Capítulo 39
Jasmin
A de ARTHUR
Para mí, el amor todavía comienza con una sola letra, a.
No porque realmente sea así, sino porque es con ella que empieza su nombre.
A de Arthur.
A de amor.
Todo empieza a salir mal.
Mi vuelo se retrasa. Ocho malditas horas.
Y la aerolínea todavía dice que no me queda más que esperar, así que me siento en una de las malditas sillas del aeropuerto y espero, y espero, y espero, hasta descubrir que no podré embarcar en el vuelo retrasado ocho horas, sino que tendré que subir a otro, ¡esto tiene que ser una jodida broma!
—Señorita, necesito ir a Nueva York, usted no entiende... pagué este vuelo, necesito ir hoy mismo, no puedo esperar.
—Igual que todos los demás —dice la empleada en el mostrador de check-in, mascando chicle.
Lleva horas con eso en la boca, ¿no se cansa? De joderle la vida a los demás, no, ni del chicle al parecer.
—En serio, esto no es justo. Tengo un compromiso muy importante, ¡una entrevista de trabajo! —Invento la excusa en el último momento.
—No tengo la culpa de lo que pasó y tendrá que esperar.
—Podría al menos tener un poco más de empatía, ni siquiera le importa lo que me pasa.
Me mira de arriba abajo y realmente no le importa en absoluto. Tal vez si fuera de primera clase ya me habrían colocado en otro vuelo enseguida, pero como no lo soy, le importa una mierda mi problema.
Tengo ganas de montar un escándalo, pero la verdad es que no servirá de nada.
Abandono la idea de seguir suplicándole y continúo pudriéndome en el maldito aeropuerto hasta que nos llevan a un hotel, porque al parecer uno de los pasajeros es abogado y logró asustar a la compañía.
Recupero mi dignidad con una buena ducha y consigo un asiento en el próximo vuelo hacia Nueva York.
La verdad sea dicha, este es un problema de lujo, tal vez el primero que tengo en la vida, en el que estoy furiosa porque mi vuelo a Estados Unidos está retrasado.
Sí, creo que eso puede considerarse una queja de privilegiada.
Embarco radiante, con el ánimo renovado.
Ya no puede salir mal nada a partir de aquí, porque en cuestión de horas estaré en suelo estadounidense, a punto de encontrarme con mi Adonis, un monumento, una maravilla del mundo moderno, un espectáculo único e imperdible, que me va a follar con ganas y hará que grite, que grite muchísimo, para olvidarme de toda esta mierda de imprevistos.
Gritar hasta quedarme ronca.
Gritar hasta que me cubra la boca y me muerda el culo.
O me golpee el coño para que arda deliciosamente.
Y me folle con tantas ganas que todo Manhattan sienta envidia.
Eso mejora mi humor. ¡Joder, lo mejora muchísimo!
Sonrío pensando en todo eso, con el coño latiendo, aunque comportándose como una chica paciente.
El sueño me vence y me echo una siesta durante el vuelo.
Por desgracia, mi compañero de fila ronca como un tractor que necesita mantenimiento, pero como ya dije, estoy de buen humor.
Ni dormir poco logra estresarme. ¡Todo va a salir bien!
Pues no.
Llego al JFK y descubro que mis maletas desaparecieron. Sí, se evaporaron en el aire, probablemente por culpa del bendito vuelo retrasado en el que no tuve oportunidad de ser reubicada. La aerolínea literalmente se pasa mis reclamos por el culo y dice que me reembolsará si mi equipaje no aparece.
Genial.
Perfecto.
Al menos estoy en Nueva York —piensa positivo, Jas.
Empujo mi maleta de mano por el abarrotado hall del aeropuerto, después de pasar inmigración y mostrar la carta que comprueba que voy a quedarme en el apartamento de un amigo, en este caso Levi, porque él es la única persona que sabe que estoy llegando.
Busco en nuestra conversación algún mensaje donde me haya pasado la dirección, pero no encuentro nada.
—¡Mierda! ¿En serio no pensé en pedirle la dirección antes? ¿Qué demonios tenía en la cabeza?
Decido enviarle un mensaje a Arthur. Aunque vaya a arruinar la sorpresa, no quiero molestar a sus amigos, después de todo ya son las dos de la madrugada.
¿Puedes pasarme tu dirección?
Como no responde, intento llamarlo. La llamada va directo al buzón de voz.
Por desgracia, después de dos horas todavía no responde y me veo obligada a recurrir a Maverick, ya que ni Levi vio el mensaje que le envié. Le pido la dirección de Arthur y ella responde pocos minutos después, lo que me deja aliviada.
Pensé que tendría que encontrar un hotel a último momento.
Tomo un taxi y doy la dirección.
Después de unos treinta minutos, creo, no comprobé si fue exactamente eso, puede que haya sido más o menos, da igual, me bajo frente a un lujoso edificio en la zona central, la más movida y aparentemente elegante.
Levanto la vista hacia la cima del edificio, que parece no tener fin, y dejo escapar un silbido bajo.
—Joder... él vive aquí. ¿Cuánto dinero tiene realmente este hombre?
Ya sabía que era muchísimo, pero a este nivel es simplemente una locura.
Me quedo quieta un rato, procesándolo todo. Una lluvia fina empieza a caer y, de repente, se vuelve más fuerte, empapándome por completo.
Corro hacia la entrada de enormes puertas giratorias y, chorreando agua, accedo al vestíbulo. Veo de reojo que los guardias me miran mal y las personas de recepción también.
Vale, esto es complicado de explicar.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —pregunta amablemente el hombre de recepción.
—Vine a buscar a Arthur Silva.
Entrecierra los ojos y pregunta con desconfianza:
—¿El señor Silva sabe de su llegada?
—No, es una sorpresa.
La desconfianza aumenta y ni siquiera puedo juzgarlo, porque cada vez que respondo sueno más como una periodista buscando una exclusiva o algo así, alguien que no debería estar aquí.
—Lamentablemente no puedo dejarla pasar.
—¡Llame a Maverick, a Aslan o a Levi, juro que estoy aquí por una buena razón!
Vacila. Veo que reconoce los nombres. Entonces toma el teléfono e imagino que está llamando a alguno de ellos. Habla en voz baja con quien responde y dejo escapar un suspiro aliviado cuando asiente y sonríe.
—Me informaron que puede entrar. Uno de ellos vendrá a acompañarla, ¿de acuerdo?
—¡Muchísimas gracias!
El hombre cambia por completo y dice con una sonrisa:
—No hay de qué, señorita.
Me siento en uno de los lujosos sillones, mojando el mueble con agua. Después de saber que soy bienvenida, nadie vuelve a mirarme mal. Banda de farsantes de mierda.
—¡Jasmin! —Maverick aparece en todo su esplendor pelirrojo, reluciente, brillando como un ángel.
Corre hacia mí y me abraza con fuerza, como si fuera su mejor amiga y nos conociéramos desde hace años.
—¡Mavs! ¿Cómo estás?
—Chica, yo estoy bien, pero tú... ¿qué te pasó? Parece que te atropelló un camión, luego te pasó un tren por encima y todo eso mientras llovía —comenta, girándome para observarme mejor.
—Si eso hubiera pasado, creo que estaría mejor. Y para rematar, la aerolínea perdió mis maletas y solo tengo la ropa de la maleta de mano. Por suerte metí más de un cambio. —Su mirada viaja hacia la maleta y luego vuelve a mi rostro.
—Creo que es este lugar. Cuando llegué aquí, me robaron la maleta. Estoy convencida de que esta manzana está maldita, no hay otra explicación.
—Pero las mías se perdieron en el aeropuerto.
—¡Precisamente para que no llegaran hasta aquí! ¿No lo ves?
Decido no llevarle la contraria, mi madre siempre decía que no se contradice a los locos.
—Vale, puede tener sentido.
Maverick sonríe, olvidando el asunto, y me toma de la mano hasta el hall de los ascensores. Apenas entramos en uno, pulsa el botón del piso treinta.
—Arthur vive en el mismo piso que Aslan.
Mavs me recuerda a Mali. Es tan bueno tener otra amiga sincera en mi vida.
Las puertas se abren y ella avanza con gracia hasta uno de los apartamentos del piso. En realidad, solo hay dos. Esto debe costar una fortuna, tan caro que jamás sabría escribir la cantidad de ceros.
—El apartamento de Arthur es este. La contraseña es 2407.
—Abro la boca sorprendida. Es la fecha de aniversario de nuestra relación—.
Por tu cara, creo que conoces esos números.
Los hombres del club tienen esa tendencia a sorprendernos de manera positiva.
Ponte cómoda, voy a avisarle a Levi que llegaste, creo que ese cabrón debe estar viendo alguna comedia romántica.
—Arthur no...
Maverick no me deja terminar de hablar.
—No está, porque intentaron hablar con él y creo que todavía no ha llegado, ya que Levi entró aquí hace una hora y él no estaba.
—Ah, entiendo. ¿Y no le molestará que entre sin él?
—Claro que no. Si no se enfada con Levi, que considera este lugar como su segunda casa, dudo muchísimo que se enfade contigo, que eres el amor de su vida.
Sonrío al escuchar eso. Oír a alguien decir que soy el amor de la vida de Arthur me conmueve.
Maverick sonríe y cierra la puerta.
Me encuentro en el interior de aquel lugar opulento.
Todo aquí es tan sobrio, elegante, ordenado, pero tan Arthur... incluso los robots aspiradores repartidos por el lugar, deslizándose sobre el suntuoso piso de madera.
Siento que si estiro la mano y rompo algo, tendré que vender un riñón para pagarlo.
La cocina es digna de un chef, con electrodomésticos de última generación en acero inoxidable, una enorme encimera de granito donde en el centro hay un grifo, además del otro que está en la barra donde se encuentra la cocina vitrocerámica.
Los armarios son blancos y contrastan con los tiradores azul turquesa.
En la sala, un sofá del mismo tono que los tiradores separa los ambientes debido al espacio abierto. El mueble está orientado hacia la vista exuberante, destacando los edificios de Manhattan gracias a la pared de cristal.
Arthur no necesita cuadros.
Ni muebles demasiado elaborados, porque con una vista así, nada más importa.
—Uaaaaaaau —suspiro.
Y es como si estuviera cometiendo un crimen al ver todo esto sin su presencia, porque algo me dice que le habría gustado explorarlo conmigo y ver mis reacciones.
Tener esa certeza me detiene a mitad de las escaleras hacia el segundo piso.
Contengo las ganas de ver su habitación, cómo es, qué tipo de sábanas le gustan, cómo organiza su vestidor, porque siento que estaría invadiendo su espacio.
Retrocedo varios pasos y regreso a la sala, observando los simples objetos decorativos que parecen absurdamente caros.
Quisiera que las personas que dudaron de él pudieran ver dónde está ahora. Apostaría a que se quedarían aterradas.
Vuelvo a explorar el ambiente de la planta baja, pasando los dedos por las superficies, en una caricia de reconocimiento, intentando memorizar la disposición de todo lo que le gusta. Paso tanto tiempo así que hasta olvido que estoy mojada.
Saco ropa limpia de la maleta de mano, lencería y artículos de higiene.
Salgo en busca del baño y encuentro uno con ducha en esta planta, además del aseo.
Para mi sorpresa —o no— veo las toallas de repuesto perfectamente dobladas en uno de los armarios.
Me doy una ducha muy caliente que alivia la tensión de mis hombros y vuelvo a la sala, secándome el cabello antes de peinarlo.
Me siento en el sofá y me pierdo en la vista.
Intento llamar algunas veces más y va directo al buzón de voz, ni siquiera llega a sonar.
—¿Habrá pasado algo? —me pregunto.
Casi me da un infarto cuando la puerta se abre de golpe y unos pasos pesados alteran mi ritmo cardíaco.
Ni siquiera sé si debo girarme, no puede ser Arthur, él no entraría así.
Entonces, cuando vuelvo el rostro, lo hago con muchísimo, muchísimo miedo, solo para encontrarme con un Levi pálido, como si hubiera presenciado un evento paranormal.
—¡Jas, pasó algo! —dice respirando con dificultad, con los ojos muy abiertos.
Miro su pijama de elefantes y contengo la risa, porque la desesperación en su rostro es evidente, pero ver los dibujos termina haciéndome reír. No quiero hacerlo, pero es inevitable.
—¿Cómo que pasó algo?
—Arthur embarcó rumbo a Brasil.
Eso hace que me levante de inmediato.
—¡Tienes que estar bromeando conmigo!
—No, logró resolver los problemas que rodeaban a la empresa y fue a Brasil... detrás de ti. Solo lo descubrí porque le pregunté a una conocida en la aerolínea. No le avisó a nadie, ¡simplemente se fue!
—¿Cuándo?
—Hace unas ocho horas.
—Dios mío... —murmuro.
—¿Y ahora? —pregunta.
—Espero. Un día más o uno menos no cambiará nada.
Levi deja salir el aire aliviado y esboza una sonrisa torpe.
—Solo espero que no me mate por no haberle dicho que venías.
—En cualquier caso yo te protegeré.
—Gracias, eso me ayudará muchísimo. —Probablemente sabiendo que quiero quedarme un poco sola, añade—: Voy a volver a mi apartamento, cualquier cosa llámame, ¿de acuerdo?
—Levi... —lo detengo unos segundos antes de que salga— muchas gracias por venir a avisarme.
—No hay de qué, ahora eres parte de la familia.
Vuelvo a desplomarme en el sofá y, después de tanto tiempo con el corazón acelerado, me quedo dormida. Aferrada a un cojín impregnado con el olor de Arthur, tranquila al saber que, a pesar del desencuentro, esta es nuestra segunda oportunidad y voy a aprovechar cada segundo de ella.