Capítulo 28
Como una masoquista, tomo el teléfono y entro a la única red social que uso, Instagram. Tengo desactivados los comentarios en las pocas fotos que tengo, así que voy directo a los mensajes privados y encuentro lo que buscaba: decenas de mensajes de Joel, el último de hace apenas unos minutos.
Como una adicta al borde de la muerte, pero aun así buscando la última dosis, los leo, consolándome de una forma mezquina con su supuesto sufrimiento.
Me sacio al saber que, de algún modo, significo algo para él, pero entonces recuerdo lo que vi en París y siento que el estómago se me revuelve.
Voy al baño y vomito. Después, sentada en el suelo, lloro al pensar en lo triste que es mi vida por encontrar consuelo en mensajes de mi ex traidor.
Me quito la ropa y me meto en la ducha. No sé cuánto tiempo paso allí, pero cuando salgo, tomo una decisión.
Vuelvo a agarrar el teléfono y elimino mi cuenta de Instagram.
Ya había bloqueado su número en este móvil, que es el mismo que compré al llegar a París.
Tengo un plan que me cubre en toda Europa durante aproximadamente un año.
Ahora no tiene forma de ponerse en contacto conmigo, y yo tampoco tendré la tentación de alimentarme de las migajas de un maldito tramposo.
Sé que fue el miedo a lo que estoy empezando a sentir por Atticus lo que me hizo retroceder, pero si voy a equivocarme, prefiero hacerlo desde cero, empezando una historia nueva, y no otra vez con un hombre que ya me engañó.
Me siento más ligera después de cortar el único lazo con esa parte de mi pasado y me siento en la cama, con la toalla alrededor del cuerpo, el teléfono aún en la mano.
Segundos después, vibra, como si fuera un capricho del destino, una señal avisándome de un mensaje.
Número desconocido: “Crea tus propias reglas”.
Debería ignorarlo porque sé quién es (Atticus), pero no quiero.
Si no estuviera en medio de este torbellino de emociones, quizá sonreiría. No tiene ningún pudor en usar su posición como mi jefe para averiguar mi número, ya que nunca se lo di. Seguramente lo sacó de mi contrato de trabajo.
¿Me molesta? No. De hecho, me gusta un poco esa actitud tan primitiva.
Siento el pulso latiéndome en los oídos mientras escribo y envío:
“Yo no sé jugar”.
Ansiosa por la respuesta, me levanto aún con la toalla y empiezo a caminar por la habitación, pero en lugar de responder con otro mensaje, el teléfono suena.
Hay muchos manuales que dicen que la mujer debe hacerse la difícil, dejarlo esperando, pero yo hablaba en serio cuando le dije a Atticus que no sé jugar, así que simplemente contesto.
—No es un juego. Sé tú misma.
—Si no es un juego, ¿por qué necesito reglas?
—Porque todo el mundo tiene límites.
Respiro hondo, asustada por lo que voy a decir.
—No quiero imponer reglas para los dos, salvo una: durante este mes que estaremos juntos, no salgas con nadie más. No acepto la traición.
—Está bien, pero vas a ser mía en todos los sentidos.
—¿Una relación de verdad?
—Llámalo como quieras. Durante treinta días, serás mía.
—Cuando se cumplan los treinta días, voy a hacer mi petición. La que mencioné cuando hablamos de nuestro acuerdo, en el bar.
—Hazla ahora.
—No.
¿Cómo podría, después de lo que dijo sobre Sylvie? Necesito descubrir qué cree saber sobre ella y solo entonces demostrarle que está equivocado.
—Al final de los treinta días, cumpliré esa petición.
—Júramelo, Atticus.
—Tienes mi palabra, Sabrina.
—En cuanto a nosotros, no sé si…
—Shhh… No pienses tanto. Deja que pase.
—No puedes tocarme dentro del restaurante.
—De acuerdo.
—Y no quiero el equipo para mi trabajo. He acumulado buenas propinas desde que empecé en Opa. Pronto podré comprar lo que necesito.
—Entonces, ¿cuál es la ventaja de estar conmigo?
—¿Eso es lo que sabes sobre las relaciones? ¿Crees que todo es un intercambio de ventajas?
— Sí .
—Digamos que mi premio es tenerte.
—No te enamores de mí, Sabrina.
—No lo haré. Quiero diversión y una conversación al final. Nada más. Buenas noches.
Corto la llamada antes de que él pueda responder, nerviosa por la trampa que acabo de tenderme a mí misma. Y, al mismo tiempo, nunca me sentí tan excitada. Voy a saciar el deseo que siento por él, conocerlo mejor y, después, hablaremos, y le contaré lo que sé sobre el amor de Thales y Sylvie.
Todo va a salir bien.
—No has dado señales de vida —dice April en cuanto atiendo el teléfono a la mañana siguiente.
Menos mal que hoy es mi día libre, porque pasé buena parte de la noche dando vueltas en la cama, inquieta.
Si en un diccionario hubiera una imagen de alguien que piensa demasiado cada decisión que toma, sería la mía.
Y seamos sinceros: lo que hice anoche no fue decidir si comprar o no unos zapatos que no entran en mi presupuesto. Me puse, durante treinta días, en manos de un hombre seductor, que no quiere compromiso y que, además, piensa lo peor de mi hermana.
Debería salir corriendo mientras aún estoy a tiempo, pero quiero vivir un poco. Además de la atracción casi descontrolada que siento por él, sé que puedo hacer que Atticus me crea sobre mi hermana. Solo necesito darle tiempo para conocerme.
¿Un mes de relación es suficiente?
Bueno, tendrá que serlo.
—Respondí todos tus mensajes —digo, algo incómoda, porque las llamadas internacionales son caras para mí.
—Dios, perdona mi falta de tacto, Sabrina. Olvidé lo caras que son las llamadas.
—Sí… Lo siento. Mi plan es bastante limitado y lo reservo para internet o mensajes.
—¿Cómo van las cosas?
Me muerdo el interior de la mejilla, nerviosa.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—¿Tan mal estás?
—Tal vez no mal, pero sí bastante confusa.
Desde el día en que nos conocimos, siempre nos escribimos cada mañana, aunque ahora ella ya esté de vuelta en Estambul, pero todavía no tengo la confianza suficiente con April como para contarle toda mi vida. Sé que Atticus y su marido son muy cercanos.
—Entonces déjame darte una buena noticia.
—Te escucho.
—Voy a contratarte para hacer el diseño del sitio web de mis floristerías, incluyendo un nuevo logotipo.
—¿Qué?
—Has oído bien.
—April, no…
—Oye, antes de que pienses que te estoy haciendo un favor, quiero que sepas que me encantó tu trabajo.
Kahraman también dijo que eres muy talentosa, y mi marido no suele elogiar sin motivo.
Aunque dijeras que tu portafolio está desactualizado, eres increíble, Sabrina.
Ophelia incluso ya te recomendó a una amiga suya, que es escritora.
Parece que quiere hacer una edición especial de un libro que publicó hace años y quiere hablar contigo sobre ilustraciones.
—¡Dios mío!
Siento que se me llenan los ojos de lágrimas, sin poder creer lo que está pasando.
Soy optimista, pero nunca conocí a alguien tan generosa como April.
—Júrame que no lo haces por lástima.
—No lo hago. Ni siquiera por amistad. Quiero contratarte.
—Está bien, tienes que explicarme qué estás pensando para el sitio y empezaré a hacer un boceto, pero debo advertirte que probablemente solo podré entregarte algo dentro de un mes.
—¿Por qué?
—En ese entonces tendré el dinero suficiente para comprar lo que necesito.
“Y también estaré fuera de Zarofu” , pero eso no lo digo.
—Te daré un adelanto.
—No. No puedo aceptarlo.
—¿Por qué?
—Me sentiría como si me estuviera aprovechando de ti.
—No digas tonterías. Haz una lista de lo que necesitas.
—No. Primero dime qué tienes en mente para el sitio. Así puedo hacerme una idea y también calcular el precio.
—De acuerdo, pero no infravalores tu trabajo porque somos amigas. Compórtate como si yo fuera una clienta normal.
—Está bien. Ahora cuéntame qué quieres.
Media hora después, no puedo borrar la sonrisa de mi cara. April quiere renovar toda su empresa. Es una oportunidad increíble para mí.
—Aún no me has contado qué te tiene tan nerviosa. Cuando atendiste dijiste que estabas en una situación confusa.
—Y vaya si lo es, pero hoy no quiero hablar de eso. ¿Podemos hacerlo otro día? Estoy tan feliz que temo que, si empiezo a contar lo que me preocupa, volveré a ponerme ansiosa.
—Está bien, siempre que recuerdes que no estás sola.
Cuando colgamos, cualquier rastro de sueño desaparece. Estoy llena de energía y, aunque sea solo una gota de esperanza en un océano, ahora veo una posibilidad para el futuro.