Capítulo 14
POV LUCAS
* * *
Ella había respondido a las veintidós y cincuenta y seis.
llegué.
Lucas se quedó con la palabra un segundo antes de responder.
Qué bueno. ¿Turno largo?
La respuesta llegó a los cuarenta segundos.
Sí. Traslado pediátrico. Niña estable.
Se quedó con las tres frases: el ritmo de quien está cansado pero de todos modos eligió responder, el tipo de mensaje que dice más por el hecho de existir que por lo que contiene.
Se había quedado en el departamento con la laptop abierta sobre la mesa y el informe del cliente en pantalla, que había dejado de leer cuando vibró el celular.
Duerme —había escrito—. Hablamos mañana.
Ok.
Se quedó con el "ok" más tiempo del necesario antes de poner el celular sobre la mesa y volver al informe.
* * *
El sábado había empezado con el tipo de mañana de Curitiba que justificaba la fama de la ciudad: catorce grados a las ocho de la mañana, nubes bajas, el tipo de frío seco que no era incómodo pero que hacía obligatorio el café antes de cualquier decisión.
Había hecho café, se había quedado con la taza junto a la ventana del departamento.
Abrió el celular a las ocho y cuarenta y dos y escribió: el café aquí mejoró. Mentí ayer.
La respuesta tardó veinte minutos. Se la había imaginado despertando con el celular en la mesa de noche, leyendo, decidiendo.
Cuánto mejoró, en una escala del uno al diez.
Había sonreído antes de darse cuenta de que estaba sonriendo.
Seis y medio. Lo cual es progreso considerando que estaba en cuatro.
Avance impresionante.
Soy optimista con llegar al siete para fin de mes.
Hubo una pausa de unos minutos. Después:
El mío está en ocho. Cafetera nueva.
Injusto. Yo tengo un departamento alquilado con la cafetera de quien vivió aquí antes.
Problema tuyo.
Se quedó con el "problema tuyo": ese tono que había existido durante el día en Curitiba, el ritmo de conversación que aparecía cuando ella no estaba administrando la distancia entre los dos. Se quedó con eso un segundo antes de responder.
Recomiéndame una cafetera, entonces. Claramente tienes más criterio.
La respuesta tardó más esta vez.
Italiana. Tres tazas. No tiene que ser cara.
Marca.
Bialetti. Cualquier tienda de utensilios.
Se quedó con el intercambio. Había algo en esa secuencia (cafetera italiana, tres tazas, "cualquier tienda de utensilios") que era información práctica dicha con naturalidad, el tipo de cosa que se le dice a alguien cuya cocina existe en tu cabeza lo suficiente como para que la recomendación tenga sentido.
La compro hoy —había escrito.
Cuéntame si llega al siete.
Se quedó con la frase. "Cuéntame", como si hubiera continuidad garantizada; no una pregunta, sino un supuesto.
* * *
Había comprado la cafetera a las once de la mañana en una tienda de utensilios en Água Verde. El modelo exacto que ella había dicho, tres tazas, caja roja. Se quedó un segundo mirando las opciones antes de tomar la que ella había descrito, sin considerar otra.
En el auto de regreso, se quedó con la caja en el asiento del copiloto.
Mandó la foto de la caja a las once y veintidós.
La respuesta tardó tres minutos: buena elección.
Se quedó con las dos palabras.
* * *
El intercambio había continuado a lo largo del sábado con el ritmo de una conversación sin urgencia: mensajes con intervalos de veinte minutos, media hora, el tipo de intercambio que existía en paralelo con el resto del día sin interrumpirlo.
Ella había mencionado que estaba en casa, que había dormido hasta tarde, que había comido pan tostado con mantequilla y le había puesto de nombre almuerzo sin ningún remordimiento.
Él había dicho que el informe del cliente estaba casi cerrado y que iba a salir a correr antes de que el frío decidiera empeorar.
Curitiba en junio —había dicho ella—. Valiente.
O mal informado sobre lo que es frío de verdad.
São Paulo en agosto te esperaría con los brazos abiertos para enseñarte.
Se quedó con el "te esperaría": su ciudad, la apertura implícita, el tipo de frase que podía leerse como invitación o como observación, dependiendo de cómo eligiera leerla.
Había elegido no responder directamente.
Tengo cliente en São Paulo el mes que viene.
Una pausa.
Ah.
Solo eso. Se quedó con el "ah": ni confirmación, ni retirada, el sonido de quien acaba de recibir una información y está calibrando qué hacer con ella.
La conversación había seguido después, sobre otra cosa. El ritmo se mantuvo igual.
* * *
A las tres y media el intercambio se detuvo.
No hubo cierre; el último mensaje había sido de ella, sobre una serie que había empezado a ver y había abandonado en el tercer episodio porque el guion había tomado una decisión que a ella le pareció deshonesta con los personajes.
Lucas había respondido preguntando cuál serie.
Ella había dicho el nombre. Se había quedado con el celular esperando la respuesta.
Apareció el "leído".
Después nada.
Se quedó con el "leído" un segundo; no había nada raro en dejar de responder a mitad de una conversación sobre una serie. La gente dejaba de responder. Había otras cosas pasando en su día. Era sábado por la tarde.
Se quedó con el celular un segundo más antes de ponerlo boca abajo sobre la mesa.
Volvió al informe.
Trabajó cuarenta minutos sin revisar el celular.
Lo revisó.
Nada.
Se quedó con la nada un segundo antes de cerrar la aplicación.
Volvió al informe.
A las diecisiete y cuarenta y dos, el informe estaba cerrado. Lo envió a Eduardo Branco con copia a Hadley Costa: diagnóstico completo, tres opciones de implementación con costo y plazo para cada una, recomendación sobre la opción dos con justificación. Se quedó con el correo enviado un momento.
Abrió el celular.
Seguía sin respuesta.
Se quedó con la conversación: el ritmo de la mañana, la cafetera, "cuéntame si llega al siete", "te esperaría con los brazos abiertos", y después el "leído" a las tres y media y silencio por más de dos horas.
Era la primera vez que recibía de ella un comportamiento que no lograba explicar.
No mandó nada.
* * *