El Magnate al que Abandoné Capítulo 19
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Capítulo 19

Arthur

J de GOMITA

— ¿Por qué solo comes las gomitas de este color? Sabes que prácticamente tienen el mismo sabor, ¿no, Jas?

— ¿Y qué? Para mí, que tengo el paladar sensible, son totalmente diferentes.

— ¡Da mucho trabajo comprar varios paquetes y sacar solo algunas!

— Es un trabajo que vale la pena, puedes creerme.

—¿Qué estás leyendo? —dice mi hermano, mirando por encima de mi hombro.

Lo observo, intentando descifrar la secuencia de páginas en cada una de mis laptops. Estoy analizándolo con ambas para que sea más fácil comparar lo que deberían ser los documentos verdaderos y los falsos que acabaron haciéndose pasar por ellos.

—Algunos documentos.

—¿Quieres ayuda?

Abro la boca para decir que no.

Pero son miles de páginas, solo de un mes, así que creo que toda ayuda es válida.

Quiero entregarles a mi grupo de abogados todo lo que pueda usarse a mi favor, porque la sospecha sobre la razón por la que intentaron derribar a J.A.

sigue echando raíces en mi interior y me hace entender por qué el espionaje corporativo es tan real.

—¿Sabes qué? Si estás dispuesto, creo que voy a aceptar.

Se anima y arrastra una silla, sentándose enseguida a mi lado.

—¿Qué tengo que encontrar?

—Estoy analizando documentos fraudulentos de autorizaciones.

En los que haya cualquier palabra sospechosa, solo tienes que separarlos y ponerlos en esta carpeta —indico la carpeta que creé y le muestro la otra, donde debe colocar los documentos ya analizados—.

No tiene secreto, es eso. Todo esto es más trabajoso que difícil.

—¿Y cuánto tiempo tienes para leer todo?

—¿Contando desde hoy?

—Sí.

—Tres semanas. Si no encuentro nada en tres semanas, voy a estar jodido de verdad.

—¿Y con “jodido de verdad” te refieres a...?

—¿Además de ser condenado? —Pienso en todo lo que puede pasar si las cosas salen mal—. Tener que renunciar al cargo de CEO para siempre, dejar J.A. bajo el mando de quien el Consejo elija y correr el riesgo de perder la inversión que hicieron mis amigos y las personas que confían en ellos.

—¿Y eso sería alrededor de...?

—Miles de millones, hermano.

—Joder, eso sí es grave.

—Si solo fuera grave, encontraría la forma de solucionarlo.

—Si tienes tan poco tiempo y tantas cosas que analizar, ¿no sería mejor pedir ayuda?

¿A quién? A estas alturas no confío en mucha gente, siento que hubo una conspiración para derribarme, porque sabían que sería más fácil conseguir lo que querían si yo ya no estuviera en la empresa. Eso, claro, si mis sospechas son ciertas.

—No puedo arriesgarme a involucrar a alguien de la empresa.

¿Y si esa persona participó en el plan? ¿Sabes, Atlas?

No me importa si me condenan por la filtración, esa no es mi mayor preocupación ahora.

Lo que no me deja dormir es que las personas realmente culpables siguen dentro de la empresa y que pueden hacer mucho más si no corto el mal de raíz.

—Entiendo. Antes pensaba que ser rico era fácil, pero en tu caso, ya no estoy tan seguro.

Sonrío por lo que dice y vuelvo a concentrarme en el trabajo.

Tengo poco tiempo para conseguir algo concreto y aún menos tiempo si tomo en cuenta los momentos en que pienso en Jasmin.

Ayer la llevé a casa de Mali y la dejé allí, como si hubiera dejado atrás una parte de mí.

Es extraño el hecho de que viví casi veinte años sin ella, para llegar aquí y no poder pasar unas horas sin orbitar a su alrededor.

Y todavía está ese idiota de Tomazil.

Pensar en él y en la audacia del hijo de puta hace que la rabia hierva.

¿Quién se cree para sentirse con derecho a decirme que me mantenga alejado de ella?

Ayer, cuando fuimos a comprar cosas con la abuela, esperó a que ella se alejara y me ordenó que me distanciara de Jasmin. Nunca tuve tantas ganas de golpear a alguien como en ese momento. Me controlé para no borrarle la sonrisa de la cara a golpes.

—¿Arthur? —me llama mi hermano.

—¿Sí?

—¿Esto podría considerarse extraño?

Atlas me muestra el correo electrónico de la base de datos de J.A. y veo que contiene algo, como mínimo, raro. Son varias palabras que al principio parecen errores de tipeo, pero no lo son en absoluto. Son códigos, palabras escritas al revés para que el destinatario del correo las descifre.

—No solo podría, lo es.

Imprimo la página.

—¿Le enviaron un mensaje a alguien?

—Sin duda.

—¿Por el servidor de la empresa?

—Los idiotas que se creen inteligentes siguen siendo idiotas. Ya que tú lo encontraste, ¿quieres intentar resolver el enigma?

—No sé si pueda.

—Voy a ayudarte, Atlas.

Mi hermano aprendió inglés desde pequeño y practicó mucho conmigo. Por eso es excelente en el idioma, tanto que capta el patrón apenas se lo explico una vez.

—¡Vaya, esto es emocionante! Me siento en una serie de investigación o en Brooklyn 99, aunque no tenga mucho que ver, pero definitivamente yo sería Peralta, ¿no crees? —Cuando tardo en responder, añade incómodo—: Vaya, debes pensar que soy un idiota por disfrutar esto.

—¿Quién soy yo para juzgarte si me gusta Sex and the City?

—¡No jodas! —Atlas parece más emocionado que un niño en su propia fiesta.

Ver su entusiasmo es como verme más joven, cuando nada parecía un problema. Aparte del hecho de que es como mirar un espejo, porque lo único capaz de diferenciarnos son las marcas que los años me dejaron, pero por lo demás, cada mínimo rasgo es muy parecido, incluida la personalidad.

—Es en serio, pero si se lo dices a alguien más, lo negaré hasta la muerte. Es nuestro secreto.

—¡Prometo no contárselo a nadie!

Mi error es confiar en mi hermano de veinte años, porque mamá aparece en la puerta preguntando si queremos algo y lo primero que hace es contarle que me encanta ver Sex and the City. Ella me mira sonriendo.

—¡Por fin lo admitiste! La última vez que fuimos a pasar un tiempo contigo, te pillé viéndolo de madrugada. Pensé que era porno, pero era esa cosa ahí. Me preguntaba cuándo lo asumirías finalmente.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Pensaste que era porno? Yo no veo porno.

—Yo tampoco —comenta Atlas.

Mamá nos observa, pensando si debe confiar o no en nuestras palabras.

—Me gusta que digan eso, porque la industria pornográfica es tóxica —dice antes de irse de repente, dejándonos a mi hermano y a mí mirándonos sin entender demasiado.

—En fin, volvamos a lo que estábamos haciendo...

—Mamá dijo eso porque le encanta leer putería, ¿sabías? Y hace unos días se quejaba de que la gente asocia la putería literaria con la pornografía y ella no está de acuerdo.

Recuerdo cuando era adolescente y la veía leyendo novelas románticas de kiosco, y cuando le decía que también quería leerlas, respondía que no tenía edad para eso. No me sorprende que el hábito continuara y, en realidad, me parece genial que tenga ese hobby.

—Yo no leo y aun así me parece absurda la comparación, imagínate ella que sí lee.

Volvemos nuestra atención a la hoja y rodeo las letras iniciales de cada palabra para Atlas. A partir de ahí, consigue seguir la lógica.

Leemos juntos:

La tecnología está avanzando, el momento de crear conmoción es ahora. Si dejamos que la divulgación ocurra, no tendremos oportunidad.

—¿Qué tecnología es esa?

—Sé exactamente cuál es. Y esto no es bueno, no es nada bueno, Atlas.

—Sinceramente, entonces no quisiera estar en tu lugar.

Leo las páginas durante horas interminables junto a mi hermano.

Hasta pasarnos la noche entera, perdidos en análisis que no rinden demasiado, ni siquiera después de pasar otro día completo en la faena.

Salgo de casa, aturdido, y camino sin rumbo, con los pensamientos demasiado agitados para seguir quieto. Me ahogo en ellos, que funcionan como el desbordamiento de una represa a punto de romperse.

Solo me doy cuenta de dónde estoy cuando me detengo cerca de la cascada más famosa de los alrededores.

Los turistas vienen en masa aquí para eternizar este lugar en sus fotos, de tan hermoso que es.

La cascada es una secuencia de caídas de agua bajas y tranquilas. El agua fluye con un sonido agradable de naturaleza y forma una especie de lago cristalino, quedando contenida en el plató.

Es uno de los lugares más increíbles que he visto, sin duda.

Lo admiro durante un tiempo, desde la obra natural hasta el pequeño muelle de madera en uno de los extremos. Con el paso de los años, se fue desgastando, cediendo ante las inclemencias del tiempo.

Esbozo una sonrisa al recordar los momentos increíbles que viví aquí.

El aire a mi alrededor termina cargado de nostalgia y los recuerdos que me golpean son tan felices que sigo sonriendo… hasta escuchar la voz que me ha estado atormentando en sueños y aún más cuando estoy despierto.

—Siempre olvido lo mágico que es este lugar. Ojalá pudiera venir más seguido.

Examino el lugar buscándola, creyendo que está acompañada de alguien.

No puedo interferir.

No tengo derecho a interferir.

Aun así, sé que será difícil darle la espalda y dejarla en paz.

Soy la definición perfecta de una bomba de tiempo y Jas, así como todo lo relacionado con ella, es mi detonador. En cualquier momento “BUM”, todo saldrá volando por los aires.

Busco el origen de su voz como un adicto a la adrenalina, desesperado por sentir mi corazón acelerarse y escuchar sus latidos retumbando en mis tímpanos; lo que sucede en cuanto la veo, sentada debajo de un árbol.

El lugar está parcialmente iluminado por las luces públicas alrededor de la laguna. Es una iluminación tenue, del tipo que solo sirve para impedir que la oscuridad absoluta se adueñe del espacio, pero para mí, que veo a Jas y el perfil ligeramente anaranjado de su rostro, se vuelve perfecta.

No el lugar.

No la cascada.

Sino Jas, ella es perfecta.

Tan perfecta que me deja sin aliento.

—Este lugar es tan pacífico que hasta me olvido de los problemas —susurra mientras come gomitas, algo que siempre me ha recordado a ella cada vez que las veía.

Las ganas de acercarme son gigantescas, aun así, permanezco como un espectador silencioso, admirándola, cuidándola aunque ella no lo sepa.

Me apoyo en uno de los árboles, desde donde tengo una vista despejada.

La observo durante mucho tiempo.

Tanto que la veo bostezar cuando son las diez de la noche.

No conté cuántas horas lleva aquí y tampoco haría diferencia, porque me quedaría toda la madrugada si ella también se quedara.

Contemplo el momento en que Jasmin se levanta y cubre otro bostezo con los dedos. Se estira y lleva las manos a la nuca, con los ojos fijos en el cielo estrellado, tan despejado que podría jurar que desde aquí somos capaces de ver el espacio entero.

La vista es hermosa, porque el agua del plató refleja los destellos del manto nocturno, convirtiéndola en un espejo de constelaciones.

—Odio pensar en él, lo odio con todas mis fuerzas, pero ¿cómo evitarlo si está tan cerca?

Me permito creer que habla de mí.

Me permito un gramo de esperanza de que esté realmente dispuesta a superar nuestras acciones del pasado —inmaduras y estúpidas— y quiera seguir adelante.

Suspiro e intento acercarme, pero cometo un desliz imperdonable… piso una rama, que cruje y se rompe, haciendo que el ruido resuene hasta llegar a Jas, que abre los ojos de par en par y mira hacia donde estoy; intento ocultarme entre la oscuridad parcial, aunque sin éxito.

—¿Quién está ahí? —pregunta, disfrazando el miedo con una dosis de valentía.

Para no asustarla más, decido revelarme de inmediato.

—Soy yo, Jas. —Salgo del escondite con las manos en alto.

Ella me mira con mucha rabia, del tipo que se reserva para alguien a quien se odia con todo el corazón.

—¿Tu objetivo es nunca dejarme en paz?

—Créelo o no, pero no sabía que estabas aquí cuando llegué.

—¿Cuándo llegaste?

Hago una mueca, a punto de admitir algo que hará que quiera arrancarme la piel.

—Hace algunas horas.

¿Cómo decirle que llevo aquí desde las seis de la tarde, observándola?

—No sabías que yo estaba aquí cuando llegaste, ¿pero por qué te quedaste después de descubrirlo? —No espera mi respuesta—. Ah, ¿sabes qué? Da igual. Lo que sea.

Me ignora y toma el sendero delimitado de salida de la cascada.

Contengo las ganas de seguirla, porque su falta de interés, de discutir, de irritarse, es ensordecedora y me corroe.

Nada duele más que el desinterés.

Nada demuestra más cosas que él.