La furia del Heredero
La furia del río llegó. No como una ola. No como una inundación. Llegó como llegan los dolores antiguos que uno cree haber enterrado. Silenciosos. Pacientes.
Y cuando finalmente despiertan...
arrasan con todo.
El Hombre Caimán soltó un grito.
Un grito tan profundo que parecía surgir desde el fondo del Magdalena.
Las aguas oscuras comenzaron a agitarse violentamente.
Las pequeñas olas que hasta entonces habían besado con suavidad la orilla empezaron a golpearse unas contra otras. El río se balanceó con fuerza, como un gigante despertando sobresaltado después de un largo sueño.
El viento cambió.
La arena húmeda vibró bajo los pies de todos los presentes.
Y los orbes verdes del Hombre Caimán brillaron con una intensidad nunca antes vista.
No era el brillo sereno de la leyenda.
Era rabia.
Era dolor.
Era un niño llorando dentro de un monstruo.
—¡¡AAAAAAAAAAAAAHHHH!!
El rugido sacudió Culebra.
Las escamas del Hombre Caimán parecieron erizarse.
Su pecho subía y bajaba violentamente.
Las lágrimas seguían descendiendo por su rostro híbrido.
Y entonces atacó, desapareció.
La arena explotó bajo sus pies, su cola cortó el aire, las garras buscaron carne.
Punto 50 sonrió y esquivó.
El golpe impactó el agua, el Magdalena estalló en espuma.
El Hombre Caimán volvió a aparecer.
Atacó nuevamente, una garra descendió con fuerza devastadora.
Pero erró.
El agua volvió a explotar.
El río rugió.
Como si protestara., como si sufriera, Como si uno de sus hijos estuviera utilizándolo para alimentar algo que jamás le había pertenecido.
La rabia.
—¡Muere!
Gritó Rafael.
Pero ya no era la voz tranquila que había pronunciado sentencia, ya no era la voz que había preguntado por el miedo, era una voz rota, desesperada, la voz del niño que había perdido a su madre.
El Hombre Caimán se lanzó otra vez.
Su velocidad era aterradora.
Pero sus movimientos habían perdido elegancia, ya no fluían como el agua, ya no eran el baile silencioso del depredador ancestral, eran espasmos, impulsos.
Explosiones de furia.
La esencia del Hombre Caimán quería una cosa, proteger, castigar con justicia, preservar.
Pero Rafael...
Rafael quería otra, venganza y ambas voluntades comenzaron a desgarrarse mutuamente.
El héroe luchaba contra el hijo, el río luchaba contra el niño, el legado luchaba contra el odio.
Y en medio de aquella batalla invisible, el Hombre Caimán comenzó a perderse.
—¡¡MALPARIDOOOO!!
Sus garras volvieron a errar, el Magdalena recibió otro golpe, la corriente se agitó, las aguas oscuras salpicaron como lágrimas sobre la arena caliente.
El río parecía llorar, porque uno de sus hijos estaba siendo consumido.
Punto 50 observó aquello y sonrió, aquella sonrisa volvió, la sonrisa del hombre que comprendía exactamente dónde debía clavar el cuchillo.
Retrocedió un paso, esquivó otro zarpazo y comenzó a reír, una carcajada insoportable, triunfante.
—¡Eso es!
Gritó.
—¡Así me gusta!
El Hombre Caimán atacó otra vez.
Erró.
El agua explotó, la arena tembló.
Y Punto 50 abrió los brazos.
—¡Ya lo sabía!
Su risa resonó sobre el río.
—¡No eres diferente a mí!
Rafael rugió, otro ataque. Otra falla. Otra explosión de espuma, las lágrimas seguían cayendo desde los ojos verdes.
—¡CÁLLATE!
—¡Mírate!
Punto 50 esquivó una nueva embestida, su voz comenzó a crecer.
Alimentándose de cada herida, de cada lágrima, de cada recuerdo.
—¡Toda esa mierda del amor!
—¡Toda esa basura del legado!
—¡Toda esa porquería de proteger al pueblo!
Se señaló el pecho.
—¡Desapareció en el instante en que viste mi rostro!
El Hombre Caimán se detuvo un segundo, solo uno, temblando, respirando y Punto 50 aprovechó, se acercó, su voz descendió hasta convertirse en veneno.
—Porque la verdad es que quieres matarme.
Sonrió.
—No por Plato, no por Cerro Grande, no por Culebra.
Se inclinó hacia él.
Y susurró:
—Por ella.
Las pupilas verdes se contrajeron.
Y Punto 50 terminó de hundir el cuchillo.
—Fue delicioso...
El mundo pareció detenerse, Lira abrió los ojos horrorizada, Sara apretó los dientes, Mañe intentó levantarse.
Pero Punto 50 continuó saboreando cada palabra.
—Tu madre...
Una carcajada.
—Esa perra...
Las lágrimas brotaron con más intensidad de los ojos del Hombre Caimán.
—Fue un rico manjar.
El rugido que siguió ya no parecía humano, ni animal, parecía el sonido de un corazón rompiéndose.
El Hombre Caimán se lanzó nuevamente, ya no veía, ya no escuchaba.
Solo existía la lluvia, el cuerpo de María Elvira cubriéndolo, la sangre, la risa, las balas, el olor a barro, el miedo.
El recuerdo de aquella noche, donde le arrebataron su inocencia…
Golpeó el agua, golpeó la arena, golpeó el vacío, una y otra vez, descontrolado, ciego.
El Magdalena se agitó violentamente, las olas chocaban contra la orilla como si intentaran abrazarlo, detenerlo, llorarlo, porque el río comprendía lo que estaba ocurriendo, el odio estaba usurpando el corazón inocente de Rafael, lo estaba convirtiendo en aquello que más había combatido.
Y Punto 50... Punto 50 reía, porque comprendió que quizá no necesitaba vencer al Hombre Caimán, bastaba con destruir a Rafael, bastaba con convertir el amor de un hijo en odio, bastaba con hacer que la leyenda olvidara por qué había nacido.