El mapa bajo la marea (El Atlas Inacabado 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

El espacio de trabajo de Nikola ocupaba dos cuartos detrás del museo.

La policía había sellado los cajones principales y retirado la computadora, la cámara y los soportes digitales.

Ivana permitió que Mara examinara las copias de sus notas junto a Jelena Babić, curadora del museo, y Marko Perić, colaborador de investigación. Un agente permaneció en la puerta.

Mara se detuvo ante la mesa vacía.

Nikola había trabajado con un desorden que solo él comprendía. Las fotografías antiguas solían ocupar el lado izquierdo, los mapas el derecho y el café cualquier superficie disponible. Ahora quedaban rectángulos pálidos en el polvo. La ausencia tenía una geometría exacta.

—No toquen los sellos —advirtió el agente.

—No pensaba hacerlo —dijo Jelena.

Su respuesta fue más rápida que la pregunta. Vestía de negro y llevaba el cabello recogido. Había organizado la exposición pública sobre navegación de Velin y defendido durante años que el museo necesitaba financiación sin convertirse en escaparate de una fundación extranjera.

Marko parecía no haber dormido. Pasaba los dedos por el borde de su cuaderno.

—Nikola guardaba copias de campo aquí —dijo—. Si la policía retiró la cámara, quizá la tarjeta tenga todo.

—La cámara no tenía tarjeta cuando se recuperó —respondió Mara.

Marko dejó de mover la mano.

—¿Quién te dijo eso?

—Ivana autorizó la información porque Nikola mencionó una fotografía en su mensaje.

—A veces descargaba los archivos en el museo.

—¿Dónde?

Jelena señaló una estación de digitalización. El agente negó con la cabeza.

—Ya fue revisada. Las copias forenses siguen en manos de la policía.

Mara abrió el conjunto autorizado de notas.

Nikola había documentado cambios recientes en una cueva conocida: caída de sedimento, una corriente distinta y una cámara expuesta detrás de una pared baja.

Sus frases eran técnicas y prudentes. No afirmaba que la cámara contuviera objetos.

Solo anotaba marcas rectangulares en el suelo y una pieza metálica que no había movido.

El dibujo de esa pieza coincidía con la fotografía enviada a Mara.

También coincidía con el margen de su atlas.

—¿Reconocen el símbolo? —preguntó.

Jelena se acercó sin tocar la página.

—Nikola me mostró un boceto. Creí que era una marca comercial antigua.

—¿De qué empresa?

—No lo sé. Las líneas marítimas privadas usaban sellos en cajas y documentos. Hay cientos.

Marko miró hacia la puerta.

—Eleanor hablaba de una colección desaparecida. El Astrolabio Vesper y otros instrumentos.

—Eso no está en las notas de Nikola —dijo Jelena.

—Pero estaba en sus conversaciones.

—Tus conversaciones con él no son el archivo.

La tensión entre ambos era anterior a la muerte. Mara la marcó mentalmente sin darle todavía una dirección.

—¿Qué relación tiene Meridian con este trabajo? —preguntó.

Jelena cruzó los brazos.

—La Fundación Meridian financió parte de la conservación y un programa de historia pública. Sus contratos pasan por el museo y por la asociación civil, con funciones separadas.

—¿Nikola aceptaba ese dinero?

—Aceptaba investigar. No aceptaba que la financiación decidiera el resultado.

Marko soltó una risa sin humor.

—Por eso discutía con todos.

—También contigo —dijo Jelena.

Él cerró el cuaderno.

—No soy el único que tenía algo que perder.

Mara levantó la vista.

—¿Qué perdiste?

Marko tardó un segundo de más.

—Un colega.

El agente anotó la respuesta. Mara sintió el viejo deseo de presionar hasta que la forma escondida apareciera. No era su entrevista. Cambió de línea.

—Nikola escribió que la ruta del informe no era fiable. ¿Sabían que pensaba volver a la cueva?

Jelena negó.

—Me dijo que quería verificar una medida.

—A mí me pidió revisar las fotografías —dijo Marko—. Nunca llegaron.

—¿La tarjeta faltaba antes de la inmersión?

—No lo sé.

Mara comparó fechas. La última nota completa era de cuatro días antes de la muerte. Después había dos referencias: una sesión fotográfica y una reunión con iniciales. `M. P.` podía ser Marko Perić. También podía ser otra cosa.

—¿Esta reunión fue contigo?

Marko miró la línea.

—No recuerdo.

—Tiene fecha.

—Tengo muchas reuniones.

Jelena lo observó con un cansancio frío.

—Y muchas formas de no responder.

Ivana apareció en la puerta.

—Entonces responderá en la entrevista formal, señor Perić.

Marko palideció.

—No hice daño a Nikola.

—Nadie ha dicho eso aquí.

Ivana pidió al agente que acompañara a Marko. Cuando salieron, Jelena apoyó ambas manos en una silla.

—Esto va a destruir el museo.

—Una investigación no es una sentencia contra todos los que trabajan aquí —dijo Mara.

—Explícaselo a la próxima persona que vea un titular sobre objetos robados y una isla pequeña.

—¿Hay objetos robados?

Jelena cerró la boca. El error quedó entre ellas.

—Hay preguntas sobre procedencia —dijo al fin—. Donaciones con historias incompletas. No es lo mismo.

—Puede serlo para una autoridad cultural.

—Y por eso Dora revisa los expedientes.

—¿Dora Barišić?

—Conservación. Ella insistió en separar algunas piezas de la exposición.

Mara anotó el nombre. Jelena parecía esconder algo. Marko también. Pero los secretos no formaban una sola línea solo porque compartieran un cuarto.

Ivana esperó hasta que Jelena salió.

—¿Qué ve? —preguntó.

—Tres capas que todavía no coinciden. La cámara sin tarjeta. La cámara nueva de la cueva. Y el símbolo que Nikola me envió.

—¿Su atlas añade algo?

Mara abrió la funda. Mostró el margen sin entregar el libro.

—La misma marca. Eleanor dibujó un número y una flecha. No sé qué significan.

Ivana tomó una fotografía con el protocolo de registro y devolvió el atlas a su dueña.

—¿Hay más libros como este?

La pregunta tocó una puerta que Mara llevaba dieciocho meses sosteniendo cerrada.

Anaïs Delcourt tenía un atlas. Leonie Hartmann tenía otro.

Eleanor había entregado uno a cada joven becaria, y las tres habían supuesto que eran recuerdos diferentes de un mismo proyecto.

Después de la muerte de Eleanor, Anaïs quiso unirlos.

Leonie quiso entender por qué Mara se había ido.

Mara no quiso hacer ninguna de las dos cosas.

—Sí —dijo—. Dos.

—¿Puede pedir acceso?

—Puedo preguntar.

Ivana no confundió posibilidad con promesa.

—Hágalo cuando esté lista. No necesito una respuesta esta mañana.

Mara volvió a las notas. Nikola había medido la cámara desde el cruce, pero la distancia escrita no correspondía al ramal arqueológico. Correspondía a otro ángulo, uno que la carta pública marcaba como estrecho e inestable.

Ivana permitió que Mara preparara una reconstrucción en una mesa separada. Cada copia llevaba una marca policial. Mara usó papel transparente propio y lápiz. Dibujó el cruce, las distancias y los ángulos sin rellenar los huecos.

Jelena regresó con Dora. La conservadora llevaba un inventario de piezas que Nikola había fotografiado durante el último mes. Entre ellas no aparecía el metal del símbolo.

—Si lo encontró en la cueva, no llegó al museo —dijo Dora—. Yo habría exigido estabilización antes de moverlo.

—¿Podía reconocer el sello? —preguntó Mara.

—No. Reconocí un tipo de corrosión marina en la imagen cuando Ivana me la mostró, nada más. La fotografía no permite saber si la pieza es antigua o si un objeto reciente estuvo mucho tiempo expuesto.

—¿Jelena sí podía reconocerlo?

Dora dudó.

—Jelena conoce archivos de transporte. Pero si lo hubiera reconocido, no sé por qué lo negaría.

Jelena, desde la otra mesa, oyó su nombre.

—No lo reconocí. La marca me parecía familiar porque Meridian usa motivos circulares en sus materiales. No es lo mismo.

—¿Quién dentro de Meridian trabaja con la Línea Nocturne? —preguntó Ivana.

—Sabine y el equipo Vesper.

—¿Sabine tiene apellido? —preguntó Mara.

Jelena la miró con extrañeza.

—Claro. Está en el directorio. Todos la llaman Sabine porque así se presenta.

Ivana intervino antes de que la conversación se moviera hacia una identidad no necesaria.

—La policía obtendrá el directorio. No especulen.

Mara volvió a las páginas. Nikola había dibujado marcas rectangulares en el suelo.

Anotó ancho, separación y una abrasión. Una caja podía producirlas.

También un soporte de equipo. Ella creó dos versiones de la cámara: una en el ramal esperado, otra en el ramal alternativo.

Solo la segunda concordaba con las tres medidas.

—¿Qué margen tienes? —preguntó Ivana.

—Menos de medio metro con la escala de Nikola. La diferencia entre ramas supera seis metros al final. No es ambigua.

—Incluya la fuente de cada medida.

—Sí.

Marko regresó acompañado por su asesora legal para recoger pertenencias liberadas. Vio la reconstrucción y se detuvo.

—Nikola hablaba de una cámara de transferencia —dijo.

La asesora le pidió que no continuara fuera de entrevista. Marko obedeció, pero la frase quedó registrada por el agente.

Mara lo observó salir. El miedo en su rostro no parecía duelo simple. Tampoco era confesión.

—¿Puede la policía revisar sus solicitudes de subvención? —preguntó a Ivana.

—Ya preservamos documentos relevantes. Usted no necesita conocer el alcance.

—Entendido.

Al mediodía, el museo abrió parcialmente. Katarina llegó con materiales para la actividad escolar y preguntó qué sala podía usar. Jelena quiso cancelar. Katarina se negó.

—Los niños prepararon entrevistas con sus familias. Una investigación no vuelve peligrosa toda la historia del museo.

—Hay policía en el pasillo.

—Entonces aprenderán que las instituciones también responden cuando algo sale mal.

Dora ofreció el patio. Entre ambas trasladaron paneles sin cruzar los sellos. Mara ayudó solo después de pedir permiso. Mientras sostenía una reproducción de una carta, un niño señaló una cala y explicó que su madre no quería que apareciera en aplicaciones turísticas porque allí reparaban redes.

—¿Un mapa puede ocultar algo a propósito? —preguntó.

—Sí —respondió Mara—. A veces para engañar. A veces para proteger. La diferencia está en quién decide y por qué.

Katarina oyó la respuesta.

—Recuerda esa frase si propones trabajo aquí.