Capítulo 14
Jasmin
A de ACTITUD
—Necesito tomar la iniciativa, tener una mejor actitud.
—¿Respecto a qué?
—A todo, porque quiero casarme contigo.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—¿Parezco estarlo?
Arthur Sin Corazón Silva corre de mí como si su vida dependiera de ello y realmente depende, porque cuando ponga mis manos sobre él no va a quedar nada, ¡ni el olor!
—¡Jas, cálmate, puedo explicarlo! —grita, todavía de espaldas.
—¡No quiero escuchar nada de lo que venga de ti!
¿Estaba jodida?
Por supuesto.
¿Si él no hubiera pasado terminaría resfriándome por pasar horas mojada?
Sin duda.
¡Pero tampoco necesitaba humillarme, carajo!
Está bien que nos odiemos por culpa de nuestro pasado, ¡pero hacer esto ya es demasiada cabronada!
—¡No fue mi culpa, te lo juro por lo que quieras, flor!
Flor... la forma en que me llama inflama mi odio porque me recuerda el tiempo en que, por más discusiones tontas que tuviéramos, siempre terminaban con un beso ardiente y lleno de amor. Esta no va a terminar así, no tiene manera.
—¿Por qué huyes?
Él se gira parcialmente:
—¿Y todavía lo preguntas? ¡Si dejo que me alcances, voy a convertirme en comida de jaguar!
—¿Y ahora me llamas jaguar?
Veo cómo se le abren los ojos al darse cuenta de que empeoró la situación.
—¡No fue exactamente eso lo que quise decir!
—¿Ah, no?
Vuelve a escabullirse hacia la camioneta, pero no entra; al contrario, rodea el vehículo huyendo de mí, mientras yo sigo loca por arrancarle el cuero.
—¡Vamos a hablar con calma, Jas!
Intento lanzarme sobre el capó, queriendo agarrar su camiseta, pero Arthur es mucho más rápido y esquiva el movimiento. Por cada paso que doy, él da dos. Completamos tres vueltas alrededor de la maldita camioneta y nada de que mi furia se aplace.
—¿Hablar con calma? Ahhhhhhh —emito un sonido extraño de rabia, una mezcla de gruñido con sarcasmo que se convierte en un gruñcasmo, sí, la unión de las dos palabras—. ¿Después de darme un baño quieres hablar con calma?
Arthur abre los brazos y señala el cielo.
—¡Mira la lluvia, carajo, no ibas a quedar seca de ninguna manera!
Desde cualquier perspectiva que lo mires, vas a darte cuenta de que terminarías mojada, eso si ya no lo estabas antes de que yo te mojara, sin querer...
—levanta un dedo como si eso fuera algo obvio—.
Necesito recalcarlo. ¡No te vi, no tengo la culpa!
—¿Cómo que no me viste? ¡Estaba agitando las dos manos como una loca!
Imito lo que hacía, pero él no parece convencido.
—¿Y de verdad crees que con esta lluvia se podía ver algo? ¡Aunque te colgaras una sandía en el cuello no te habría visto!
Pienso un poco en la razón por la que dejé de conducir y estacioné el Escarabajo y recuerdo que la visibilidad realmente era una mierda.
—¡Lo dudo muchísimo! ¡Estoy segura de que hiciste eso a propósito para vengarte de mí por alguna razón mezquina que solo tiene sentido en tu cabeza!
—¿Te estás escuchando?
—Si no me viste, ¿por qué te detuviste?
Respira tan pesadamente que observo el movimiento de su pecho.
—Paré porque había una rendija abierta en la ventana y empezó a entrar agua. Fue entonces cuando miré por el retrovisor y vi el Escarabajo. En serio, Jas, ¡necesitas creerme!
Sé que debería creerle.
Sé que enfadarme tanto por esto es medio idiota.
Pero aun así, es la acumulación de cosas atoradas en mi garganta lo que resulta en ánimos tan exaltados.
—¿Por qué habría de creerte?
Veo los hombros de Arthur desplomarse derrotados. La camiseta verde que lleva, pegada a sus músculos definidos, se adhiere a su piel por culpa de la lluvia y aunque no quiera admitirlo, es tan hermoso que duele. Está todavía más hermoso, al punto de dejarme sin aire.
—¿Por qué te lanzaría agua encima? No te vi, no vi el charco, fue una circunstancia desafortunada del destino y además —entrecierra los ojos— ¿qué estás haciendo aquí en medio del camino, detenida en medio de la nada y fuera del coche cuando está lloviendo tanto?
—Endereza la postura y esta vez camina altivamente hacia mí, sin importarle mi cara de quien está dispuesta a matarlo por lo que hizo.
—¡No te interesa!
—Jas...
—¿Y tú qué haces aquí?
—Vine por tu culpa.
Mierda.
Carajo.
Eso me desarma y aflojo la postura, un reflejo de lo que ocurre con la irritación, que poco a poco se marchita como una flor cortada.
—¿Cómo que por mi culpa?
—Pasé por tu casa buscándote y cuando no te encontré, fui a la de Mali y le pregunté dónde estabas.
Me contó que ibas a trabajar incluso con esta lluvia de mierda y pensé que era mejor venir porque, lo creas o no, yo que no vivo aquí desde hace casi dos décadas sé que estos caminos no son la mejor opción para conducir un coche tan bajo y encima, ¡en medio de una puta tormenta, carajo!
—termina fuera de sí, aturdido por la intensidad de sus propios sentimientos.
—¿Por qué? ¿Por qué te importa lo que hago o dejo de hacer?
Se encoge de hombros.
—Tuve miedo de que te pasara algo, nada más. ¿Recuerdas aquella vez cuando éramos adolescentes y saliste en medio de la lluvia y terminaste torciéndote el pie? Mil cosas pasaron por mi cabeza y si me quedaba en casa, no iba a poder hacer nada.
Arthur se acerca más, volviendo la distancia muy peligrosa para la parte de mí que todavía intenta con todas sus fuerzas alejarse de él.
No volver a pensar en él. No volver a quererlo.
Hace años, cuando nos distanciamos, tardé tanto tiempo en estar con otra persona que ni siquiera lo recuerdo y no sé si quiero volver a pasar por eso.
Tiene algo que hace que una desee ser la única mujer de su vida, cuando es tan hermoso que decenas de ellas se le lanzan encima. Debería ser considerado un crimen que exista un nerd tan jodidamente sexy.
Es lo mejor de dos mundos en un combo obsceno.
—No había motivo para temer, hoy no salí corriendo por el pasto. Solo vine a trabajar.
—¿Ah, no? —Señala el Escarabajo atascado y a mí toda mojada y sucia—. ¿Estás segura de que no tenía razón en preocuparme? ¡Ese Escarabajo ni siquiera resistió el regreso a casa!
Claro que notaría que estaba intentando volver.
—¿Estás insultando a mi coche? —la pregunta es más una amenaza que un cuestionamiento.
—No, estoy insultando la irresponsabilidad de su dueña —dice con concisión.
La lluvia cae furiosa, golpeando mi piel con ferocidad. La corriente es tan fría que siento congelarse mis dedos, mientras mi pecho entero se calienta con la visión de Arthur. Solo su visión.
Ese hombre es la maldición lanzada sobre mí hace muchísimo tiempo y debería haberse quedado donde estaba el resto de su vida.
Porque casi dos décadas no fueron suficientes.
Así como tres, cuatro o cinco tampoco lo serían.
Arthur acaba con el espacio que nos separa y me mira con ojos profundamente oscuros, haciéndome hundirme en ellos mientras se iluminan por los relámpagos de la tormenta.
Mi corazón late tan caótico y pesado como las nubes sobre nosotros.
Una tristeza se infiltra en mi expresión, por extrañar algo que jamás volverá a ser como antes.
Lo siento en cada célula de mi cuerpo.
Lo odio con cada átomo.
Pero también lo deseo.
Con cada molécula de mí.
Sus ojos viajan hasta mi boca y él parece tan perturbado como yo, con la carga del pasado convergiendo dentro de sí.
El silencio entre nosotros es ensordecedor, un sonido imposible de ignorar.
Respiramos con dificultad en medio del temporal, con la tensión empujándonos el uno hacia el otro.
El contacto visual latente se rompe cuando él se aparta, como si necesitara hacerlo para no perder el control. Intento contener mis hormonas mientras observo a Arthur abrir la puerta de la camioneta y tomar una toalla del asiento trasero.
Empieza a pasarla por mi rostro, secando el agua y quitando la suciedad. Lo hace con tanto cuidado que se lo permito, incapaz de identificar lo que siento. Recorre mi piel con el tejido suave, sin darse cuenta de que eso es inútil, dado que la lluvia continúa y seguimos debajo de ella.
Arthur parece arrepentido mientras limpia mis brazos, mi cuello y la parte descubierta de mi escote hasta volver a mi rostro.
La luz plateada que corta el cielo ilumina la oscuridad de sus ojos y veo en ellos el mismo deseo que vive en los míos. Un deseo tan arrollador que pesa sobre nuestras respiraciones y nos desorienta frente a algo que no podemos controlar.
—¿Jas? —escucho la voz débil, una petición de permiso.
No cedas, Jasmin.
No cedas, Jasmin, es manipulador.
No cedas aunque escucharlo llamándote Jas haya hecho que tu corazón se desboque.
—No digas nada, por favor —pido, tan afectada que ninguna palabra en el mundo sería suficiente para ayudarme a decir que no.
—¿De verdad necesito decir algo aquí? —provoca, con la voz ronca de deseo.
Sus ojos, contrariando el brillo de los relámpagos, se oscurecen aún más.
—¡Aléjate de mí! —Lo empujo, pero él permanece en su sitio, con esa masa de músculos afirmándolo.
Músculos duros, potentes, que me hacen temblar de anticipación.
Mi pedido es tan vacío que Arthur lo percibe, porque sé que si sintiera que realmente lo quiero lejos, se apartaría en un instante.
Esa es la parte mala de conocernos desde hace tanto tiempo, de haber compartido tantas cosas y vivido experiencias maravillosas juntos...
él me conoce. Como nadie llegó a conocerme jamás.
—Querías saber por qué vine y te dije la verdad, vine por ti, Jas. Por tu culpa.
Suena como si su regreso a Acácia formara parte de ese paquete y la verdad es que no, Arthur solo está aquí por el escándalo que atraviesa su empresa. No es por mi culpa, nunca fue por mi culpa. Si lo fuera, habría venido antes.
—¡Mentiroso! ¡Siempre mientes, mentir ya forma parte de ti!
—¿En serio me estás acusando de mentir? ¿A mí? —Se acerca más y me empuja con el cuerpo, aprisionándome contra la carrocería del coche.
Levanta un brazo y me encierra, observando mi rostro fijamente.
—¡SÍ, A TI!
Arthur sonríe con suficiencia.
—No sabes nada, no sabes nada sobre mí después de que me fui de aquí.