En la población de plato, se convirtió en Hombre Caiman… #2
Y venía a cobrar la deuda de sangre que el miedo había dejado pendiente.
La desesperación terminó por quebrar la máscara de frialdad de Punto 50. El momento que tanto había anhelado y exigido con soberbia estaba finalmente frente a él, respirándole en la nuca, pero no tenía el rostro de una víctima fácil ni las proporciones de un mito desgastado.
Preso de un pánico rabioso, sin mediar aviso ni estrategia alguna, el tirano apretó el gatillo y comenzó a disparar desmedidamente hacia la penumbra donde se erguía la monumental figura del Hombre Caimán.
Sin embargo, las leyes de la física parecieron alterarse en las ruinas de Culebra. Como si el mismísimo aire nocturno se hubiera densificado hasta convertirse en las aguas turbias, hondas y bravas del Río Magdalena, el Hombre Caimán comenzó a moverse con una agilidad que desafiaba la razón.
Esquivaba la lluvia de plomo fundido deslizándose en el vacío, ondulando su cuerpo con la gracia fluida y letal de un caimán bajo el agua.
Los fogonazos de la boca del fusil iluminaban apenas fracciones de su silueta cambiante, mientras Punto 50, escupiendo saliva y perdiendo la cordura a cada fracción de segundo, gritaba a todo pulmón, rasgándose las cuerdas vocales
—¡Muere, malparido! ¡Muere!
Pero las balas solo perforaban la niebla y el viento.
El Hombre Caimán se perdía en las sombras asfixiantes y emergía cada vez más cerca, nadando a través del caos, acortando la distancia con una cadencia imparable.
Punto 50 comenzó a girar sobre sí mismo.
Su respiración era cada vez más rápida.
Sus ojos recorrían desesperados la oscuridad.
—¡No te escondas!
Disparó otra vez.
—¡Pelea!
Otra ráfaga.
El Hombre Caimán ya estaba a menos de diez metros.
Un relámpago iluminó sus ojos verdes, cinco metros.
Punto 50 giró, disparó y nada.
Tres metros y entonces sintió una presencia detrás de él.
En un parpadeo indescifrable, el Hombre Caiman desapareció por completo del frente de ataque para materializarse justo a la espalda de su verdugo.
Con unas manos enormes que poseían la fuerza aplastante de la corriente del río en época de invierno, agarró a Punto 50, lo levantó del suelo como si su peso no fuera más que el de una pluma seca y lo arrojó por los aires con una violencia brutal hacia la orilla fangosa del Rio Magdalena.
El cuerpo del líder de los encapuchados rodó por la ribera, chocando contra las piedras húmedas, pero su instinto de asesino lo obligó a recomponerse casi de inmediato.
Desde el suelo, de rodillas sobre el lodo, siguió disparando ráfaga tras ráfaga en una ceguera histérica. El estruendo resonó implacable hasta que el cargador vomitó su última munición.
La percusión se ahogó en un sonido mecánico, hueco y patético.
clic, clic, clic.
Solo un fino hilo de humo gris y amargo escapaba del cañón sobrecalentado.
El silencio que siguió a la tormenta de pólvora fue espeso y perturbador. Punto 50 bajó la cabeza lentamente, mirando el barro bajo sus botas.
Sus hombros comenzaron a sacudirse en un vaivén rítmico, y de su garganta empezó a brotar una risa sorda que rápidamente escaló hasta convertirse en una carcajada abierta, vibrante y demencial.
Aceptando la inutilidad de su herramienta de muerte, aflojó los dedos y dejó caer el fusil; el metal siseó al hundirse en las aguas oscuras del Magdalena.
Sin dejar de reírse de su propia condena, se puso de pie, extendió los brazos en cruz ofreciendo su pecho al viento nocturno y bramó con una mezcla enfermiza de locura y éxtasis.
El viento agitó levemente su pasamontañas ensangrentado.
—¡Muéstrate, maldita escoria!
La voz retumbó sobre el río.
—¡Ven!
Los truenos verdosos rugieron sobre Culebra.
—¡Pelea de frente, como un varón!
El silencio posterior fue absoluto.
Y entonces... como si el firmamento entero respondiera a la arrogancia de su desafío, con la velocidad y el impacto atronador de un relámpago, el Hombre Caimán se posó imponente frente a él, levantando una cortina de arena mojada al aterrizar.
El Hombre Caimán apareció frente a él, sin ocultarse, sin sombras, sin distancia.
Las escamas brillaban bajo la luz imposible del cielo, la armadura etérea parecía respirar sobre su cuerpo.
Sus ojos verdes permanecían fijos sobre Punto 50, había tristeza en ellos, había cansancio, pero también una determinación antigua, una determinación nacida del río, del pueblo, de todos aquellos que ya no podían luchar.
La colosal figura alzó su brazo, preparando la fuerza de la naturaleza para descargar el golpe definitivo sobre el tirano, y sentenció con una voz profunda que arrastraba la memoria de las aguas antiguas
—Que el río te reclame...
El puño estaba a punto de descender para triturar la existencia del opresor, pero el impacto quedó suspendido en la eternidad de la noche, porque en ese último aliento de vida, alterando por completo el ritmo del clímax, Punto 50 alzó el rostro.
Con un movimiento asombrosamente suave, maquiavélico y cargado de una elegancia macabra que no correspondía al de una bestia acorralada, deslizó sus dos manos por debajo de la tela negra de su pasamontañas.
Tiró de él hacia arriba, despojándose deliberadamente de la máscara que había ocultado su humanidad durante toda la masacre, revelando en el borde mismo del abismo el rostro oculto detrás del epicentro del terror.
Con una calma perturbadora.
Con la delicadeza de quien se prepara para una ceremonia largamente esperada.
La tela cayó a las aguas oscuras del rio.
Los truenos iluminaron parcialmente el rostro oculto durante tanto tiempo.
El Hombre Caimán se detuvo.
Su puño quedó suspendida a centímetros de la carne.
Los ojos verdes se abrieron apenas.
Y, por primera vez desde que aquella noche había comenzado, incluso el río pareció contener la respiración.
Porque el verdadero rostro del terror acababa de revelarse.
La garra del Hombre Caimán se detuvo.
Apenas a unos centímetros del rostro descubierto de Punto 50.
El tiempo dejó de avanzar.
Los truenos verdosos seguían desgarrando el cielo de Plato, pero el sonido parecía llegar desde muy lejos. Las llamas continuaban consumiendo las ruinas de Culebra. Los heridos gemían. El Magdalena respiraba contra la orilla.
Pero para Rafael... todo desapareció, retrocedió un paso, solo uno y aquel paso pesó más que toda la batalla.
Porque conocía esa mirada, conocía esos ojos, aquella forma de sonreír, aquella tranquilidad enferma, aquella expresión que convertía el horror en costumbre.
No era la primera vez que la veía.
No.
La había visto antes, muchos años atrás, cuando todavía era un niño y el mundo aún tenía sentido.
El Hombre Caimán tembló, las escamas de sus brazos comenzaron a vibrar ligeramente.
Los orbes verdes, antes firmes e implacables, se abrieron con una incredulidad dolorosa y entonces la memoria regresó.