Capítulo 12
Arthur
J de JUEGO
— El juego es simple...
— ¿Cómo funciona?
— Jugamos hasta quedar desnudos.
— ¿Estás seguro de que esas son las reglas?
— Quien pierda la ronda elige una prenda para quitarse, esa es la regla.
— ¿Y cuál será el juego?
— Veintiuno.
— Sabes que soy pésima en veintiuno.
— Esa es la mejor parte.
Envuelvo su cabello con las manos y la jalo con fuerza hasta tenerla completamente arqueada. Su culo redondo y del tamaño perfecto para hechizar mis dedos se estrella contra mi entrepierna y veo mi polla entrando y saliendo de su coño resbaladizo con facilidad.
Estamos follando sin protección.
En medio de una de las colinas de Acácia, sobre una manta de picnic.
Jasmin gime, empujando las caderas para tenerme completamente dentro de ella.
Con cada respiración entrecortada, es como si mi corazón latiera en mi polla, aplastado sin piedad por las poderosas contracciones de su excitación.
Sigue siendo tan deliciosa como la recuerdo.
En aquel entonces, los dos éramos vírgenes, aprendiendo lo que a cada uno le gustaba o no. Hoy somos experimentados y eso hace que el sexo sea tan insano que lo definiría como el paraíso.
Sentirla rodeándome otra vez, su cuerpo respondiendo a los avances del mío con tanta hambre, es tan jodidamente loco que entiendo por qué nunca tuve conexión con nadie después de irme.
Ninguna otra mujer fue capaz de apoderarse de mi deseo, de mi control, de mi excitación, como Jas.
Para ella es fácil; basta con que la vea para que se me ponga dura, ansiosa por un mundo donde nada importe más que el placer.
Me inclino sobre su cuerpo y suspiro palabras que me persiguieron durante los años en que me mantuve lejos:
—Extrañaba como el demonio este coño, Jas, ¿vas a mover las caderas para mí? —Es una petición obscena, pero lo deseo tanto que sale como una súplica, una verdadera necesidad sin la que no puedo vivir.
—¿Me extrañaste, guapo?
Ella cumple mi petición, meneando ese culo delicioso, apoyando las manos sobre la tela bajo nosotros, dándome embestidas poderosas que golpean su piel contra mi pelvis.
Cierro los ojos y respiro hondo, intentando prolongar el momento, sin querer correrme todavía. Tengo que disfrutar más, quiero follarme a Jas en todos los lugares de Acácia, quiero que para ella sea tan difícil estar sin mí como lo sería dejar de respirar.
La brisa del campo nos acaricia y transforma el momento de algo crudo y sensual en una especie de homenaje al sentimiento que estuvo tanto tiempo aprisionado.
Recordar eso, cuánto tiempo perdí, hace que embista con fuerza, marcando la piel de su culo, provocando gemidos de dolor empapados de lujuria.
—Joder, Arthur, ayyyyy, joder...
Me detendría si ella me dijera que parara.
Pero cuando tiro de su cabello con más fuerza y contemplo su rostro, la sonrisa obscena se extiende por sus labios y me hace delirar.
—Voy a llenar este coño de leche y no quiero que te limpies, ¿me oíste?
Quiero verte caminando por el pueblo con mi semen escurriéndote por las piernas, hablando con cualquier idiota, oliendo a mí.
¿Entendido? —Tiro de su cabello ondulado, atrapándolo con firmeza entre mis dedos y, con la otra mano, le doy una palmada tan fuerte en el culo que ella sacude el cuerpo y aprieta los párpados.
A Jas siempre le gustó el sexo salvaje, eso es lo que más amo de ella, esa ausencia total de límites mientras sienta placer.
No responde, le gusta provocarme.
Le doy dos palmadas más, una de cada lado, y veo el rojo sobresalir mientras la bestia dentro de mí ruge reclamando posesión.
—¿Tú. Entendiste? —pronuncio lentamente.
—¿Y qué harás si no entiendo? —la provocación gotea en cada una de sus palabras y esta vez soy yo quien sonríe ante las posibilidades surgiendo frente a mis ojos.
Empujo las caderas con fuerza unas cuantas veces más y tomo aire antes de decir:
Nada.
No digo nada.
Porque justo en ese momento me despierto.
¡JODER, INFIERNO, MIERDA, PUTA MADRE!
Me niego a abrir los ojos y dejar que la imagen escape de mi mente. Los cubro con el antebrazo y me quedo acostado, con los labios tensos, sintiendo unas ganas absurdas de... volver a dormir, por no decir otra cosa.
Estoy furioso.
Furioso de verdad.
Furioso de una manera que la dureza de mi polla no sería capaz de medir. Tanto que miro hacia abajo y la veo tiesa levantando la sábana. Parece una maldita entidad con poderes sobrenaturales.
Me niego a masturbarme pensando en ella.
No es posible que vuelva a ser un adolescente sin control que necesita aliviarse de alguna forma. ¿Cuándo fue la última vez que me hice una paja pensando en Jas? ¿El año pasado? Bueno, no hace tanto tiempo, pero no puedo ceder al deseo.
Esta voluntad de mantenerme intacto ante su encanto, de sostener el poco orgullo que me queda, dura casi una hora. Una hora en la que permanezco congelado en la cama, mirando el techo, intentando pensar en cosas que maten la libido y que no tengan nada que ver con sexo.
Desgraciadamente, pierdo la batalla.
Pero fui un guerrero hasta el final, hasta el momento en que caí.
Abro el agua de la ducha, helada hasta el demonio, lo cual no sirve de nada y cuando me doy cuenta ya tengo una mano apoyada en el azulejo y la otra envolviendo mi polla.
A partir de ahí es cuesta abajo. Pronuncio su nombre mientras me masturbo y con cada espasmo de mi verga, pienso en su sonrisa indecente.
Cuando me corro, siento una enorme ola de alivio, pero otra igual de grande de arrepentimiento.
¿De qué sirve el placer de correrse si no es con ella, si no será con ella?
Debí esperar un poco más, tal vez mi polla finalmente aceptaría el coño que no podemos follar.
Y solo pensar en ella, en el maldito sueño y en las cosas que ya vivimos, cosas que desearía con toda mi alma poder olvidar, hace que vuelva a ponerse dura y termino haciéndome una segunda paja en menos de diez minutos.
¿Cómo voy a resistir algo así?
¿Cuánto tiempo llevo en el pueblo? ¿Tres o cuatro días?
¿Cómo voy a soportar hasta encontrar todo lo que necesito?
¿Cómo voy a soportar irme después de verla otra vez?
Hay cosas que deberían quedarse en el pasado y por eso evité volver, porque sabía lo difícil que sería contemplar lo que perdí.
No puedo seguir pensando en esto o...
¡Carajo!
Ahí viene una tercera en esta maldita vida.
Mi celular empieza a sonar insistentemente y hasta pienso en ignorarlo, pero cuando veo que es Levi, sé que sería lo mismo que nada.
Cuando no le respondo, me veo obligado a escuchar un montón de tonterías, como si fuera su represalia durante horas y horas.
Por eso Aslan y yo ya lo sabemos: siempre es mejor atender a este idiota que preparar nuestros oídos para después.
—Eh, amigo, ¿cómo van las cosas por ahí? —Es lo primero que dice, en un tono que parece despreocupado, pero está muy lejos de serlo.
Levi me mira esperanzado desde la pantalla. No sé qué quiere que diga. Maverick sonríe a su lado y Aslan no está presente, lo cual es comprensible. Odia las videollamadas.
—Tranquilas.
Maverick lo empuja a un lado, apareciendo más en pantalla.
—¿Ya lograste atrapar al desgraciado que armó todo este caos? ¡Apuesto a que estás en una investigación mirabolante digna de películas de suspenso! ¿Quieres ayuda? ¡Podría tomar un vuelo a Brasil para ayudarte!
—¡¡¡¡EY, NOS VAMOS A CASAR!!!! —grita Aslan al fondo.
Maverick mira hacia un lado y hace una mueca.
—¡¡¡Y TÚ CREES QUE NO LO SÉ!!! —grita de vuelta.
Si esos dos no se matan antes de la boda, va a salir increíblemente bien.
—Entonces, ¿por qué quieres ir a Brasil?
—Para ayudar a un amigo.
—¿Y nuestra boda?
Maverick se levanta y va hacia donde debe estar Aslan, mientras Levi permanece en la llamada, aunque mira a los dos conteniendo la risa. Cuando vuelve la atención hacia mí, todavía se ríe de la discusión que sucede a lo lejos.
—¿Cómo pueden esos dos ser tan perfectos el uno para el otro?
—Es una pregunta sin respuesta —murmuro.
—Amigo, sé que Maverick lo dijo de la nada, pero si nos necesitas ahí, no dudes en decirlo, ¿de acuerdo?
—No quiero molestarlos.
—Nunca nos molestarías. Somos amigos y los amigos están para los buenos momentos y, sobre todo, para los peores.
Suspiro con pesadez.
La verdad es que todo este problema me dejó agotado al caer sobre mis hombros sin previo aviso. Pensé que estaba haciendo todo bien, que jamás perjudicaba a nadie, pero la verdad no podría ser peor.
Eso es lo que me destruye.
La sensación de impotencia. La sensación de haber llegado tan lejos que ya no consigo vislumbrar quién fui alguna vez.
—Sé que puedo contar con ustedes, pero todo está bien. No necesitan preocuparse.
—Pensé que sería más rápido, lo siento mucho, amigo.
Quisiera que Levi volviera a hablar de la excursión de los cangrejos, que pudiera hacerme olvidar este asunto, pero la verdad es que solo me olvido cuando estoy con otra persona, alguien que no quiere estar conmigo.
—No te preocupes, en algún momento todo se resolverá —Levi intenta suavizar la situación.
Todos sabemos cuán desastroso puede ser este filtrado para la empresa. De hecho, ya lo está siendo.
La conversación es interrumpida por mi padre, que golpea la puerta y luego la abre.
Mete la cabeza por la abertura y mira la llamada.
Mi familia conoce a mis amigos; pasaron varias vacaciones en Nueva York conmigo, tanto que mi padre saluda tímidamente en inglés y Levi responde con calidez antes de despedirse y terminar la llamada.
—¿Puedo hablar contigo un momento, hijo?
Desde que llegué es como si los dos estuviéramos aplazando lo inevitable. Sé cómo es mi padre, más duro, de carácter fuerte, un hombre del interior que no entiende demasiado lo que está pasando, pero también sé que percibe mi agotamiento y mi sensación de fracaso.
—Claro, papá.
Caminamos juntos hasta llegar a la terraza que rodea la casa, dándole un aire rústico en medio de la modernidad de la construcción.
Se sienta en su vieja mecedora, que existe desde que yo era adolescente, y enciende la pipa.
Aspira con tranquilidad, observando la inmensidad del pastizal.
El condominio está rodeado por él y podemos ver varias vacas pastando, masticando y masticando el césped, que gira obstinadamente en su sistema digestivo.
—El mundo es tan grande, ¿verdad? Cuando era más joven, jamás imaginé que tendría un hijo capaz de crear una empresa tan enorme que para él el mundo sería solo algo por vivir, no una inmensidad que jamás sería capaz de comprender.
—Aspira el humo de la pipa y continúa reflexionando—.
Estoy inmensamente orgulloso de ti, Arthur.
Espero que lo sepas. Sé que estás dudando de todo tu trabajo y, aunque seas un hombre de casi cuarenta años, quería expresarte cuánto agradezco tenerte como hijo.
—Papá...
Contemplo al hombre de quien heredé prácticamente todas mis características físicas, incluido el color de piel y hasta el temperamento, con una mezcla de culpa y nostalgia por no haberme permitido pasar más tiempo aquí, con él.
—¡Déjame hablar, muchacho! —La forma en que me llama me arranca una sonrisa—.
Sé que soy brusco y todo lo demás, que no tengo noción de la dimensión de lo que fuiste capaz de crear desde cero, pero sé que si hay alguien capaz de revertir todo este problema, eres tú.
Ahora es momento de tener fuerza, de correr para recuperar las riendas de tu empresa, ¿entiendes lo que digo?
—Sí, señor.
Adopta un tono más comprensivo, como quien espera que sus palabras hayan surtido efecto.
—No pensé que fuera necesario decir algo, porque sabes que te amo y que estoy orgulloso de ti como hijo.
Y no porque te hayas vuelto absurdamente rico, cabe aclarar, sino por seguir siendo tan honesto incluso con tanto dinero.
Muy pocas personas logran mantenerse morales frente a eso y el hecho de que tú lo hayas conseguido solo demuestra que tu madre y yo hicimos un muy buen trabajo criándote. Gracias, Arthur.
—¿Por qué? —Ahora estoy confundido, ¿por qué me está agradeciendo?
—Por mostrarme que me convertí en el padre que siempre quise ser desde la primera vez que te sostuve en brazos.
—Finalmente se levanta con su habitual pipa y, al pasar junto a mí, me da dos palmadas en los hombros, deteniéndose de repente para decir—: No tengo nada que ver con tus elecciones, pero ¿de verdad vas a dejar que ella se escape otra vez?
Puedes ser una fiera, la persona más inteligente del mundo en los negocios, pero hay algo en lo que eres pésimo, hijo.
Muy, muy malo de verdad. Y esta vez no estoy hablando de la empresa.
—Sonríe débilmente, formando arrugas alrededor de los ojos, y se va.
Regresa al interior de la casa mientras lo observo hasta que desaparece, sin entender del todo qué acaba de pasar aquí.