Capítulo 10
La losa de granito volvió a encajar en su ranura con un golpe seco, rudo y definitivo que levantó una nube de polvo gris sobre la mampostería del subsuelo.
Elena Varela cerró las correas metálicas del maletín de cuero marrón, sintiendo el peso del cuarto tomo original contra sus dedos.
El sótano de la sucursal ya no era un archivo estanco; las vibraciones de las excavadoras del Ayuntamiento, que operaban a menos de cincuenta metros en la línea portuaria, abrían finas líneas de fractura en los zócalos de piedra caliza, desprendiendo cascotes que caían sobre las cubetas de revelado abandonadas.
Gabriel Navarro tomó el candil de latón, elevando la llama hasta que el reflejo amarillo recortó los paramentos verticales de la galería.
Su gabardina oscura goteaba el agua sucia de las filtraciones del pasadizo y su rostro mostraba una palidez tensa, la marca física de quien acaba de descubrir que la geografía privada de su familia estuvo cimentada sobre una mentira institucional durante tres décadas.
—No podemos volver a subir por la trampilla del muelle de carga, Elena —advirtió Gabriel, con su voz baja, cuya modulación raspada arrastraba el aire helado del subsuelo—.
El secretario de la alcaldía ha desplegado a los agentes de la policía local en los soportales de la plaza del Mercado.
Si cruzamos la mampara de cristal ahumado con este volumen en el maletín, Martina no podrá detener la orden de incautación judicial.
Clara ha vendido los derechos de la calle del Viento al promotor de la plaza alta y el tiempo de la tregua legal ha expirado en los relojes de la notaría.
Elena se colgó la correa del portafolios al hombro, ajustándose la parca de lino azul. El miedo a perder su licencia de campo o a enfrentarse a un expediente administrativo de la central de Madrid había desaparecido, sustituido por una lucidez ejecutiva que la empujaba a la acción directa.
—Manuel conoce la salida de los antiguos canales de salazón que desbocan en el acantilado norte, Gabriel —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una determinación limpia—.
La letra pequeña del diario de tu abuelo demuestra que el Ayuntamiento está cimentando la terminal de contenedores sobre un derecho de superficie privado que Valeria Vance registró antes de la postguerra.
Si logramos poner este tomo a buen recaudo en la torre del cabo antes de que los ingenieros municipales rompan el muro de carga del ala este, el recurso de urgencia de la alcaldía carecerá de base contractual para ejecutar el desahucio preventivo del barrio viejo.
Se adentraron en el pasadizo inferior, avanzando agachados bajo unas bóvedas de mampostería tan bajas que obligaban a mantener el paso corto y la respiración contenida.
El agua de la pleamar comenzaba a inundar los estratos bajos de la solera, un flujo turbio cargado de salitre y lodos del deshielo que les cubría las botas de campo y dificultaba el avance sobre las losas resbaladizas.
Manuel marchaba en la vanguardia, abriendo camino con el hacha de mano con la que retiraba las raíces de los pinos forestales que habían perforado los muros de sillar a lo largo de los años.
La fricción psicológica en el interior de la galería se agudizó con cada zancada.
Gabriel caminaba tan cerca de Elena que la lana de su jersey crema rozaba el tejido húmedo de su abrigo.
Al detenerse ante una bifurcación taponada por el derrumbe de unas cuñas de castaño, el fotógrafo la rodeó con sus brazos fuertes, pegando su espalda contra la piedra rústica para protegerla del desprendimiento de la cal.
La proximidad erótica en mitad de la negrura subterránea estalló con una fuerza directa y cruda; las manos de Elena buscaron la firmeza de la mandíbula de Gabriel, desprovistas ya de la distancia burocrática que había regido sus jornadas de oficina en Aseguranzas Atlas.
El beso que compartieron bajo el sordo estruendo de la maquinaria portuaria no tuvo la tibieza de los pactos oficiales.
Supo a la salinidad de las rías bajas, al ácido acético de los laboratorios clandestinos y a la entrega absoluta de dos trayectorias que habían decidido quemar sus amarras legales.
El contacto de sus labios funcionó como una adenda de cobertura total, un anclaje físico que les templó el pecho contra el frío de las corrientes continentales que subían del océano.
—Tu hermana Clara no busca capitalizar el taller de fundición, Gabriel —susurró Elena, con la respiración agitada contra el cuello de lino del fotógrafo—.
La última anotación de Martina confirma que Clara descubrió que el testamento de Mateo Navarro contenía una cláusula de reversión.
Si se demuestra que Valeria Vance sobrevivió oculta en los sótanos de la plaza del Mercado, los derechos de transmisión al promotor inmobiliario quedan anulados y la propiedad íntegra del bajo izquierda pasa a la custodia de la escuela de artes de la plaza alta.
Tu hermana se ha aliado con la alcaldía para destruir la prueba antes de que la central de Madrid ordene la auditoría de las cuatro de la tarde.
—Mi padre la ayudó a falsificar las actas de defunción en los años setenta, Elena —admitió Gabriel, y sus pupilas oscuras reflejaron el destello amarillo del candil con una fijeza furiosa y limpia—.
Él necesitaba el sillar gris del Ayuntamiento para ocultar la asimetría de la música que Valeria había traído de Viena.
Pasaron tres décadas fingiendo que los diarios de la caja de herramientas eran solo papeles técnicos de un viejo huraño, porque sabían que si la tinta de carbón vegetal salía a la luz, toda la estructura económica de la familia del sur se vendría abajo como un forjado podrido por la humedad de la comunidad.
Manuel propinó un golpe certero con el hacha de mano contra la última compuerta de hierro forjado, rompiendo los herrajes de bronce corroídos por el mar.
La hoja metálica cedió con un gemido pesado, abriendo una brecha hacia la libertad del acantilado norte.
El aire del atlántico entró con la violencia de una ráfaga helada, limpiando instantáneamente la atmósfera asfixiante del subsuelo y trayendo el fragor de las olas que rompían contra las rocas limpias del cabo.
Salieron a la superficie bajo un cielo plomizo que amenazaba con descargar el primer temporal del invierno.
Las excavadoras de la terminal de contenedores ya trabajaban en la base de la ensenada, con sus brazos mecánicos golpeando los muros de contención del puerto viejo con un compás destructivo que hacía temblar la pista forestal.
—El furgón está oculto tras los pinos del ala norte, Gabriel —anunció el carpintero de ribera, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo tatuado—.
Los agentes de la policía local han cortado el acceso al muelle de salazón, pero la subida hacia la torre sigue libre de inspecciones ordinarias debido a la marea alta.
Si la señorita Varela firma el acta de conformidad complementaria en el tablero del vehículo, podemos registrar el cuarto tomo en las actas de la escuela de artes antes de que el secretario general de la alcaldía presente el recurso de urgencia ante el juez de instrucción de la zona alta.
Elena subió a la cabina del furgón, abriendo su libreta de notas de hojas cuadriculadas sobre el linóleo del salpicadero.
Sus dedos se movían con la solidez eficiente de sus mejores inspecciones de campo, rellenando las casillas del inventario especial con las cotas exactas que acababa de rescatar de la mampostería subterránea.
El magnetismo de la presencia de Gabriel, sentado a su lado mientras Manuel engranaba la marcha diésel, consolidaba la geometría de una trayectoria compartida que ya no admitía las directrices de la sucursal de seguros.
Sin embargo, al pasar la hoja para aplicar el sello azul de la agencia, los ojos clínicos de Elena se detuvieron en la guarda trasera del cuarto tomo de Mateo Navarro.
Escondido entre el fieltro gris de alta densidad y el forro de cuero marrón cobrizo, asomaba un pequeño chasis de madera antigua que contenía una placa de vidrio de medio formato que no había sido expuesta a los reactivos del laboratorio químico.
El soporte conservaba adherida una etiqueta manuscrita por la propia Valeria Vance durante su reclusión en el subsuelo de la plaza del Mercado: “Mateo no diseñó la torre del cabo para esconder mis composiciones, Elena. La construyó porque los cimientos de ese edificio contienen el herraje de bronce original que cierra la entrada del verdadero canal del este. Si Clara consigue la firma del notario, el promotor dinamitará la roca caliza de la cornisa norte y la terminal de contenedores sepultará el único muelle que no perteneció a la codicia del sur. No abras el chasis antes del deshielo” .
Elena cerró el maletín de cuero de golpe mientras el furgón enfilaba las pendientes del cabo bajo la brisa suave del atlántico, consciente de que la mudanza clandestina hacia la torre del acantilado acababa de ingresar en una fase de intervención directa que amenazaba con quebrar la estabilidad de toda su existencia civil antes de que concluyera el primer ciclo estacional de la costa cantábrica.