Capítulo 1
Arthur
J de JACKFRUIT
—Me encanta la jackfruit.
—Lo sé, por tu culpa me rompí el pie.
—Yo no te mandé subir para agarrarla, lo hiciste porque quisiste.
—Claro, tampoco me pediste el corazón, pero te lo di igual.
—Ese sí lo acepto.
Escucho I Wanna Be Yours mientras observo Manhattan desde la pared de vidrio de la sala.
En un dúplex que hace mucho tiempo dudé que pudiera comprar.
¿Si es fenomenal vivir aquí?
No puedo decir que no lo sea.
Por desgracia, no es tan bueno como imaginé que sería.
La sensación es extraña, tal vez porque veo lo que la soledad puede causar. Además del hecho de sentirme incapaz de disfrutar todo aquello por lo que luché para conseguir, con miedo de que de repente todo termine y vuelva a quedarme sin un centavo.
Tener dinero es mejor que gastarlo.
Me gusta la estabilidad, poder darle una vida magnífica a mi familia.
Una vida que jamás imaginaron que tendrían.
Igual que mis amigos, esa fue una de las primeras cosas que hice cuando empecé a ganar dinero.
Pero no me gusta la sensación de tener que estar siempre haciendo algo, de tener que demostrarme mi propio valor para sentirme merecedor de seguir teniendo algo así.
Desisto de observar la vista, un poco melancólico, y regreso a la mesa donde dejé mi portátil abierto.
Necesito responder algunos correos, analizar informes, en fin, cosas burocráticas que odio.
Soy más el tipo de hombre que mete las manos en la masa y me siento mucho mejor cuando consigo resolver un problema.
—¿Arthur? —Escucho la voz de una amiga y me giro rápidamente—. Estabas tan concentrado que ni siquiera me oíste abrir la puerta.
Le sonrío con torpeza a Maverick.
Es la prometida de uno de mis mejores amigos, si no el mejor, y tiene acceso libre a mi apartamento, igual que al de Levi.
—Solo estaba pensando en algunas cosas —respondo y me reclino en la silla, mirándola.
—¿Buenas o malas? —pregunta, adoptando una expresión preocupada.
—Ni una cosa ni la otra.
Contemplo durante un largo rato a la mujer pelirroja, baja y de semblante animado. Es fácil entender por qué Aslan se enamoró de ella. Creo que cuando apareció, hasta Levi y yo nos enamoramos un poco. Con el tiempo, el sentimiento demostró ser solo fascinación, algo extraño de explicar.
—¿Quieres venir conmigo a sacar a pasear a los perros?
Recuerdo lo que pasó la última vez, pero aparentemente soy una persona muy valiente porque sonrío y digo:
—Claro, ¿por qué no?
—¡Eso era lo que quería escuchar!
Debí pensar en la cantidad de cosas que podían salir mal con mi simple respuesta.
Porque el maldito labrador de la mujer del décimo piso es el demonio encarnado y el jodido caniche del quinto, una bola de pelo llena de rabia, busca pelea con perros treinta veces más grandes que él.
Tanto que en un momento tengo que cargarlo en brazos mientras sostengo, con mi propia vida, cinco correas entre los dedos.
¡Si alguno sale corriendo, estoy jodido!
Miro a Maverick y ella va brincando a mi lado, llevando a los perros con la mayor tranquilidad del planeta mientras yo me hago mierda.
—¿Por qué los tuyos se quedan tranquilos? ¿Te aseguraste de darme a los peores?
—Solo necesitan amor, Art.
—¡Y un exorcismo!
Ella se ríe, pero sigue caminando sin ofrecerme ayuda.
Creo que si solo llevara uno, igual sería complicado.
—Ellos sienten tu estado de ánimo, por eso se alteran. Tienes que dejarte llevar, amigo. Haz que entiendan que estás disfrutando este momento tanto como ellos.
Si las miradas mataran, la mía la mataría.
¿Y cómo demonios voy a hacer eso?
Déjalos sentir —imito mentalmente su voz.
—¿Cómo es vivir en un mundo tan feliz?
Maverick deja de caminar y se gira bruscamente.
—Excelente, deberías practicar.
—Tu alegría es irritante.
Ella se encoge de hombros y sonríe.
—¡Gracias! ¿Sabes qué es irritante? ¡Tu mal humor!
Está bien, me lo merecía.
—No entiendo cómo Aslan te soporta.
Sonamos como dos niños molestándose mutuamente. Pero la verdad es que Mavs suele tocar el núcleo de asuntos que no quiero enfrentar. Es como si leyera mis pensamientos y, como una amiga entrometida, opinara sobre ellos. Creo que por eso me molesta tanto.
—Él me ama, igual que tú y Levi.
Amores diferentes, pero no dudo que realmente la queramos.
—No sé de dónde sacaste eso.
—De la sobreprotección de ustedes. Y eso que soy una mujer adulta y ustedes ya pasaron la edad de preocuparse por ciertas cosas. Tienen treinta y ocho años, necesitan madurar.
—No sé de qué estás hablando.
—Por cierto, no es que tenga relación con el tema, pero ¿a quién piensas llevar a mi boda?
Necesitas confirmármelo, porque si me dices que vas con Levi, contrataré a alguien para que te acompañe.
—Abro los ojos y ella continúa—: ¿Qué opinas de una Sugar Baby?
A tu edad ya puedes tener una. Mejor que quedarte solo.
Me reiría si tuviera alguna gracia.
—No, gracias. Si quiero ir con alguien, sé arreglármelas solo. Y treinta y ocho años es poco, por si quieres saberlo.
Sonríe por haber logrado provocarme.
—Faltan dos meses, es muy poco tiempo para encontrar a alguien.
—Dos meses es más que suficiente, Mavs.
Más que suficiente para darle largas e ir solo. No sé cuál es la razón de que quiera emparejarme tanto. Tuve cinco citas en las últimas dos semanas. Una más desastrosa que la otra. ¡En la última casi terminé desnudo en medio de un bar! Una historia que no pienso repetir.
—¡DIOS MÍO, VAS A DARME LARGAS! —me acusa a gritos, tan fuerte que los pájaros salen volando del parque y uno de ellos termina soltando excremento sobre la cabeza de un hombre no muy lejos de nosotros.
Él mira a Maverick como si fuera su culpa —que quizá lo sea—, pero deja de observarla al ver mi semblante malhumorado.
—No, no voy a hacerlo.
Pensaba hacerlo.
Ahora creo que me arrancaría los riñones con sus propias manos si lo hiciera.
—¡No vale llevar a tu madre!
¡Mierda! ¿Cómo puede preverlo todo?
—No haría eso.
—En serio, Art, sé que no quieres ir con nadie, pero la verdad es que me haría muy feliz que llevaras a una persona especial, ¿entiendes? Claro que el momento es mío y de Aslan, pero gracias a ti y a Levi tengo un grupo de amigos increíble.
—Entonces ¿quieres decir que puedo ir solo, solo que no quieres verme solitario?
Maverick frunce las cejas y los rayos del sol eligen justo ese momento para iluminar su cabello pelirrojo, transformándolo en un rojo tan vivo que su rostro parece enmarcado por fuego.
—Sí, podemos decir que sí.
—Todo va a salir bien. Creo que en realidad estás preocupada por tu boda y tratas de desviar la atención hacia otra cosa.
Ella reflexiona profundamente, pero uno de los perros la interrumpe al decidir salir corriendo detrás de algún animal veloz que apenas alcanzo a ver. Con eso, los míos, que ya eran bastante inquietos, deciden hacer lo mismo y terminamos en una persecución implacable detrás de alguna ardilla.
La escena es deplorable.
Dos seres humanos siendo paseados por una manada de perros enloquecidos, corriendo como si sus vidas dependieran de ello. Miro de reojo a Maverick y la encuentro desesperada, intentando impedir que los perros la arrastren, fallando miserablemente.
Sonrío.
Menos mal que ella también está sufriendo después de haberme metido en esta mierda.
Los perros descontrolados siguen a la ardilla —ahora sí puedo verla— y, en una de esas, el pequeño mamífero sube a uno de los árboles cerca del primer lago.
Podría decir que todo salió bien.
Podría afirmar, con énfasis, que nada malo ocurrió.
Pero, lamentablemente, necesito ser honesto y admitir que en ese corto lapso todo lo que podía salir mal, realmente salió mal.
Mientras me arrastran en una carrera frenética, para evitar chocar contra un niño que va en patines, me desvío y suelto las malditas correas, dando pasos torpes sin lograr detenerme, chocando contra un banco y cayendo encima de él.
En esa absurda secuencia de acontecimientos termino en el maldito agua.
En medio del jodido Central Park.
Salí de Brasil para pasar vergüenza en Estados Unidos, mi vida es una maravilla.
El viento helado del otoño se mete en mis huesos y me hace apretar los dientes cuando reúno el valor para levantarme, intentando ignorar al niño que se ríe de mi desgracia.
—¡Mira, mamá, se cayó al lago! ¡Yo también quiero nadar!
—¡Cállate, Chris, fue un accidente!
Consigo salir del agua y agito los brazos, intentando librarme del exceso. Escucho una carcajada y al levantar la mirada me encuentro con Maverick rodeada de perros, divirtiéndose con el desastre en el que me metió.
Tengo ganas de estrangularla.
—¿De qué te ríes?
Ese demonio tiene la decencia de detener la risa al mirarme.
—De nada, obviamente.
Intenta mantenerse seria, pero termina encontrándose con los ojos del niño que segundos antes se reía hasta quedarse sin aire y no aguanta más, soltando otra carcajada estruendosa.
—¡Nunca vuelvas a invitarme a esto! —exclamo, pasando junto a ella y recuperando algunas correas.
Gracias a Dios no dejó que los perros escaparan o la mitad del maldito edificio nos odiaría, además de llamarnos irresponsables.
Sigo caminando, mojado y muy, muy cabreado.
Maverick solo sabe reírse de mi desgracia.
—¡Mejor tú que yo! —dice, estallando en carcajadas otra vez.
Mis pasos pesados rumbo al edificio dejan claro que no estoy para bromas. Ni siquiera sé en qué estaba pensando cuando decidí pasear perros con ella.
—Qué día tan hermoso, ¿no crees? —canturrea detrás de mí—. Sobre todo porque el índice de la Bolsa está subiendo y me encanta cuando eso pasa.
Pongo los ojos en blanco.
Maverick es el equilibrio perfecto entre niña rica que no hace nada e inversionista inteligente. Bueno, muy inteligente, tanto que habla una cantidad obscena de idiomas y suele estar completamente loca.
Las personas locas casi siempre son inteligentes. Porque, siendo sinceros, hay mucha inteligencia en la locura.
Todavía estoy mojado, furioso y siendo arrastrado por un labrador que, por más desastre que sea, sigue siendo adorable, cuando mi celular suena.
Al sacarlo veo la foto de mi madre en la pantalla y todo hombre, por muy viejo que sea, sabe que ignorar la llamada de su madre es básicamente pedir la muerte.
Por eso contesto.
Casi de inmediato.
—Hola, mamá —hablo en portugués.
Maverick se apresura a colocarse a mi lado mientras caminamos por las abarrotadas calles de Manhattan. Para nuestra suerte, los perros están más tranquilos y parecen satisfechos después de haberme lanzado al lago.
—¿Cómo están las cosas, hijo?
—Muy bien, gracias.
—Vi que salió otra noticia sobre uno de tus romances.
Uno de tus romances. Me está reprendiendo.
—Solo fue una nota sensacionalista, no estoy con nadie. Sabes que no tengo tiempo para eso.
Si Maverick entendiera portugués, seguro se aclararía la garganta y gritaría que estoy mintiendo.
—No tienes tiempo, siempre la misma excusa. ¿Y cuándo piensas visitar a tu madre en Brasil?
¿Cómo le digo que no tengo intención de hacerlo?
—Pronto. Pero si quieres también puedes venir aquí. Ya casi hace un año que no vienes.
El sonido consternado que llega a través de la línea deja claro lo que piensa de mi idea.
—Creo que ya pasaste demasiado tiempo lejos. ¿Qué más quieres?
¿Qué más quiero?
No sabría responder esa pregunta ni aunque valiera millones de dólares.
—Mamá, tengo que colgar, la llamada está… em-em-em… la llamada está em-em-em… —Termino la llamada mientras escucho sus reprimendas por la mentira.
Claro que lo sabría.
Miro a Maverick y parece hostilizarme tanto como mi madre.
—¿Quién era?
—Mi madre.
—Te escuché decir varias cosas, pero no entendí casi nada. Deberías ayudarme a aprender portugués, me parece un idioma increíble.
¿Y entonces cómo voy a insultar a Aslan o a Levi sin que se den cuenta?
—No, ya sabes demasiados idiomas.
Ella frunce el ceño de una manera que parece estar a punto de iniciar la tercera guerra mundial.
—Está bien, aprenderé sola.
Su mirada es decidida y no dudo que en unos seis meses Maverick pueda al menos comunicarse en mi lengua materna.
—Vas a sufrir un poco, el portugués está lleno de reglas.
—¡Ya lo verás!