El Linaje del Río Renacer
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Renacer

Mientras en Plato la mañana se extendía luminosa sobre las calles recién recuperadas por la alegría, en algún rincón olvidado del monte, donde los caminos desaparecían entre trupillos, cardones y maleza espesa, la oscuridad todavía se negaba a retirarse.

Allí no había música.

No había fritos.

No había niños jugando.

No había libertad.

Solo dolor.

Y odio.

Acostado sobre un catre improvisado dentro de un viejo cambuche escondido entre la espesura, un hombre abrió lentamente los ojos.

Primero fue una respiración.

Después otra.

Y luego el dolor.

Un dolor tan profundo que parecía recorrerle los huesos.

La mitad de su rostro estaba marcada por quemaduras oscuras. No eran quemaduras de fuego. No eran heridas producidas por gasolina ni pólvora.

Era algo peor.

Era la huella de aquella luz ancestral que había explotado frente a él en la ciénaga.

La piel se había encogido, la carne se veía retorcida.

Y cada vez que intentaba mover la mandíbula, el dolor le recordaba su derrota.

Punto 50 permaneció inmóvil unos segundos mirando el techo de palma, pero no había miedo en sus ojos, ni tristeza, ni arrepentimiento, lo que habitaba allí era algo mucho más peligroso, rencor, porque durante toda aquella noche de inconsciencia no había descansado realmente.

Su cuerpo dormía, pero su mente había trabajado.

Había imaginado, había planeado, había odiado y ahora que despertaba... despertaba convertido en algo peor, la derrota había arrancado de él cualquier resto de prudencia, lo único que quedaba era la necesidad enfermiza de vengarse.

Lentamente se incorporó, las costillas le dolieron, la espalda le ardió, pero aun así logró ponerse de pie y sonrió, una sonrisa torcida.

Terrible.

Porque algunas personas, cuando son heridas... aprenden, pero otras... se vuelven monstruos y Punto 50 pertenecía a la segunda clase.

Entonces la lona de la entrada se movió.

Una figura apareció en el umbral.

Era un hombre alto.

Más alto que Punto 50.

Más viejo, más sereno.

Vestía ropa táctica sin insignias visibles. Una barba larga y cuidadosamente arreglada le cubría parte del rostro, mientras unas gafas oscuras ocultaban completamente sus ojos.

No necesitaba levantar la voz.

La autoridad le salía naturalmente.

Entró al cambuche observando el estado del herido.

No mostró compasión, ni preocupación, ni respeto, solo evaluación, como quien revisa una herramienta dañada.

Se acomodó lentamente las gafas.

Se sobó la barba.

Y habló.

—Más te vale que acabes con toda esta mierda que está pasando en Plato.

Su voz era grave, pesada y fría.

—Porque si no lo haces...

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Yo mismo voy a matarte, pendejo.

El silencio llenó el cambuche.

Afuera se escuchaban aves despertando entre los árboles.

Adentro... solo respiraban dos hombres peligrosos.

Punto 50 levantó lentamente la mirada.

Durante un instante pareció que iba a responder, pero no, porque incluso él sabía cuándo debía callar.

La relación entre ambos no era de amistad, ni de respeto, era una cadena, y él ocupaba el eslabón inferior.

La figura de la barba sonrió apenas, después se dio la vuelta, y comenzó a marcharse.

Pero antes de salir... Punto 50 habló, su voz sonó ronca, llena de veneno.

—No te preocupes.

La figura se detuvo.

—Voy a destruir a Plato.

Sus dedos comenzaron a cerrarse lentamente hasta formar un puño.

—Voy a destruir a esa india.

—Voy a destruir al Hombre Caimán.

La quemadura de su rostro pareció tensarse junto con la rabia.

—Voy a destruir a todos esos hijueputas...

Su respiración se volvió pesada.

Oscura.

—Así sea lo último que haga en mi vida.

La figura permaneció inmóvil unos segundos, luego salió del cambuche sin responder y cuando volvió a quedar solo... Punto 50 caminó lentamente hasta una pequeña mesa, allí descansaba un mapa de Plato.

De la ciénaga, de los corregimientos, de las veredas, del corazón mismo del territorio, apoyó la mano sobre él.

Y sonrió.

Porque la guerra apenas comenzaba.

Y los hombres más peligrosos no son aquellos que creen que van a ganar.

Son aquellos que ya no tienen absolutamente nada que perder.

Punto 50 permaneció varios segundos inmóvil frente al espejo.

El cristal estaba roto en múltiples fragmentos, atravesado por grietas que parecían pequeños relámpagos congelados en el tiempo.

La imagen reflejada devolvía un rostro extraño, deformado por las heridas y por la sombra.

Durante un instante ni siquiera pareció reconocerse.

Lentamente levantó una mano y comenzó a recorrer con las yemas de los dedos la piel quemada que cubría parte de su cara.

La carne endurecida se sentía áspera, ajena, como si perteneciera a otro hombre.

El dolor todavía estaba ahí.

Pero ya no le importaba.

Porque existían heridas mucho peores que las del cuerpo.

Las heridas del orgullo.

Las heridas de la humillación.

Las heridas de la derrota.

Y esas eran precisamente las que ahora ardían dentro de él.

Observó nuevamente su reflejo. La mitad sana de su rostro parecía la de siempre. La otra mitad parecía haber sido marcada por la misma rabia que habitaba en su interior. Y entonces sonrió.

Una sonrisa lenta.

Torcida.

Perturbadora.

—Así que esta es la nueva cara de la venganza...

La frase quedó suspendida en el aire caliente del cambuche.

Su mirada descendió lentamente hasta un pasamontañas negro abandonado sobre una silla. Lo tomó entre las manos y lo observó durante varios segundos. La tela parecía insignificante, pero en ese momento representaba algo mucho más importante.

Una muerte.

Y un nacimiento.

—Entonces seré el malo de esta mondá...

Soltó una pequeña risa cargada de desprecio.

—Pero por ahora es mejor que crean que estoy muerto.

Porque había comprendido algo durante la larga noche de dolor.

Mientras todos celebraban.

Mientras Plato cantaba.

Mientras el Hombre Caimán era elevado como símbolo.

Mientras la heredera Chimila se convertía en leyenda.

Ellos creerían que Punto 50 había desaparecido.

Y no existe enemigo más peligroso que aquel que el mundo da por muerto.

Lentamente se colocó el pasamontañas sobre el rostro.

Cuando terminó, la persona que observaba desde el espejo parecía completamente distinta.

Ya no había identidad.

Ya no había nombre.

Ya no había rostro.

Solo quedaba odio.

Y el odio es más difícil de matar que cualquier hombre.

Abrió la puerta del cambuche.

La luz de la mañana penetró inmediatamente entre los árboles, dibujando sombras largas sobre el suelo húmedo del monte.

Afuera, varios mercenarios caminaban entre vehículos, cajas de munición y cambuches improvisados.

Algunos preparaban café. Otros limpiaban armas.

Otros simplemente conversaban creyendo que el peligro se encontraba lejos.

Todos se equivocaban.

Porque el peligro acababa de despertar.

Uno de los mercenarios lo vio salir.

Era joven, quizás demasiado joven para aquella guerra, sonrió inmediatamente y caminó hacia él.

—¡Mi comandante Punto 50!

La alegría en su voz era genuina.

—¡Qué bueno tenerlo de vuelta!

Punto 50 lo observó, sin responder, sin emoción, sin humanidad.

Simplemente lo observó y en el siguiente instante lo agarró violentamente por la solapa de la camisa.

El joven apenas tuvo tiempo de abrir los ojos, no entendió nada, no alcanzó a preguntar, no alcanzó a reaccionar.

Punto 50 sacó la pistola nueve milímetros.

Le abrió la boca de un golpe y le metió el cañón entre los dientes.

El campamento entero quedó paralizado.

El muchacho intentó hablar, intentó suplicar, intentó moverse, pero el disparo llegó primero, la detonación resonó brutalmente entre los árboles.

La parte trasera de la cabeza explotó en una nube de sangre y hueso, el cuerpo cayó pesadamente al suelo.

Todavía tembló unos segundos y después quedó inmóvil.

Muerto, completamente muerto.

El silencio se apoderó del lugar.

Nadie respiró, nadie habló, nadie se atrevió siquiera a moverse, porque todos acababan de entender que algo había cambiado.

Punto 50 levantó lentamente la mirada.

Observó a cada uno de los hombres presentes, uno por uno, como si estuviera escogiendo futuras víctimas.

Luego señaló el cadáver.

—Desde hoy...

Su voz salió grave, más oscura que nunca.

—Punto 50 murió.

Las palabras hicieron que varios hombres intercambiaran miradas nerviosas.

—Ese alias murió.

—Murió con su ideología.

—Murió con sus planes.

—Murió con sus errores.

El viento movió las copas de los árboles, y entonces añadió:

—Hoy solo queda la venganza.

Levantó la pistola.

Y disparó al cielo.

El estruendo explotó sobre el monte.

Decenas de aves salieron volando despavoridas desde los árboles, llenando el aire de aleteos desesperados.

Parecía que hasta la naturaleza intentaba huir de algo que acababa de nacer.

Punto 50 observó cómo desaparecían entre las nubes, y sonrió nuevamente, después comenzó a caminar con absoluta tranquilidad entre los mercenarios.

Como si el cadáver todavía caliente a sus espaldas no significara nada.

Como si matar a uno de los suyos hubiese sido tan normal como encender un cigarrillo.

Entonces se detuvo.

Y habló:

—Brazo e' Chopo.

Entre la multitud un hombre robusto dio un paso al frente inmediatamente.

—Sí, señor.

—Busca todos los carros que tengamos disponibles.

La tensión volvió a crecer, porque todos conocían ese tono de voz, era el tono que precedía las tragedias.

Punto 50 observó hacia el norte.

En dirección a Plato, hacia el pueblo que celebraba, hacia la música, hacia la esperanza recién nacida.

Y habló con una calma que daba más miedo que cualquier grito.

—Es hora de que Plato conozca la verdadera cara del terror.

El silencio volvió a caer sobre el campamento, un silencio pesado, funesto, como el que antecede a las tormentas más destructivas.

Brazo e' Chopo tragó saliva.

Y respondió:

—Sí señor... de inmediato.

Y mientras el sol seguía elevándose sobre los techos de Plato... la venganza comenzaba a ponerse en marcha desde el corazón mismo del monte.

Pero entonces aquella voz volvió a surgir desde el fondo del campamento.