Capítulo 30
POV LUCAS
* * *
Lucas llegó temprano a propósito.
No por ansiedad declarada —por un cálculo simple, del tipo que hacía en cualquier situación donde la posición importaba más que el tiempo: si llegaba antes, podía elegir dónde ubicarse.
Elegir dónde ubicarse significaba elegir desde qué ángulo veía la puerta.
Y ver la puerta significaba ver entrar a Helena antes de que ella lo viera a él primero.
Rafael abrió dos botellas de vino que nadie había pedido todavía.
Isabela corría entre la cocina y la sala con una fuente que parecía más pesada de lo que debería para su tamaño.
Lucas ofreció ayuda dos veces. Lo rechazaron dos veces —"siéntate, relájate, eres invitado"— y las dos veces se sentó de un modo que le seguía dando visión directa al pasillo.
A las 19:22 sonó el timbre.
No se levantó. Levantarse habría sido demasiado. Se quedó en la silla, la copa de vino en la mano, escuchando a Isabela ir hasta la puerta con ese entusiasmo específico reservado para los invitados que ella misma había elegido.
Voz de Isabela. Voz de respuesta, más baja, conocida.
Lucas bebió un sorbo antes de que Helena entrara a la sala —no porque lo necesitara, sino porque necesitaba algo que hacer con la boca que no fuera sonreír demasiado y demasiado pronto.
Ella entró con el abrigo ya puesto, algo distinto en el cabello respecto de la última vez que la había visto —recogido de un modo más simple, sin el esfuerzo que ella solía dedicarle.
Traía una botella de vino en la mano. Isabela había vuelto a desaparecer hacia la cocina, todavía hablando del horno.
Helena miró alrededor de la sala antes de mirarlo directamente a él —primero a Rafael, la mesa auxiliar con las fotos, el cuadro grande de la pared. Cuando la mirada llegó a Lucas, ella no vaciló ni una décima de segundo más de lo que vacilaría con cualquier desconocido.
—Hola —dijo. Para la sala en general.
—Helena, ella es Helena —gritó Isabela desde la cocina, volviendo con otra fuente—. Lucas, el primo de Rafael. Helena, amiga de mil años.
—Hola —dijo Lucas, levantándose para estrecharle la mano.
La mano de ella estaba seca, firme, exactamente la misma de siempre. El apretón duró el tiempo justo. Ni un segundo más.
—Un gusto —dijo ella.
—Un gusto.
Isabela ya se había dado vuelta de nuevo, sin ver nada, satisfecha de haber cumplido con la presentación.
Rafael le sirvió vino a Helena sin preguntarle cuál quería —tinto, claro, el único disponible— y ella lo aceptó sin quejarse, aunque Lucas sabía, de una conversación que habían tenido semanas atrás en un café cerca del aeropuerto, que ella prefería el blanco.
Ella no corrigió a Rafael.
Lucas registró eso y todavía no supo qué hacer con el registro.
* * *
La mesa tenía ocho lugares. Isabela los había acomodado de una forma que parecía aleatoria y no lo era —Lucas conocía lo suficiente a su prima política como para saber que ningún arreglo de mesa de Isabela era casualidad.
Él quedó de un lado, Helena del otro, a una distancia suficiente como para que hablar directamente exigiera esfuerzo y lo bastante cerca como para que los dos escucharan todo lo que el otro le decía a cualquier persona en la mesa.
Era la primera vez que la veía desde el café.
Tres semanas y media de mensajes cada vez más cortos, cada vez más espaciados, y ahora ella estaba sentada a metro y medio de distancia, comiendo una entrada de pulpo a la parrilla como si la distancia entre ellos fuera la distancia normal entre dos desconocidos en una mesa de cena.
—Helena trabaja en rescate aéreo —dijo Isabela al grupo, con el tipo de frase que sirve para abrir un tema—. Cuenta la historia del mes pasado, la del bebé.
Helena la contó. Era buena contando historias —economía de detalle, ritmo justo, sin dramatizar lo que no necesitaba drama.
Habló de un rescate neonatal, una condición inestable, una decisión tomada en pleno vuelo sobre la dosis de medicación sin el respaldo completo de monitoreo que tendría en tierra.
La mesa quedó en un silencio funcional, del tipo que producen las buenas historias.
—¿Y salió bien? —preguntó alguien.
—Salió bien.
—¿Nunca te pones nerviosa? —preguntó Isabela, ya sabiendo la respuesta, preguntando para que los demás la escucharan.
—Me pongo. Pero "nerviosa" no es la palabra correcta. —Helena cortó un pedazo del pulpo—. Es más bien que no tienes tiempo de procesar el nervio. Lo procesas después. Durante, solo actúas.
Lucas se quedó mirando el plato.
Lo procesas después.
Era exactamente la frase que él había usado, semanas atrás, tratando de explicarle a Rafael por qué le había tomado dos años poder hablar de Bruno Farias en voz alta.
No lo había procesado durante. Había actuado —cerrado la consultora, cambiado de ciudad, reconstruido toda una vida en formato reducido— y solo ahora, con la hermana de Bruno sentada a metro y medio de él en una cena, fingiendo no conocerlo, lo estaba procesando.
Bebió vino.
—¿Estás de acuerdo? —preguntó Rafael, mirándolo.
—¿Con qué?
—Con que se puede actuar sin procesar.
Lucas miró a su primo. Después a Helena, que tenía el tenedor detenido a mitad de camino del plato, esperando la respuesta de él con una atención que cualquier otra persona en la mesa interpretaría como curiosidad normal.
—Se puede —dijo Lucas—. Por un tiempo. Después te lo cobra.
Helena bajó el tenedor.
—¿Cobra cómo? —preguntó Isabela.
—De formas que uno no elige —dijo Lucas.
Helena tomó la copa de vino. Bebió un sorbo pequeño, mirando el plato, no a él.
La mesa siguió a otro tema —Rafael contando algo sobre un proyecto, Isabela riéndose de un chiste que Lucas no registró del todo.
Él siguió mirando a Helena un segundo más de lo debido, y ella siguió mirando cualquier cosa que no fuera él, y ninguno de los dos hizo nada que otra persona en la mesa pudiera calificar de extraño.
* * *
A mitad de la cena, cuando la conversación ya se había dividido en dos grupos más pequeños —Rafael y la pareja de al lado discutiendo alguna remodelación, Isabela preguntándole a Helena sobre una película— Lucas se levantó a buscar más vino a la cocina.
Pasó cerca de la silla de Helena.
—¿Estás bien? —dijo, en voz baja, por debajo del volumen de la conversación general, el tipo de pregunta que nadie más en la mesa registró como dirigida a alguien en particular.
Helena no levantó la vista de inmediato. Se tomó medio segundo —el tiempo de terminar de escuchar lo que decía Isabela, sonreírle a Isabela, y solo entonces girar la cabeza un grado hacia él.
—Sí —dijo.
Una palabra. El mismo tono que usaría para responder a cualquier pregunta social cualquiera.
Lucas siguió caminando hacia la cocina.
En la cocina, solo un momento —Isabela había dejado una botella abierta en la barra— se quedó parado sosteniendo la botella sin servir nada.
Sí. Había sido rápido. Había sido automático, del tipo de respuesta que sale antes de ser pensada, que era exactamente el tipo de respuesta que él había aprendido, en negociaciones, a valorar más que las respuestas elaboradas.
Una respuesta elaborada se construye.
Una respuesta automática es verdad, o es costumbre.
No sabía cuál de las dos acababa de recibir.
Sirvió el vino. Volvió a la mesa.
* * *
Rafael lo alcanzó en el camino de vuelta —no por casualidad, Lucas reconoció el tipo de movimiento calculado para parecer casual.
—¿Ustedes dos están bien? —preguntó Rafael, en voz baja, mientras caminaban de regreso a la sala.
—¿Bien cómo?
—Estuvieron dos minutos sin decirse nada uno al otro y de repente te fuiste a la cocina de la nada.
—Fui a buscar vino, Rafael.
—Había vino en la mesa.
Lucas no respondió de inmediato.
—¿Me estás preguntando algo específico?
Rafael lo miró con la expresión que reservaba para cuando creía saber más de lo que estaba admitiendo.
—Solo me parece interesante —dijo Rafael— que llegaste temprano, te quedaste mirando la puerta toda la cena, y ahora tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
Lucas no dijo nada. Volvieron a la mesa.
* * *
Desde su silla, viendo a Helena del otro lado conversando con Isabela sobre algo que ya no alcanzaba a oír, Lucas pensó que había leído mal toda la noche desde el principio —no en el sentido grande, en el sentido pequeño.
Había leído "aceptó venir" como apertura.
Había leído la distancia en la mesa como timidez social frente a los demás.
Había leído "sí" como respuesta verdadera a una pregunta sobre cómo estaba.
Cada una de esas lecturas tenía una alternativa que él no estaba considerando, y no lograba nombrar cuál era —solo sentía, de un modo para el que todavía no tenía vocabulario, que la distancia de ella no era sobre los demás en la mesa.
Era sobre algo que no estaba en la mesa.
Del otro lado, Helena se rio de algo que dijo Isabela —risa real, breve, del tipo que no se finge. Por un segundo pareció exactamente la mujer del Jardín Botánico, del café cerca del aeropuerto, sin ninguna capa encima.
Después la risa terminó y ella volvió a la versión de antes —presente, educada, un grado demasiado distante para cualquiera que no estuviera buscando la diferencia.
Lucas estaba buscando la diferencia.
* * *
Llegó el postre —una torta que Isabela había advertido tres veces que era "experimental, no esperen mucho" y que nadie dejó de repetir. Lucas se sirvió sin prestar atención al plato, todavía mirando hacia el otro lado de la mesa más de lo debido.
Helena agarró el celular por primera vez cuando la torta todavía se estaba sirviendo —rápido, revisó la pantalla sin desbloquear, lo volvió a guardar en el regazo debajo de la servilleta.
Lo agarró de nuevo minutos después, en medio de una frase de Isabela, y esta vez lo desbloqueó, lo miró dos segundos, lo guardó sin responder nada.
La tercera vez fue cuando todos ya habían terminado y solo estaban conversando —sacó el celular de la cartera que había dejado en el piso al lado de la silla, lo revisó, y esta vez se quedó con él en la mano más tiempo antes de guardarlo.
Ninguna de las tres veces parecía el gesto de alguien que esperaba un mensaje de trabajo. Parecía el gesto de alguien que necesitaba saber si algo específico había llegado, y que se aliviaba, o no, dependiendo de lo que veía.
Lucas no supo decir cuál de las dos cosas.
Rafael, del otro lado de la mesa, los miraba a los dos con la expresión de quien iba a llamar a Isabela más tarde esa misma noche, después de que todos se hubieran ido, solo para preguntarle una cosa.
Esperó hasta que casi todos se hubieran levantado de la mesa, el café servido, las conversaciones mezclándose de nuevo en grupos más pequeños cerca de la sala, para acercarse a Lucas por segunda vez esa noche.
—Revisó el celular tres veces en el postre —dijo Rafael, en voz baja, parado a su lado con la taza en la mano.
—Yo no conté.
—Yo sí conté.
Lucas miró a su primo.
—¿Y qué significa eso, Rafael?
—No sé. —Rafael bebió el café—. Solo me pareció raro. Tú no revisaste el tuyo ni una vez.
Era verdad. Lucas no lo había pensado hasta que Rafael lo dijo —había pasado toda la noche mirando hacia cualquier dirección que no fuera la pantalla de su propio celular, porque la única persona de la que quería noticias estaba sentada del otro lado de la mesa.
—Ya me voy —dijo Helena, apareciendo en el pasillo con el abrigo ya en la mano, despidiéndose de Isabela con un abrazo rápido.
Pasó cerca de ellos para llegar a la puerta. Miró a Lucas por un segundo —el mismo segundo de cualquier despedida educada entre conocidos recientes.
—Fue un placer —dijo.
—Igualmente.
Salió.
Rafael se quedó mirando la puerta cerrada más tiempo del que la puerta merecía.
—Tú sabes algo sobre ella —dijo Rafael. No era una pregunta.
* * *