Capítulo 10
Arthur
J de JATOBÁ
— Vamos a escribir nuestros nombres, para que el amor nunca termine.
— ¿Quién te dijo semejante tontería, Arthur? ¿Desde cuándo garabatear nombres en un árbol significa algo?
— ¿Significa algo para mí y para ti?
— ¡Mierda, dame la puta navaja!
Regreso de la empresa después de la reunión.
Duró más de lo esperado, pero puedo decir que ahora ya no soy el CEO de J.A. Softwares, ya que un especialista asumió mi lugar temporalmente.
No pensé que sentiría tanto alivio, pero siento un alivio de la puta madre, sobre todo porque ahora no podrán usarme como excusa para invalidar el trabajo de todos los empleados alrededor del mundo.
Y, principalmente, podré investigar las cosas sin tener que darle explicaciones a nadie.
Puedo hacerlo a mi manera, lo que me da mucha más libertad.
La gente no cuenta con el hecho de que fui yo quien creó todo esto y que sé manejar estos sistemas mejor que nadie.
Accedo a algunas carpetas de manera oculta y guardo documentos que sospecho que fueron alterados. Todos de hace años. Sé que la policía confiscó la mayoría, pero sé exactamente dónde buscar y puedo tardar menos tiempo.
Guardo todo en el drive y en un disco duro y, como el proceso puede demorar un poco porque hay demasiadas cosas, decido dar una vuelta por la ciudad antes de volver toda mi atención al enigma.
Es un sábado por la tarde, los comercios están todos abiertos y me encuentro con el local de cerveza artesanal, de fachada sencilla, pero íntima. El nombre del establecimiento me recuerda a la infancia, porque se llama Carambola.
Un bar llamado Carambola...
El tipo de cosa que uno solo ve en esta ciudad.
Entro al lugar y escucho la campanilla sobre la puerta. Una mujer aparece frente a mí, sonriente.
Es rubia, de un tono tan claro que se acerca mucho al blanco. Sus ojos son del azul más profundo y sus rasgos, aunque con el tiempo se volvieron más marcados y maduros, siguen siendo los mismos.
La sonrisa que mantenía muere lentamente en su rostro al reconocerme.
—¡Cuánto tiempo, Mali!
La mirada evaluativa que me dirige es extraña, como si estuviera decidiendo si ser educada con lo que dirá o no.
Comprensible. Jasmin es su mejor amiga y nuestra ruptura fue dolorosa para ambas partes.
Esta mujer frente a mí debió escuchar a la otra hablar tan mal de mí que terminó apropiándose de su dolor. No puedo culparla.
—Arthur Silva —dice despacio, sin mostrar nada.
—Este lugar es magnífico. No soy mucho de tomar cerveza, pero debo admitir que tiene encanto.
Ella emite un sonido consternado.
Pésima cosa para decir, Arthur.
Me concentro en la decoración, con carteles luminosos de marcas de cervecerías famosas, incluida Beering, una que mis amigos y yo visitamos cierta vez.
Los cuatro amigos que fundaron la empresa son inversionistas y, en el mundo de las inversiones, casi todos se conocen.
Si no recuerdo mal, se llaman James, Rocky, Don y Danny.
Nombres fáciles de recordar, porque según la historia que escuchamos al hospedarnos en la pequeña ciudad de Beering, sus madres también son mejores amigas y eligieron los nombres basándose en películas que fueron un éxito.
—¿Qué haces aquí? —Bien... aspereza, creo que ya eligió cómo tratarme.
—Me dio curiosidad y quise entrar a ver. Soy un cliente, ¿así es como sueles tratar a tus clientes, Maria Alice?
La mueca en su rostro me divierte. No le gusta que la llamen así.
—Trato como quiero a las personas que lastimaron a mi amiga.
Como pensé.
—Entiendo. Creo que ya pasó demasiado tiempo desde que me fui de la ciudad y no quiero causar problemas. Tienes mi palabra de que hablaré con ella para resolver todo.
—Es lo mínimo —susurra antes de colocarse detrás del mostrador y fingir una sonrisa.
Su forma ácida de ser sigue intacta.
—¿Qué cerveza me recomiendas con una temperatura templada como la de hoy?
No hace frío ni calor, sino un punto medio.
—¿La vas a tomar aquí o para llevar?
Miro alrededor, siento que debo quedarme. No sé explicarlo, pero creo que un cambio de ambiente, quizá una conversación menos acalorada, pueda ayudarme a organizar mis pensamientos sobre el futuro de la empresa y, principalmente, la mejor manera de iniciar una conversación con Jas.
Somos adultos, podemos hablar sin pelear, estoy seguro.
Y ya pasó muchísimo tiempo, casi dos décadas a estas alturas.
Muchas cosas cambiaron durante estos años, principalmente nuestra visión de la vida, y creo que será mucho más fácil enfrentar los problemas que continuar con esta tensión cada vez que nos encontramos.
Aunque solo la haya visto una vez, sé que la próxima será todavía peor si no intento algo para aliviarlo.
—La tomaré aquí.
La cara de Mali demuestra que preferiría que me tomara esa cerveza en el quinto infierno. Con toda la culpa que he sentido últimamente, en todos los aspectos, yo también.
Ella se mueve hacia una de las neveras y pregunta:
—¿Prefieres cervezas más suaves o cervezas de sabor intenso?
—Da igual.
Veo su sonrisa cuando me trae una y me pregunto si hice una buena elección. Creo que no.
Por lo que parece, Mali acababa de abrir el local, porque termina de acomodar algunas cosas y pone música ambiental.
La playlist gira alrededor del rock clásico y pop rock.
El acompañamiento musical me impulsa a beber más y el sabor ligeramente dulce de la cerveza estilo Stout me lleva a una miríada de sabores, entre ellos chocolate y café.
Al leer la etiqueta, veo que esos son algunos de sus ingredientes.
Pido otra, una Pilsen, apenas termino esta y permanezco en la barra del pequeño bar.
Algunas mesas de madera sencillas llenan el ambiente y no tarda en llegar más gente, pidiendo sus vasos de cerveza tirada. Tiene una tap list muy buena, con varias cervezas nacionales e internacionales.
Pido un vaso pequeño de IPA para probarla.
Mali me lo entrega medio malhumorada, casi preguntándome si no pienso irme. Apostaría a que le encantaría que me fuera.
Sin embargo, justo cuando termino el vaso pequeño y estoy a punto de levantarme, escucho una voz que tensa todos los músculos de mi cuerpo. Una voz que ayer por la mañana hizo que mi corazón sonara más fuerte que la batería de una escuela de samba.
—¿Fuiste tú quien le dijo a Tomás que terminé el rollo con Bruno, Mali? Hoy volvió a insistir y ya hizo planes para que vivamos juntos, cuando fue exactamente por eso que terminamos el año pasado. ¿Será que seguirá intentándolo hasta... ? —Deja de hablar en cuanto me ve.
Sin embargo, para no dejar en evidencia cuánto la afecto, camina hasta la barra y arrastra un taburete a mi lado. Tiene el cuidado de alejarlo lo máximo posible de mí sin llamar la atención de los demás clientes.
—¿No vas a saludarme?
Soy medio torpe en cómo actuar con la gente. Pero, por la forma furiosa en que me mira, demuestra que medio no sería suficiente, soy completamente torpe.
—No.
Durante un tiempo, que quizá sea corto pero parece enorme en mi cabeza, admiro su cabello castaño oscuro y ligeramente ondulado.
Sus ojos, en cambio, son lo más hermoso que he visto jamás, con iris de un marrón claro fascinante que coquetean con el brillo de la iluminación del bar.
Su piel de un tono arena mágico reluce bronceada, indicando que Jasmin pasa mucho tiempo bajo el sol.
El rostro en forma de corazón es dulce, al igual que sus labios llenos y suaves, que vuelven tranquila su expresión, por más molesta que quiera parecer.
Jasmin es atractiva de una forma a la que ni siquiera mis sueños podrían hacer justicia.
—Hola, Jas, espero que estés bien —sueno disimulado—. Yo estoy bien también, muchas gracias.
Ella tarda en hablar y cuando su voz sacude mi pecho, es algo que me hace esbozar una sonrisa astuta.
—¿Dónde está la tanga? —sisea, pero su amiga la escucha.
—¿Qué tanga? —pregunta Mali, curiosa.
—La guardé —respondo.
—¿Por qué guardarías una tanga de Jas?
—¿Después de hacer algo asqueroso con ella? —exige saber la dueña.
—Piensa lo que quieras.
—¿De qué cosa asquerosa estamos hablando? —Mali vuelve a unirse a la conversación.
—Lo dejo a la imaginación —murmuro.
—¿Esto tiene que ver con la cosa que me escondiste hace rato? —pregunta Mali y yo presto atención a Jas y a su respuesta.
—Ya te dije que no escondí nada.
—No se lo contaste, ¿verdad? —adivino—. Aunque, conociéndote, preferirías ir a la tumba antes que narrar la vergüenza que pasaste.
—¡Cierra la puta boca! —brama.
Algunas personas cuchichean a nuestro alrededor, pensando que estamos peleando —no es que no sea cierto—, pero se distraen cuando Jas abre una sonrisa más falsa que un billete de tres reales y vuelve a hablar.
—No quiero que hables de eso nunca.
—¿Qué pasó, Arthur? ¿Fue ayer? —pregunta Mali.
—Estaba corriendo por la mañana y de repente vi una gallina...
Soy brutalmente interrumpido por una mano cubriéndome la boca y por una mirada aniquiladora, lista para acabar conmigo como alguien que se ve aplastando una cucaracha.
—¡Te dije que no dijeras nada, carajo!
Levanto las manos y Jas me suelta.
Deseo con una fuerza que me deja sin respiración que volviera a estar así de cerca, que me permitiera sentir un poco más su olor perfumado antes de volver a mirarme como si fuera su peor enemigo.
—Volviendo al tema Tomás, porque claramente mientras él esté aquí no vas a contarme nada y mientras ella esté aquí, tú tampoco —esta vez Mali me señala a mí—, quiero saber por qué es tan impensable volver con el hacendado. Es rico, muchas chicas de la región se matarían por menos.
—Arthur también es rico —dice ella y me mira, esperando algo, antes de preguntar—: ¿verdad, Arthur?
¿Debo confirmarlo? ¿De verdad necesito hacerlo?
—Creo que sí.
Estoy completamente seguro.
—Y no voy a estar con él por eso. Ojalá Tomás encuentre a alguien que de verdad lo quiera, se lo merece.
No coincido mucho con la parte de que no estará conmigo, pero no podría estar más de acuerdo con el hecho de que no estaría conmigo “por eso”.
¿Será con él con quien usó la tanga? ¿O con quien pensaba usarla?
Mi sangre hierve de celos y no veo nada frente a mí aparte de Jasmin con esa lencería delante de otro hombre. Bebo un poco de cerveza con ganas de asesinar a alguien; ese tal Tomás sería mi primera opción.
Ni siquiera lo conozco y ya odio al tipo.
—No puedo estar en desacuerdo. Pero hace muchísimo tiempo que él está enamorado de ti. Me rompe el corazón verlo tan triste cuando no le haces caso.
Eso, sigue sin hacerle caso.
Una vocecita amarga dentro de mí cree que, si al menos ella no me considera una opción, que tampoco considere a ese tal Tomasio, Topacio, Tocacio o como demonios se llame.
—Creo que es más fácil ser honesta con él que fingir un sentimiento. Odio las mentiras.
Pido otro vaso de cerveza tirada, uno grande, como excusa para quedarme. Mali, percibiendo la intención, lo hace a propósito cuando toma la más cara disponible. Está bien, me lo merezco.
—Las mentiras son cosas complicadas. Se convierten en una bola de nieve; en eso tienes razón.
Veo a Jasmin recorrer el bar entero con la mirada, probablemente buscando una mesa vacía, queriendo librarse de mí. Para mi suerte, los clientes que entraron después de ella llenaron el pequeño lugar. Y decido ser un hijo de puta para asegurarme de que se queden un poco más.
—¡Una ronda para todos por mi cuenta! —digo en voz alta, escuchando gritos emocionados en respuesta.
—Hijo de puta —chisporrotea Jas.
—Solo estoy siendo amable, es mi regreso a la ciudad, como sabes.
—¿Cuándo te vas? —exige saber.
—Todavía no lo sé.
—No te quiero aquí.
—No eres la dueña de Acácia. Mi familia vive aquí, puedo quedarme el tiempo que quiera.
—¿Volviste solo para perturbar mi paz?
—¿Te perturbo, Jas? —Saber eso me hace un poco más feliz. Aunque estoy tremendamente afectado por el odio que veo flotando en sus ojos.
Son de un marrón cálido como los troncos de los árboles en verano, algo que siempre consideré su encanto, dándole un tono indescifrable que ni siquiera si pasara toda mi vida intentando captar sus matices lograría comprender.
Jasmin sigue siendo hermosa.
Me atrevo a decir que los años la convirtieron en una de las maravillas del mundo moderno.
Ya era hermosa, pero el tiempo lejos me dejó un poco desacostumbrado y todo lo que consigo hacer es suspirar.
—Me estás perturbando ahora.
—¿Eso es malo?
—Mucho.
—Entonces voy a seguir exactamente donde estoy.
—¿Qué quieres? Dilo antes de que me arrepienta de haber preguntado.
—¿Cómo sabes que quiero algo?
—Cuando insistes en quedarte, siempre es porque quieres algo.
—Creo que deberíamos hablar. No quiero que este clima tenso se extienda a mi familia y arruine lo que vine a hacer a la ciudad.
—¿Y qué sería?
—¿El clima tenso?
—¿Lo que viniste a hacer a la ciudad?
—Cosas del trabajo —respondo.
—Como un magnate, pensé que tendrías gente que hiciera todo por ti.
—Claro que la tengo. ¿No ves a mi asistente bebiendo cerveza por mí? —ironizo.
—Idiota.
—Solo un poco.
—Algunas cosas no cambian ni con el tiempo. Sigues siendo insoportable.
—¿Cuántos años tienes, dieciocho? Este ping-pong verbal me está haciendo dudar que tengas la misma edad que yo.
—Perdón, señor maduro, no pensé que fuera una prueba.
—¡Dios mío, esta mierda no cambió nada! —dice Mali y solo entonces Jas y yo desviamos la atención el uno del otro.
Nos encontramos con el bar entero en silencio. Todo el mundo está prestando atención a nuestra conversación. Contengo la risa y doy otro trago a la cerveza.
—Jas, cuando puedas hablar, avísame. Creo que tenemos muchas cosas que aclarar.
Ella resopla, probablemente queriendo mandarme al lugar donde no da el sol.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Pero yo tengo bastante que decirte.
—Guárdalo dentro de tu pecho y, si tengo suerte, puede que mueras atragantado con eso.
Esbozo una sonrisa y termino la cerveza, dejando el bar poco después.
Nuestro momento de honestidad todavía no ha llegado.
Durante el camino a casa, me detengo frente al enorme jatobá a un lado del camino. Voy allí solo para comprobar si lo que escribimos en la adolescencia sigue ahí y sonrío al darme cuenta de que mi nombre fue tachado. Ella dejó solo el suyo.
—Ah, Jasmin, si de verdad no te importara y no quisieras poner todo sobre la mesa, no reaccionarías así.
Sigo mi camino, nostálgico.
La vida realmente es una cosa loca.