Capítulo 20
Cinco minutos.
Ese fue el tiempo que necesité permanecer sentado con Calliope en un bar frente al mar para tener la certeza de que, incluso si nunca hubiera presenciado la depravación de mi padre aquel día, en nuestra isla, y hubiera seguido en Lepaxos, jamás me casaría con ella.
Todo en la exprometida de mi hermano me irrita, desde la forma afectada en que se coloca un mechón de cabello detrás de la oreja hasta la manera en que sonríe, o incluso cómo finge beber el trago que pidió apenas llegamos.
La traje a un lugar lejos de mi restaurante, no porque desee privacidad con ella, sino porque quiero mantener el pasado distante de mi presente. Son universos que no permitiré que se mezclen.
Intento disimular cuánto me aburre su presencia y tal vez sea mucho mejor actor de lo que suponía, porque cualquiera que nos mire desde fuera creería que estamos en una cita, ya que Calliope parece completamente ajena a mi indiferencia, sonriendo y coqueteando conmigo y con todos los hombres a su alrededor.
Es plenamente consciente del poder de seducción que posee, pero, sea lo que sea que esté pasando por su mente, para su desgracia, soy inmune.
Desde que nos sentamos, nuestra conversación ha girado únicamente en torno a banalidades y, mientras la observo, imaginando una forma educada de deshacerme de ella, lo único en lo que puedo pensar es en mi empleada pelirroja saliendo a una cita con algún maldito afortunado esta noche.
Hoy estuve tan hipnotizado por Sabrina, mientras la observaba trabajar antes de la llegada de Calliope, que olvidé por completo la información que Acacia me había dado.
Y ahora, mi cerebro controlador (y aparentemente celoso) gira de forma obsesiva, imaginando a dónde la habrá llevado.
“¿Y eso por qué te importa?” , pregunta mi voz de la razón, pero la mando a la mierda.
Sé que, en cuanto me libre de mi excuñada, recorreré la isla como un maldito acosador hasta encontrarla.
Aún no logro entender qué demonios vino a hacer Calliope aquí. Las lágrimas que casi dejó caer en el restaurante hoy más temprano no han regresado, y su conversación, que no avanza, me está dando sueño.
Mirándola de cerca, no logro entender por qué Thales pensó en algún momento que podría casarse con ella. Mi hermano y yo teníamos temperamentos distintos, pero Calliope y Thales combinaban tanto como un desfile de moda en París con un safari en el desierto.
—Creo que ya es hora de que me digas qué viniste a hacer aquí —digo.
Ella abre la boca para responder, pero hago un gesto con la mano, indicándole que aún no he terminado.
—Como te dije cuando nos vimos en el funeral de mi hermano, lamento tu pérdida, pero hay profesionales calificados para ayudarte. No tengo tiempo ni paciencia para eso.
—No hay necesidad de ser grosero.
Cruzo las manos sobre la mesa.
—Casi no convivimos en el pasado y en realidad nos conocemos muy poco, Calliope. Créeme cuando te digo que todavía no he estado ni cerca de ser grosero contigo.
—Está bien. Iré directo al punto. Tengo una propuesta para ti —añade rápidamente, como si por fin se diera cuenta de que está perdiendo la batalla—. Puede que no lo creas, pero Thales y yo éramos felices.
Lo dudo, pero aún conservo suficiente educación como para no decírselo en la cara.
Durante unos cinco minutos, me relata los últimos meses junto a Thales y asegura que no tiene idea de qué salió mal.
Paso la mano por el cabello con impaciencia.
—Agradecería que llegaras al punto culminante de tu discurso.
La observo tomar aire.
—Sé cómo salvar los negocios de tu padre.
Contengo el impulso de poner los ojos en blanco.
Aquí vamos de nuevo.
Desde que me fui de Lepaxos, toda mi familia ha intentado convencerme de que asuma un compromiso con Calliope, como si elegir una esposa fuera como tomar una camisa del clóset... ¿Es bonita? ¿Está limpia? Entonces sirve. Para mi decepción, incluso mi abuela formó parte de ese plan ridículo.
—No.
—Ni siquiera has escuchado lo que tengo que decir.
—Tengo treinta y ocho años, Calliope. Estoy muy lejos de ser un niño.
No necesitas decir nada. Puedo adivinarlo.
Si fuéramos amigos, te aconsejaría que te ahorraras esta situación vergonzosa, pero no es el caso, así que lo dejaré muy claro para que no haya dudas: no tengo el menor interés en casarme y, aunque estuviera desesperado por tener herederos, desde luego no lo haría con una mujer que ha estado en la cama con mi hermano.
—No estás siendo práctico. No tiene la menor importancia con quién me haya acostado en el pasado. Sería una alianza de negocios.
—Nunca me han acusado de ser práctico. Vivo mi vida como me da la gana. La respuesta sigue siendo no.
—¿Y un compromiso?
Cuento mentalmente hasta diez y miro alrededor, solo para descubrir que hay un maldito paparazzi fotografiándonos.
—¿Lo trajiste tú?
Ella sigue la dirección que señalo con la cabeza y lo niega, pero su falsa inocencia no me convence.
—Me siguen a todas partes. No es mi culpa. Justamente por eso vine a verte.
—Creí que te encantaban los paparazzi.
—No cuando hablan de mí en los periódicos como si fuera basura.
—¿Has pensado en no exponerte tanto? Habría ayudado no dar entrevistas a revistas de celebridades.
—Necesitaba limpiar mi imagen. Sabes perfectamente quién fue Sylvie, Atticus.
¿Tienes idea de lo que significa para la autoestima de una mujer ser reemplazada por una prostituta?
Ya que no quieres casarte conmigo, al menos comprométete conmigo por seis meses.
Cuando termine el plazo, rompemos, por supuesto, y yo seré quien termine la relación.
Si haces eso, convenceré a mi papá de ayudar a los negocios de tu familia.
Todos ganamos. Yo recuperaré mi orgullo y tus padres seguirán siendo ricos.
—Tengo dinero suficiente para mantenerlos en una vida lujosa hasta el día en que abandonen este mundo.
—No se trata de dinero, se trata de estatus social. Tu madre será relegada al ostracismo si no aceptas nuestro compromiso.
—Debo admitir que tu plan es excelente —digo.
—¿En serio?
—Sí. El único problema es que me importa un carajo la opinión de la alta sociedad. No va a suceder, Calliope. Nunca tendremos ningún tipo de compromiso, sea real o falso.