Capítulo 49
Nunca me consideré alguien dominado por emociones mundanas. A lo largo de la vida, han sido pocos los momentos en los que el dolor, la ira, la alegría o la pérdida me han golpeado de verdad.
En lo que respecta al duelo, ver a mi hermano en un ataúd es algo que jamás voy a olvidar.
En lo que respecta a la ira, presenciar la falta de respeto y el desprecio de Cirillo hacia mi madre, y la ausencia de amor propio de ella, es también un capítulo muy marcado en mi historia.
En lo que respecta al placer, cada una de las veces en que tuve sexo con Sabrina está perfectamente grabada en mi memoria. Recuerdo sus suspiros y gemidos, y la sensación de tomar su cuerpo por primera vez.
En lo que respecta a la pérdida, me tomó días asimilar su ausencia. Entender que ya no volvería a escuchar su risa ni podría despertarme como aquellas noches en el barco para tenerla aún adormecida entre mis brazos.
En lo que respecta a la alegría, creo que nada se comparará jamás con ver por primera vez la imagen de nuestro bebé en la pantalla durante la ecografía y el sonido de su corazón.
En el momento en que el médico nos mostró a nuestro hijo en formación, señalando las imágenes de sus dedos de las manos y de los pies, la nariz (aunque las fosas nasales aún estén cerradas), mi mano fue automáticamente a la de Sabrina.
En ese instante no existían el pasado, el resentimiento ni las mentiras. Los secretos perdieron importancia frente a la certeza de que dentro del cuerpo de la mujer a la que, por más que me esforcé, no logré olvidar, hay una vida, una parte nuestra, creciendo.
El sonido del latido del bebé lo dominaba todo, y el mío, golpeando dentro del pecho, competía con el de nuestro hijo.
Una cadencia suave y constante en su caso, manteniéndome paralizado, hipnotizado frente al monitor. En el mío, un galope salvaje.
El médico comienza con las explicaciones técnicas, y me prometo a mí mismo que más tarde estudiaré con calma todo lo relacionado con el desarrollo fetal, pero por ahora, lo único que puedo hacer es alternar entre mirar la pantalla del monitor y el rostro radiante de Sabrina.
Ella entrelaza nuestros dedos y sonríe con lágrimas en los ojos, como si hubiera olvidado que ayer juró odiarme.
Yo acaricio su muñeca con el pulgar y noto que su propio corazón también late desbocado.
—Es nuestro —dice—. Nuestro bebé, Atticus.
Mientras el médico sigue hablando de los órganos y sus etapas de desarrollo, nuestros ojos no se separan.
Solo me doy cuenta de que el examen ha terminado cuando el obstetra y la enfermera se marchan.
—¿En qué estás pensando? —pregunto.
—April me dijo que la confianza no se demuestra con palabras, sino con acciones. Yo también me equivoqué contigo. No voy a hacer promesas, ni quiero que me las hagas, pero creo que podemos intentarlo.
—¿Intentar qué, Sabrina?
Se sonroja.
—Si no cambiaste de idea… nosotros dos… quiero decir… cumple tu parte. Investiga el pasado de mi hermana y yo cumpliré la mía porque…
No la dejo terminar y me inclino para besarla.
Como ocurrió ayer, en el momento en que nuestros labios se encuentran, mi autocontrol desaparece. Paso un brazo por su espalda y la acerco a mí.
Durante varios minutos nos perdemos en besos ardientes, deseo acumulado, pasión.
Quiero quitarle la camisola fina que lleva y follarla allí mismo, pero no confío en mí mismo para poder detenerme una vez que vuelva a tenerla.
—Yo nunca intenté engañarte —dice cuando me obligo a romper el beso.
—No dije que hubieras quedado embarazada a propósito.
—No me refería a eso. Me refiero a que fui a Zarofu con las mejores intenciones. Llegué sin defensas, quizá influenciada por Thales, que te admiraba. Créeme cuando te digo que nada fue planeado, excepto proteger el nombre de mi hermana.
—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?
—Pensé que no me creerías. Quise que me conocieras primero.
—Te creo.
—¿Sobre la inocencia de mi hermana?
—No. Sobre nosotros.
Sabrina
Abro la boca para decirle que eso no es suficiente, pero entonces recuerdo lo que aconsejó April: un día a la vez. Las palabras no tienen valor; las acciones sí.
Así que, en lugar de discutir, intento hacer mi parte.
—Te perdono por haber dicho que me quitarías a nuestro hijo si estaba embarazada.
—¿Por eso te fuiste?
—Sí. Estuve a punto de volver a Brasil.
—Te odié en ese momento. Quise hacerte daño por haber traicionado mi confianza, pero solo habría tomado una decisión tan drástica si fueras como tu madre.
—¿Y cómo sabes que no lo soy?
—No nos conocemos por completo, Sabrina, pero sé lo suficiente para ver que tienes amor dentro de ti. Viniste a mí sabiendo que odiaba a tu familia, solo para limpiar el nombre de tu hermana. Aunque no crea lo que dices sobre su inocencia, esto no va sobre ella, sino sobre nosotros.
—Pero vas a cumplir tu promesa y, cuando descubras que ella era inocente, ¿lo harás público?
—Si es inocente, sí.
—Lo es. Y estaré lista para tu disculpa cuando lo descubras.