Capítulo 34
Jasmin
A de AMAR
— Un día el amor se acaba.
— No. Cuando amas a alguien, no es así como funciona.
— Amar es mutable, Arthur.
— Para mí, no lo es.
— Qué pena. No puedo hacer nada.
— Vamos a dar una vuelta por la ciudad, ¿quién quiere acompañarnos? —pregunta Maverick.
— Yo no quiero, voy adonde vayan Jas y Arthur.
Veo la mirada que Mavs y su prometido intercambian.
— Levi —sisea Maverick—. Estoy segura de haberte oído decir que necesitabas ropa nueva y que ibas a comprar recuerdos para tu familia.
— ¿En serio? ¿Cuándo dije eso? —Aslan le da un codazo al amigo, que aun así no entiende. Son tan sutiles como elefantes—. Joder, Aslan, ¿por qué me golpeaste?
— Para escribir guiones increíbles eres inteligente, Levi, pero en otros campos, tu estupidez duele —murmura Marlon, tomando sus cosas y saliendo de la posada.
— ¿Qué quiso decir con eso, uh? ¿Qué dijo Marlon? —Mira a todos en busca de respuestas.
Nadie se atreve a decir nada.
Pero veo cuando Maverick pasa junto a él y engancha su brazo al suyo, llevándoselo con ella. Aslan se acerca a nosotros, un poco apartados del grupo, y le da unas palmadas cálidas en la espalda a Arthur.
— Perdón por eso, ya sabes lo lento que es. Me sorprendería que con la edad Levi se volviera más listo para estas cosas. —Se despide de mí con un gesto y se marcha enseguida.
— Aslan es el más serio de ustedes, ¿verdad? —comento.
— Si lo hubieras conocido antes de que Maverick apareciera en nuestra vida, ni siquiera lo reconocerías.
Solo pensaba en trabajar, era gruñón, nada estaba realmente bien para Aslan Gürsoy.
Entonces Maverick apareció, manchó su impecable sofá blanco con tinte rojo para el cabello y la historia de los dos comenzó.
Viéndolo ahora, desde una perspectiva totalmente nueva, creo que él jamás habría vivido de verdad si ella no le hubiera abierto los ojos con su inesperada locura.
— ¿Cambió de forma tan drástica?
— Muchísimo.
— Los dos no saben ser sutiles... —murmuro.
— Eso fue culpa mía, porque más temprano les pedí que me dejaran tener más tiempo a solas contigo.
Además, no aceptaste aquella apuesta, pero sigo queriendo muchísimo tener citas contigo, Jas.
De las que sales sin hora para volver, sin ninguna preocupación más que disfrutar de la compañía del otro y, si ellos seguían orbitando a nuestro alrededor, no tendría cómo dar el primer paso.
Miro a Arthur, con todas mis terminaciones nerviosas respondiendo a su proximidad, a la sinceridad que gotea de cada palabra y a la forma en que me observa, analizando cada mínima reacción mía.
Si se concentrara, podría escuchar mi respiración errática.
Y sería capaz de contar los frenéticos latidos de mi corazón.
Así como sentir el calor que emana de mi piel.
Síntomas malditos que no consigo contener.
— Yo... yo... —tartamudeo, porque el olor de su perfume me congela los pensamientos.
— Espera, antes de decir cualquier cosa, voy a buscar algo.
Arthur se aleja y minutos después regresa sosteniendo una cesta de pícnic.
— No puedo creer que hayas preparado esto.
— Claro que sí y tiene todo lo que te gusta.
Abre la tapa y veo que realmente aún me conoce muy bien. Arthur puso tostadas, mermelada, jugos, café, quesos de varios tipos y una botella de vino.
— Pensé que todo aquello era solo para reconquistarme, que no hablabas en serio, quiero decir... que ya no importaría después de que nos —hago una breve pausa— acostáramos.
Arthur me contempla con tanta intensidad que, incluso sin respuesta, presumo lo que le gustaría decir.
— Como si eso fuera lo único que busco.
— Te irás pronto. Tu vida ya no está aquí.
— Mi vida está donde yo quiera que esté.
— No es tan simple y lo sabes, tienes responsabilidad con las personas que trabajan para ti.
— ¿Podemos dejar los asuntos profesionales para otro día? Hoy solo quiero disfrutar contigo, como un hombre disfrutaría con una mujer. Nada más que eso, nosotros dos, en el ahora, sin revivir el pasado, sin intentar descifrar el futuro. Solo el presente, tuyo y mío.
Me muerdo el labio inferior; quisiera que me dijera que estoy equivocada, que no me dejará aquí y volverá solo dentro de otras dos décadas, pero eso no es lo que Arthur hace; en realidad, esquiva la respuesta y yo le permito hacerlo al responder:
— Está bien. Hagámoslo así.
— ¿Aceptas disfrutar de un pícnic conmigo, bella dama? —Su reverencia ensayada me desarma.
— Voy contigo, ¿no? —pregunto con ironía mientras me subo al asiento del pasajero, mientras Arthur rodea el jeep que alquilamos directamente en la posada y empieza a conducir hacia las dunas.
El trayecto en sí no tarda mucho y él se detiene exactamente donde nos despedimos hace dos décadas.
El simbolismo de su elección hace que mi corazón lata con fuerza y mi estómago se revuelva ante las decenas de preguntas que flotan a mi alrededor.
Ni siquiera entiendo por qué sigo con esto, con este involucramiento, cuando conozco el final.
Ya pasé por esta obra antes.
Ya viví una ruptura que me destrozó.
Entonces, ¿por qué demonios invierto mi tiempo en una relación condenada al fracaso?
— ¿Lo recuerdas? Porque yo lo recuerdo muy bien.
Arthur interrumpe mis pensamientos.
— ¿Y cómo olvidarlo?
Fue la última noche que pasamos juntos. No lo olvidaría ni aunque me borraran la memoria.
— Éramos tan jóvenes, pero cargábamos un peso enorme sobre los hombros. El mío ni siquiera se compara con el tuyo, pero aun así éramos demasiado jóvenes para esos dilemas y tomamos decisiones complejas en cuestión de minutos.
— No hay forma de volver atrás. ¿Y no fuiste tú quien dijo que olvidaríamos el pasado durante este pícnic?
Arthur ríe con incomodidad.
— Sí, tienes razón.
Empieza a colocar las cosas sobre la manta rosa de pícnic, prueba algunas frutas y luego sirve jugo en dos vasos, entregándome uno.
— ¿Quieres hablar de algo en específico?
— ¿Qué es lo que más te gusta hacer en tu tiempo libre?
— Ver Sex and the City.
— Solo puedes estar bromeando conmigo.
— No estoy bromeando. Pero si le cuentas eso a mis amigos, que quede claro que lo negaré hasta la muerte, me importa una mierda. ¿Y tú, qué haces?
— Bebo con Mali en su almacén y últimamente teorizamos sobre quién ganó un premio de lotería hace diez años. Según Maria Alice, fue una fortuna millonaria.
— ¿Quién crees que ganó? Parece que la ciudad no cambió en nada y las personas siguen siendo las mismas de siempre. Si alguien ganara tanto dinero de repente, ¿ni siquiera pensaría en mudarse? También pudo ser alguien de otra ciudad, que solo estaba de paso por Acácia.
— Es verdad. Y el premio puede cobrarse en cualquier banco de la red, eso también.
— Para mí es un misterio. Si en diez años nadie lo descubrió, nunca lo sabrán.
— Lo más extraño es eso, no tener ninguna pista... Porque fue la lotería de Año Nuevo y la persona ganó sola.
— Joder, qué envidia, imagina la tranquilidad que debe tener. No necesita trabajar, solo dejar que el dinero trabaje por ella.
— Si fue lo bastante inteligente.
— Eso es verdad.
El silencio reina durante unos minutos mientras admiramos los cambios que el viento provoca en las dunas. La brisa arenosa acaricia nuestra piel y un sabor nostálgico flota en el aire.
— ¿Con cuántas mujeres saliste a lo largo de los años?
— ¿Esa es una pregunta válida o una pregunta con potencial de enojo? ¿Ese tipo de pregunta que, no importa lo que responda, va a darte motivos para pelear conmigo?
— ¡Yo nunca hice eso!
— ¡Claro que sí, muchas veces!
Tomo un pedazo de pan con queso y le doy un mordisco, intentando disimular.
— Es una acusación falsa.
— Sabes que no, Jasmin. Muchas veces me preguntaste cosas como: esa chica es linda, ¿saldrías con ella?
Si respondía que no, me decías si acaso había pensado algo así y, si respondía que sí, misericordia, el infierno caía sobre la tierra, porque me acusabas de querer dejarte.
Esas preguntas eran tramposas y, dependiendo del momento del mes, traicioneras como mordidas de serpientes escondidas entre el pasto.
— ¿Dependiendo del momento del mes?
— Prefiero no extenderme en el tema.
— Está bien, pero la pregunta que hice es normal, puedes responder sin miedo.
— No las conté. Ni siquiera tendría cómo.
— ¿Fueron tantas así? ¿Cómo tienes el descaro de admitir que te convertiste en un mujeriego?
— No era una pregunta normal.
— Tonto tú por creerme.
Él se echa a reír y el silencio vuelve a extenderse de manera cómoda mientras comemos algunas de las cosas que trajo y disfrutamos de la tranquilidad del lugar.
— Ya me había olvidado de cuánto me gusta este sitio.
Tengo tanta curiosidad por su tiempo lejos de aquí que me descubro hablando con la mano frente a la boca mientras mastico el trozo de pan.
— ¿Cómo conociste al grupo del Club de los Magnates? Y joder, qué nombre tan idiota, tienes que admitirlo.
Arthur ríe, lanzándose una uva a la boca mientras contempla las dunas. La sombrilla que trajo crea una sombra agradable y, por más caluroso que esté el día, con el viento canalizado por las montañas de arena, la corriente de aire es simplemente magnífica y suaviza el verano.
— No eran magnates, eran tan pobres como yo. Creo que tuvimos una racha de suerte y nos fue bien.
— Yo no lo llamaría suerte, eso fue esfuerzo y tarde o temprano el esfuerzo tiene que ser recompensado.
— Aun así se siente extraño. Vivo en un lugar increíble, pero me siento fuera de lugar. Tengo todo lo que siempre soñé y aun así persiste la sensación de que me falta algo. A veces creo que es ingratitud de mi parte no agradecer todo lo que me fue dado.
— ¡Cuánta queja de barriga llena!
— ¿Ves? Por eso creo que es ingratitud.
— Odio que te des cuenta de tu propio error y lo admitas antes de que yo pueda usarlo en tu contra.
— Ya cometí demasiados errores en la vida y la mayoría no tuve el valor de asumirlos.
— No creo que debas preocuparte por eso. Todo el mundo se equivoca, es humano, por más cliché que suene decirlo.
Arthur fija sus ojos en los míos. Su atención pone la piel de gallina, la sensación recorre mi columna y me hiela todo el cuerpo.
— Jas...
— Ese tono me da escalofríos.
Él ríe.
— Solo quiero hacerte una pregunta.
— Dime.
— Ya que esta es una conversación honesta, ¿te habrías ido conmigo si tu madre no hubiera estado enferma?
Niego con la cabeza.
— No, porque solo te habría frenado. Además de la visa, el dinero que necesitaría, habría muchos factores involucrados y, aunque hubiera podido ir, solo me habría quedado tres meses y luego tendría que volver.
Habríamos vivido un romance a distancia y eso te habría privado de muchas cosas.
Nunca quise atarte, sabía que tu potencial era conquistar el mundo y lo lograste, así que ni aunque pudiera volver en el tiempo creo que habría tomado una decisión diferente.
—A diferencia de la calma que sostuvo hasta ahora, su expresión se llena de desánimo y me siento obligada a reforzar mis palabras—: Fue eso lo que te llevó tan lejos, Arthur, deberías sentir orgullo de todo lo que conseguiste.
— También conseguí muchos problemas.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Que nunca dejé de pensar en ti y que no conseguía involucrarme de verdad con nadie precisamente por eso.
Mi intento de hacer que salieras conmigo, de que tuviéramos planes románticos, fue porque sabía que para llegar de nuevo a tu corazón tendría que lidiar con tu enojo y reconquistarte poco a poco.
— ¿Qué te hizo creer que serías capaz de reconquistarme?
— Nunca estuve seguro de nada.
— Entonces ¿por qué insististe?
— Porque no importa cuántos años hayan pasado, todo lo que soy capaz de ver antes de dormir es tu rostro y es con él con el que me encuentro al despertar.
Creo que en ninguno de estos malditos veinte años dejé de amarte, Jasmin.
—Sus palabras crean una sinfonía única en mi corazón—.
Por eso el nombre de la empresa, la mariquita, para recordarme una época en la que era plenamente feliz.
Ni siquiera podía llevar mujeres a mi apartamento por tu culpa, porque si tú no lo veías, ¿qué sentido tenía mostrárselo a otras?
¿Entiendes lo que quiero decir? —El brillo perturbado en sus ojos, ante la mera posibilidad de que yo diga que no, me impulsa a asentir—.
Cuanto más intentaba huir del sentimiento, más grande se volvía, porque siempre fuiste tú, Jas, y seguirías siéndolo aunque nunca volviera a verte.
—Arthur suspira y sonríe de esa manera de quien recuerda algo que no es gracioso, sino irónico, incomprensible—.
Creo que la ausencia solo empeoraba todo.
Intenté encontrarte en otras personas y nunca pude, deseando que tú pasaras por lo mismo.
De manera egoísta, quería que el amor que abandonamos te atormentara igual que me atormentaba a mí constantemente, pero lo confuso es que también quería que fueras feliz, de una forma en la que yo jamás sería capaz de serlo.
—Su voz va perdiendo fuerza y, cuando termina de hablar, es apenas un susurro.
— Pensé que me odiarías, fui yo quien terminó la relación por teléfono. Deberías odiarme, sería más fácil resistirme a todo lo que provoqué si me odiaras.
— Creo que al principio te odié, pero odiar es lo mismo que amar en muchos casos.
— Eso no tiene sentido.
— El amor tampoco lo tiene.
— Creo que esto terminará mal.
— Solo si nosotros lo permitimos.
— Ya lo intentamos una vez.
— Y nada nos impide intentarlo una segunda.
— Arthur...
— Jas, desde que llegué, cada vez que miré tus ojos vi reflejado en ellos el mismo sentimiento desgarrador que hay en los míos.
Y me pregunté, a cada maldito segundo, si aún podíamos tener una segunda oportunidad.
¿Crees, Jas, que serías capaz de darme una segunda oportunidad?
¿Que podríamos empezar de nuevo una relación y ver adónde nos lleva?
La ironía de terminar y volver a empezar aquí es caótica, apoderándose de mi corazón y entrelazando pasado y presente entre sus latidos.
Me subo al regazo de Arthur y miro los ojos que encontré en mis sueños durante tantos días en los que estuvimos separados.
Acaricio su rostro con las manos, el mismo rostro que deseé volver a ver con una necesidad abrasadora.
— ¿Jas? —pregunta cuando tardo en responder.
— Sí, Arthur, creo que merecemos una segunda oportunidad.
Cuando las palabras abandonan mis labios, su celular suena y esta vez él responde.
Lo que cambia todo.