Capítulo 3
Arthur
J de JUMENTO
—¡CORRE DEL JUMENTO, ARTHUR!
—¿Qué le hiciste a un jumento para que se enfadara, Jas?
—¡SOLO CORREEEEE!
—¡PUTA MADRE, NOS ESTÁ ALCANZANDO!
—¡Cuidado con la cercaaaa!
—¡JODER! ¡CREO QUE ME RASGUÉ LAS PELOTAS!
—Después te doy un beso para curarte.
—Creo que también me lastimé la polla.
Salgo de la ducha y el vapor se esparce por el vestidor.
Al encontrarme con mi reflejo en el espejo, veo a un hombre extraño.
No extraño físicamente, sino con una tensión que se fue construyendo en sus rasgos a lo largo de los años.
Es una locura notar cómo fui marchitándome al mismo tiempo que creaba un vacío tan grande, incapaz de ser llenado por todo lo que hago.
Me obligué a mantenerme concentrado en los negocios. En problemas solucionables, evitando a toda costa el dolor de la ausencia.
El dolor de extrañar algo que no puedo tener.
Cada vez que llega esta fecha, su cumpleaños, es como recibir un golpe directo en el corazón, recordándome cuándo dejé todo atrás.
El día en que me fui.
El día en que recibí la última sonrisa.
Tomo mi celular y, en un intento desesperado por olvidar, llamo a una de las mujeres con las que estoy saliendo.
Una socialité, heredera de algo que nunca me interesó preguntar.
No tenemos muchas conversaciones juntos; casi siempre nuestros encuentros no duran más que la noche, cuando voy a su casa y luego regreso al apartamento.
Ella nunca vino aquí.
Nadie vino jamás aquí.
Ninguna persona vendrá jamás aquí.
No en el sentido sexual y romántico.
Las únicas personas que conocen mi apartamento son algunos colaboradores y mis amigos. En parte porque soy un paranoico de la seguridad y porque, si ella nunca lo vio, ¿qué razón tendría para mostrárselo a otras?
Soy un cobarde.
A punto de cumplir cuatro décadas de vida, sé que no puedo tener lo que quiero, pero también sé que no puedo seguir así.
Perdiéndome en folladas pasajeras.
Ahogándome en ellas.
Intentando llenar algo que no voy a encontrar de esa manera.
La soledad duele. Sobre todo viviendo entre Aslan y Maverick, viendo cómo el amor entre ellos aumenta cada día. Levi y yo seguimos algo perdidos con el hecho de que ella forme parte de nuestro club y nos guste tanto eso, lo que inevitablemente nos lleva a pensar cómo sería si tuviéramos lo mismo.
—¡TUT, VAS AL PARTIDO DE HOY? —hablando del demonio…—. ¡ME INVITARON AL PALCO DE UNO DE LOS MAGNATES DEL PETRÓLEO!
Escucho la voz de Levi resonando desde alguna parte del apartamento y le grito que espere mientras me visto.
Lo encuentro desparramado en el sofá, usando mi iPad.
—No lo sé. Tengo cosas más importantes que hacer además de salir contigo.
—Me dijeron que podemos llevar a alguien.
—Los partidos de fútbol americano duran demasiado.
Él me mira como diciendo “¿en serio?”.
—¿Cuál es tu problema, señor nada de interacciones humanas? ¡Fueron amables al invitarnos!
—¿Y…?
Levi ignora mi sarcasmo y sigue divagando.
—Quién diría que Maverick nos acercaría a los Kingston… Es algo importante, ¿sabes? Para mi empresa, para la tuya. Ella no podrá ir, ni Aslan tampoco, es su aniversario de novios o algo así y quieren estar solos.
—En realidad están intentando deshacerse de nosotros, bueno, de ti. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo.
Reviso la hora en mi reloj.
Levi parece confundido, como si le resultara impensable que alguien no quisiera disfrutar de su compañía.
—Entonces, ¿vas o no a ver el partido?
Miro al techo, pidiendo un poco de paciencia para lidiar con él. No es fácil, pero hago todo en nombre de la amistad.
—¿No puedes ir solo?
—¡Entonces sería raro! Mejor ni voy.
Levi empezó a amar el fútbol americano después de que Maverick apareció en nuestras vidas y me siento culpable por seguir siendo tan reacio a acompañarlo.
Claramente soy un pésimo amigo. Tanto que la última vez que logramos salir juntos así fue hace meses.
Él ha estado muy ocupado con la empresa, viajando, descubriendo lugares, internándose en sitios inhóspitos solo para llevar lo mejor del mundo a sus clientes; yo, en cambio, vivo entre servidores y dedico gran parte de mi vida a la tecnología y su avance.
¿Puede ser que eso me haya desacostumbrado a las emociones humanas? Quién sabe. Según la Inteligencia Artificial que creó una de las divisiones de J.A., soy una especie de humano que odia la interacción.
Creo que no mintió.
—Debes estar pensando cosas de NERD, mejor no me involucro —dice Levi de la nada, hasta que me doy cuenta de que llevaba rato hablándome y yo no escuché nada.
Esa habilidad debe haberme sido concedida por los dioses: desconectar el cerebro mientras hablo con mi amigo.
—¿Intentabas convencerme de ir?
—No, en realidad no. Solo comenté que voy a viajar justo después de la boda de Mavs y Aslan.
Necesito hacer una investigación de campo y, aunque tengo personas que podrían hacerlo por mí, quiero comprobarlo personalmente, ¿sabes?
Además, hace dieciséis años que no tomo vacaciones ni nada remotamente parecido.
—¿Adónde vas?
—Voy a hacer un viaje por Europa.
Bien, eso sí capta mi atención.
—¿Y cuánto tiempo estarás fuera?
—Unos cuarenta y cinco días.
Cuarenta y cinco días… Me quejé de tener que socializar con él, ¡pero no era para esto! Somos tan insoportables que solo nosotros mismos nos soportamos. ¿Qué voy a hacer en medio de la pareja melosa mientras él esté fuera?
—No, Levi, no puedes joderme así.
Él y su pijama de elefantes me miran como si yo fuera un zombi, una aparición.
—Viaja tú también, si tu problema es quedarte cerca de la pareja de comercial.
—¿Y adónde iría?
—Existe una isla australiana invadida por cangrejos rojos, un fenómeno interesante. Puedo organizar tu itinerario personalmente, si quieres.
—¿Y por qué demonios querría ver un montón de cangrejos?
—No sé. Me acordé porque la semana pasada un grupo de turistas estaba interesado en cerrar un paquete con ese itinerario. El fenómeno ocurre de noviembre a enero, dependiendo de la fase de la luna, claro. ¿Adivina cómo se llama la isla?
—Claro que lo sé, porque siempre me interesaron muchísimo los cangrejos.
Levi no se inmuta ante la ironía.
—Christmas, un nombre perfecto para la época navideña. ¿Será por eso que los cangrejos rojos —enfatiza esa palabra— migran? Todo tiene sentido… la época, su color, piénsalo conmigo…
—A veces dudo que pienses, Levi.
Una vez más no se inmuta.
—Entonces viaja a casa.
—No, gracias.
No comenta nada y vuelve a la mierda del tema anterior.
—¿Sabías que estiman que alrededor de ciento veinte millones de cangrejos hacen esa migración todos los años?
Es una locura, ¿no? Creo que esto de los cangrejos realmente me atrapó.
—Pongo los ojos en blanco.— Cruzan una extensa selva tropical para aparearse y desovar en el mar.
Me pregunto cómo saben cuándo deben hacerlo, ¿entiendes?
Es algo que ni los científicos deben haber descubierto todavía. Muy interesante.
—¿Por qué no vas tú?
—Ah, no, ya organicé el viaje y el destino en mi agenda, no me gusta cambiar los planes.
—Entiendo, qué pena. Y… —si migran, ¿dónde viven? Ahora soy yo el curioso por culpa de los malditos cangrejos— ¿dónde se quedan? Si van al mar, ¿no?
Levi sonríe. Maldito, sabe que captó mi atención.
—Viven en madrigueras dentro de los bosques y cuando llega el momento adecuado, que todavía no sé cómo lo saben, pero lo saben, migran al mar y se aparean.
Con la subida de la marea, los huevos eclosionan y garantizan la vida de pequeños cangrejos.
Qué cosa. Cangrejos, cangrejos. Y, aunque no lo creas, el grupo de turistas aceptó pagar cantidades exorbitantes para viajar con todo organizado.
Para ver cangrejos en una isla con dos mil habitantes… cangrejos.
Hasta él parece asombrado.
Y, por desgracia, durante el resto de mi día de trabajo, todo en lo que pienso es en los malditos cangrejos.
Tiene que ser una broma.
Cuando regreso a casa más tarde, recibo un mensaje de Levi diciendo que decidió ir solo al partido. Suspiro aliviado. Que otra persona se encargue de la isla australiana y de la fascinación que despertó en mi amigo.
Me siento en uno de los sillones y observo la nada.
Literalmente.
Sigo sentado, después de quitarme la corbata y los zapatos.
Mi celular suena y, al ver quién me llama, dejo escapar un gruñido. ¿Qué quiere ahora este idiota? La última vez insistió en que invirtiera en su empresa, cosa que no sucedió. No trato mi dinero como si fuera solo un pedazo de papel.
—Ryatt, ya te dije que no voy a invertir en tu empresa.
—No llamé por eso. En realidad, solo quería invitarte a la inauguración de la sede. Conseguí los contactos correctos y a mi empresa le fue bien sin tu ayuda.
—Qué bien.
—¿Eso es todo lo que tienes para decir?
—Felicidades por el logro.
—¡Te estás burlando de mí!
—Jamás. —Tal vez un poco.
—Ya veremos si sigues con esa actitud.
No dice nada más y corta la llamada.
Observo el aparato, intentando entender qué demonios acaba de pasar.
Siento que algo está mal, no sé explicar la razón, pero presiento que esta no será una buena noche y no es solo por la llamada de ese idiota.
No sé, quizá sea solo una sensación extraña de que algo malo está a punto de golpearme. Pero una situación muy rara ocurrió mientras evaluábamos el razonamiento lógico de nuestra Inteligencia Artificial. Podría jurar que me miró y sonrió… como un ser humano.
Eso no tiene el menor sentido. Aunque debería tenerlo, ¿no es eso exactamente lo que mi equipo y yo hemos buscado desde el principio?
Qué sensación tan jodidamente extraña.
Recordar sus ojos evaluando a todos los presentes me provoca un escalofrío. Como una avalancha creada por un esquiador o una ola demasiado grande tragándose al pobre surfista.
Ojalá me hubiera equivocado.
Porque pasan unos minutos y recibo una llamada que acaba conmigo y con todo lo que construí hasta aquí. Una llamada que pone en duda todo mi esfuerzo desde los dieciocho años. Que transforma mi empresa en un castillo de naipes, a punto de enfrentarse a ráfagas de viento devastadoras.
El Grupo J.A. está a punto de derrumbarse.
Frente a mí.
Y no tengo ni puta idea de qué hacer.