—El manual de la oficina registra esas partidas como indemnizaciones extraordinarias por pérdidas de cargamentos pesqueros durante los temporales de la postguerra —explicó ella, bajando la voz para no alterar el sueño de los operarios del compartimento—.
Martina validaba las órdenes de pago utilizando los códigos de la división norte, pero las cuentas de cargo pertenecían a una sucursal inactiva de Viena, una oficina técnica de la Salztor que Aseguranzas Atlas absorbió tras el tratado de fronteras.
Valeria Vance no era una empleada que huyó de la justicia aliada; era la liquidadora principal que el consorcio utilizó para certificar que el material de Oporto se había hundido en el mar, cuando la verdad es que esas toneladas de metal se emplearon para cimentar el subsuelo de la propia agencia de seguros, creando el búnker estanco donde ella permaneció oculta tres décadas.
Gabriel se volvió hacia ella, acortando el espacio del asiento hasta que sus hombros quedaron encajados bajo la lámpara de aceite del techo.
Su cercanía física en mitad de la penumbra del vagón adquirió una dimensión directa, desprovista de las distorsiones psicológicas que habían marcado sus desencuentros en las estancias de la calle del Viento.
Las manos de Elena dejaron la dinamo de mano, buscando la textura ruda de la chaqueta de lona del fotógrafo con una entrega que ya no respondía a los plazos cautelares de la notaría.
El beso que compartieron mientras el tren cruzaba el túnel del puerto del este no tuvo la regularidad de los informes oficiales.
Supo al frío del granizo que aún se derretía en los herrajes de las ventanas, al lubricante de las locomotoras de carga y a la certeza absoluta de que sus identidades civiles habían quedado anuladas por el mismo engranaje contable que pretendían descifrar.
La presión de los labios de Gabriel, la firmeza de sus brazos rodeándole la cintura y el aroma seco a sándalo que desprendía su gabardina funcionaron como un blindaje estructural, una cobertura total que les asentó el pecho frente al acoso del secretario de la alcaldía.
Al salir a la claridad pálida de la estación de empalme, las pupilas oscuras del fotógrafo reflejaban una resolución limpia, exenta de las dobleces defensivas que utilizaba su hermana Clara para justificar las deudas del taller.
—Mi hermana sabía que los ingenieros de la junta de obras romperían la bóveda del este en cuanto la primera excavadora iniciara las catas mecánicas, Elena —afirmó Gabriel, fijando la vista en las hojas cuadriculadas de la libreta de notas—.
Ella no buscaba el talón del promotor de la plaza alta para salvar los hornos de coque; el consorcio portuario le había prometido la titularidad de los almacenes de sal del subsuelo si conseguía recuperar el cuarto tomo antes de que tú presentaras el acta de conformidad pericial complementaria.
El Ayuntamiento necesita demoler la sucursal porque debajo del mostrador de recepción se conserva el colector de plomo original que comunica los pozos de ventilación del barrio viejo con las dársenas del astillero, la única prueba material del desvío de los capitales públicos de los años cincuenta.
Elena extrajo del bolsillo lateral de su parca la llave de latón con el perfil dentado en forma de arco apuntado, examinando las muescas del metal bajo la luz mortecina del andén exterior.
—El inspector de minas de la zona alta no firmará la autorización de demolición mecánica mientras este duplicado de la póliza demuestre la existencia de una servidumbre hidrológica activa, Gabriel —aseguró ella, recuperando la solidez eficiente de sus mejores trabajos de campo—.
El secretario general de la alcaldía ha intentado forzar el recurso de urgencia alegando un riesgo de ruina inminente que las mediciones de mi distanciómetro digital contradicen punto por punto.
Si el convoy alcanza los talleres del norte antes de las cuatro de la tarde, el juez de instrucción se verá obligado a paralizar las catas de la terminal de contenedores, abriendo una auditoría extraordinaria sobre las contratas del padre de Clara.
Manuel apareció por el pasillo del coche de viajeros, portando una maleta de madera de haya que contenía los útiles de verificación geométrica y el nivel de plomada que utilizaba para el ajuste de las cuadernas en el astillero viejo.
Su fisonomía rústica mostraba los signos de una fatiga que empezaba a agrietar la parsimonia del carpintero de ribera.
—Los agentes de la policía local han tomado el control del cambio de agujas del muelle de la Cabana, Gabriel —anunció el viejo operario, sentándose en el borde del asiento auxiliar—.
Tu hermana Clara se ha presentado en el despacho del gobernador civil con las actas de liquidación ordinarias de la sucursal, dispuesta a demostrar que el expediente de Mateo Navarro se cerró de conformidad en el invierno de mil novecientos setenta y cinco.
Si la inspectora jefe de Madrid valida ese saldo con su firma formal, las patrulleras del puerto bloquearán las salidas de la ría baja y los peritos del Ayuntamiento tendrán vía libre para iniciar la voladura de la roca caliza del cabo norte antes de que concluya el turno de la tarde.
Elena ordenó las láminas de medio formato que conservaban las emulsiones de plata liofilizada, encajándolas entre las hojas cuadriculadas para protegerlas de la claridad oblicua que entraba por los ventanales de la estación.
Su pulso eficiente no flaqueó al comprobar que la última placa de Jena mostraba una sección transversal de los cimientos de la plaza del Mercado que no figuraba en los archivos digitales de la sucursal.
—Miren el margen izquierdo del negativo, Manuel —indicó Elena, enfocando el cuentahilos de latón sobre la emulsión lavada—.
Los bronces que usted instaló en las puertas de nogal del número cuatro no eran elementos ornamentales para aislar la humedad de la bajante rota.
Son los pasadores mecánicos que bloquean las compuertas de retorno del canal de ventilación privado.
Si los hombres del desguace portuario fuerzan los herrajes de la calle del Viento con los sopletes de acetileno, la presión hidrostática de la pleamar hará saltar las uniones de mortero y el agua sucia de la comunidad inundará el sótano de la librería de San Juan, destruyendo el fondo de Donato antes de que la central de Madrid reciba nuestra adenda pericial.
Gabriel se inclinó sobre el tablón del banco, rozando el cuello de lino de la parca de Elena con una proximidad carnal que disolvió por completo la rigidez burocrática de la situación legal.
Sus ojos oscuros mostraban esa fijeza clínica que a ella le hacía acelerar el ritmo del pecho de una forma dulce y constante.