Capítulo 37
Jasmin
A de AFLICCIÓN
La aflicción que siento. El terror de haberle dicho adiós a todo lo hermoso que viví es aterrador.
Hace un año.
Un año desde que terminé con Arthur.
Tal vez no nacimos para estar juntos y está bien, voy a mejorar. Tengo que mejorar.
Hace dos semanas que Arthur se fue.
Catorce días que parecieron una eternidad.
Ni siquiera sabía que eso era posible.
Hablamos poco, por diversos motivos, entre ellos el trabajo.
Estoy intentando de todo para dejar las cosas en orden antes de viajar, pero creo que todavía me llevará un mes, ya que es el momento más delicado para los cultivos y no puedo dejar tirados a quienes confiaron en mí.
Además, encontrar a alguien que me sustituya se está volviendo cada vez más difícil.
La mayoría de mis conocidos de la facultad ya están trabajando en haciendas gigantescas, tan grandes como la de Tomás, y se establecieron en las ciudades donde trabajan; algunos incluso tienen familia, así que no puedo pedirles un favor tan grande.
Mi última esperanza es una chica que trabaja a unos doscientos kilómetros de Acácia. He estado investigando cómo van las cosas y parece estar bien. Aun así, sigo sintiéndome algo tensa a la hora de pedirle que ocupe mi lugar.
Sinceramente, no sé qué voy a hacer.
Tomás estará bien sin mí, hay varios agrónomos en las demás haciendas del grupo, pero ¿y los pequeños, los que solo cuentan conmigo? No puedo decepcionarlos, sobre todo porque la mayoría me vio crecer y son amigos de mi familia desde hace décadas.
Si fuera un poco menos responsable, viajaría sin importarme nada, pero no soy así y nunca lo seré. Mi conciencia acabaría conmigo.
Así que solo me queda esperar que funcione con ella.
Recibo una videollamada de Arthur, lo que aparta esos pensamientos de mi cabeza. El problema es que estoy tan cansada, por la doble jornada para poder con todo, que me quedo dormida. Otra vez. Creo que esta ya es la quinta vez que me duermo hablando con él.
No puedo seguir así.
No hay manera.
Por desgracia.
Una semana después tengo una gran noticia.
— Hola, Jasmin, me dijeron que me estás buscando.
Casi no puedo creer quién me está hablando.
— ¡Maitê, qué sorpresa!
Mientras la conversación avanza, le hablo sobre la oportunidad de trabajo en Acácia y la cantidad de productores para los que trabajo.
Comento mi objetivo de ayudar a los pequeños agricultores haciendo más accesibles mis conocimientos.
Ella escucha todo con atención y, al contrario de lo que imaginé que haría, se entusiasma mucho con la idea.
— Eso es muy lindo de tu parte, Jas. De verdad.
— Entonces, ¿qué dices?, ¿puedes ocupar mi lugar?
— ¿Es algo temporal?
— Todavía no lo sé, pero si te gusta, no voy a interponerme. Mi vida está a punto de cambiar y no sé si voy a poder cumplir con mis compromisos como necesitan de mí.
— Entiendo. Puede ser, acepto. No tengo nada que perder.
Suelto un suspiro tan aliviado que estoy segura de que lo escucha del otro lado de la línea.
— Perdón — me disculpo al oír su risa.
— Creo que la situación estaba complicada para ti si te alivió tanto que aceptara.
— No tienes idea de cuánto.
— ¿Cuándo puedo ir?
— Cuando quieras.
— Perfecto, la semana que viene estaré ahí. Necesito una semana para reunir todos los datos y lo que haga falta, después podrás seguir tu camino.
— ¡Muchísimas gracias, Maitê!
— Tranquila, no es por ti. La verdad quería cambiar de aires y quedarme donde estoy no me traerá ningún futuro.
— Nos vemos la semana que viene.
— Perfecto, hasta luego.
Maitê llega a Acácia con maletas y todo, ansiosa por trabajar, lo que me hace muy feliz.
Durante los siete días siguientes, le explico todo desde el principio mientras recorremos las haciendas. Maitê toma notas y hace preguntas que facilitan mucho las cosas. Con todo el ajetreo, apenas tengo tiempo para hacer algo más que dormir, por eso Arthur y yo casi no logramos hablar.
Los compromisos nos lo impiden.
Pero, a diferencia del pasado, cuando tardé demasiado en actuar, hoy ya no tengo tantos obstáculos.
—¿Te vas para allá?
—Sí, la próxima semana.
Mali empieza a llorar y rodea el mostrador para abrazarme, mojando la camiseta que llevo puesta.
—Por favor, amiga, ¡no te vayas! ¡Voy a quedarme sola!
—No te quedarás sola. Tienes a mi abuela.
—¡Ella no es mi mejor clienta!
Maria Alice llora con ganas y yo me divierto al notar la razón por la que quiere que me quede.
—¿En serio solo quieres que me quede por las ganancias de tu negocio, desgraciada?
—¿Y por qué más sería? —Levanta la cabeza, con las lágrimas de cocodrilo casi secas.
Hija de...
—¡Idiota!
—Jas, sabes que no es por eso, no del todo. Espero que encuentres allá lo que buscas, amiga, y que seas feliz.
—No voy a quedarme para siempre. Solo necesito asegurarme de que ese hombre siga siendo mío.
—Claro que no, yo solo no sabía qué decir. Y hablas como si alguna vez hubiera dejado de serlo. Creo que esto es amor de otras vidas.
—¿Crees en esas cosas?
—No creo ni dejo de creer, soy flexible.
—Perfecto, entonces sírveme una jarra de cerveza.
Mi amiga pone los ojos en blanco y me entrega el pedido.
El sonido sobre la puerta resuena y noto que mira hacia la entrada haciendo una mueca. Cuando me giro, veo a Tomás y su sonrisa de siempre, aunque esta vez está más rígido, casi incómodo. El hombre se mueve despacio y se sienta a mi lado, pidiendo una cerveza también.
—Entonces, ¿cómo van las cosas?
—Bien. ¿La agrónoma que encontré está dando la talla?
—Extrañamente, sí.
—¿Extrañamente?
—Estuve tentado a tratarla con indiferencia por tu culpa, para que volvieras, pero me di cuenta de que sería dispararme en el pie, así que estoy dejando que haga su trabajo sin molestarla.
—Por fin —gruño—. Y si haces que renuncie, voy a patearte las bolas hasta que desaparezcan dentro de ti.
Tomás se ríe.
—Te creo capaz de cumplir la amenaza.
—Qué bueno, porque sabes que podría hacerlo fácilmente.
Los dos nos reímos de la situación y él baja la cabeza, cubriéndose el rostro con el sombrero. Parece más relajado, mucho más tranquilo a mi lado, que cuando todavía intentaba retomar una relación que no tenía futuro.
—Pensé que nunca podría tomarme una cerveza así contigo, sin esperar algo más. Pero creo que ese día llegó, y eso es bueno. Jodidamente bueno.
La campanilla vuelve a sonar y otra mueca de Mali activa mi alarma interna. Decido no girarme esta vez y me recibe la voz grave de Bruno, el dentista buenísimo. Creo que esta noche fue declarada la reunión de los hombres con los que me acosté en los últimos meses.
Aunque...
La lista es mucho más larga; menos mal que no vinieron todos, el bar de Mali no tendría espacio para tantos.
—Hola, Jas —saluda, sentándose a mi lado.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Excelente —responde.
El ambiente se vuelve pesado, creando una situación incómoda, aunque una con la que puedo lidiar. La verdad es que tengo el modo me importa una mierda activado.
—¿Y ya le avisaste a la abuela, Jas? —pregunta Mali, intentando romper la tensión.
—Sí, ya.
—¿Y se lo tomó bien?
—Por increíble que parezca, mejor de lo que imaginé.
—Tu abuela es increíble.
Le encantó la idea de que le diera una sorpresa a Arthur. Creo que, en el fondo, la abuela solo quiere librarse de mí y de mi exceso de preocupación por ella. Esa vieja siempre tiene motivos para todo.
—No me sorprendería que cuando vuelva descubra que hizo una fiesta con gogós en casa. O que pasó madrugadas enteras coqueteando con hombres en el forró.
—Ojalá me invite a participar —divaga mi amiga—. Sería genial divertirme un poco, creo que lo necesito.
Los dos hombres con nosotros se ríen, porque saben que mi abuela es lo bastante descarada como para hacer eso. Sería mucho más sorprendente que se comportara y no hiciera nada que pudiera considerarse atentado al pudor.
—¿Puedes vigilarla por mí? Cualquier cosa, llámame. Es la primera vez en mucho tiempo que me alejo de ella por más de dos semanas.
—Descuida, cuidaré de ella, de Mary, de Sara y de John. Por cierto, ¿de verdad vas a hacer eso?
Con eso, Mali se refiere a dejar que uno de los vecinos se quede con Sara Lee.
Me prometió que la cuidará muy bien y que tendrá mucha compañía.
Desde hace tiempo noto la soledad de la vaca y sé que podrá volver a casa cuando quiera, porque voy a abrir la cerca que separa nuestras tierras, así que no es el fin del mundo, solo el curso natural de las cosas.
No podía quedarme con Sara para siempre sin tener en cuenta su bienestar.
—Lo haré. Es lo mejor.
—Definitivamente lo es.
Pago las cervezas que tomé y también las de Tomás y Bruno. Ellos agradecen y, al irme, siento que las cosas están exactamente donde deberían estar, por primera vez en décadas.