El Linaje del Río De regreso al Bastión #2
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De regreso al Bastión #2

—Pensé que te alegrarías de verme…

Y sonrió, una sonrisa pequeña, humana, hermosa, y aquello fue más poderoso que la armadura misma, porque en ese instante todos entendieron algo: debajo de la Cacica…

todavía seguía existiendo Sara.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

—Mírala…

—Es ella…

—Nojodaaaa…

—La pela’ volvió…

Pero Rafael… Rafael no escuchaba nada, la estaba viendo, de verdad, como si el resto del mundo hubiese desaparecido alrededor.

Sus ojos comenzaron a humedecerse lentamente, como río crecido después de meses de sequía. El pecho le golpeaba tan fuerte que parecía querer romperle las costillas.

Porque aquella mujer parada frente a él era la misma muchacha que había amado, y al mismo tiempo… ya no lo era.

La sonrisa comenzó a temblarle.

Y habló tartamudeando, completamente derrotado por la emoción:

—No… no puede…

Dio un paso.

—No puede ser…

Otro más.

—Sara… ¿eres tú…?

Su voz se quebró.

—Mi… mi amor…

Y entonces rompió completamente la tensión, corrió hacia ella, sin protocolos, sin liderazgo, sin miedo, solo como corre un hombre hacia aquello que creyó perdido para siempre, la abrazó con fuerza, una fuerza desesperada, humana, verdadera, y la besó, el beso fue lento, largo, doloroso, como si ambos estuvieran comprobando que todavía seguían vivos, y entonces…

una brisa fría atravesó Culebra, pero no una brisa cualquiera, aquello se sintió como un alivio colectivo.

Como si el amor hubiese caído sobre el barrio igual que una lluvia suave después de años de calor insoportable.

Las lámparas colgadas se movieron, las hojas de los trupillos temblaron y muchas personas sonrieron sin siquiera darse cuenta.

Porque incluso en medio de la guerra… el amor todavía era capaz de hacer sentir seguro a un pueblo entero y justamente cuando el momento parecía volverse demasiado perfecto…

Lira habló.

—Aja…

Se cruzó de brazos apoyada sobre la camioneta.

—¿Y ahora qué?

Miró alrededor con una sonrisa burlona.

—¿Van a contar plata delante de los pobres o qué?

Varias personas soltaron carcajadas inmediatamente, la tensión explotó en risas.

Mañe, todavía parado atrás con los machetes cruzados en la espalda, soltó una sonrisa cansada.

Miró a Lira de arriba abajo.

Y respondió:

—Eres pobre porque quieres.

Le picó un ojo y Lira abrió la boca indignada.

—¡Boñicho ridículo!

Pero terminó riéndose también.

Y así… entre risas, lágrimas, machetes y armaduras antiguas… Culebra entendió algo que hacía muchísimo tiempo había olvidado: que un pueblo no sobrevive únicamente por la guerra, sobrevive… porque todavía conserva razones para abrazarse en medio de la oscuridad.

Entonces Rafael, todavía abrazado a Sara, levantó lentamente la mirada.

Y la vio.

Vio a Lira apoyada sobre la camioneta, sudada, despeinada, con el acordeón todavía colgándole sobre el pecho y el sombrero vueltiao echado hacia atrás como quien viene de atravesar el mismo infierno y aun así sigue teniendo ganas de burlarse de la vida.

Rafael frunció el ceño extrañado.

Sus ojos iban de Lira… a Sara… y después a Mañe, claramente no entendía nada, Sara lo notó enseguida, Siempre había sabido leerle los silencios antes incluso que las palabras.

Entonces sonrió apenas y le acarició el rostro suavemente con una mano todavía cubierta parcialmente por el metal antiguo de la armadura.

—Es una historia larga…

Su voz salió cansada pero cálida.

—Después te la cuento, amor.

Rafael soltó una pequeña risa confundida mientras asentía.

Porque sí… definitivamente habían pasado demasiadas cosas en una sola noche.

Y entonces—

la puerta trasera de la camioneta volvió a abrirse.

Mañe bajó lentamente.

Las botas de caucho tocaron el suelo polvoriento de Culebra mientras se acomodaba el machete en la cintura y se secaba el sudor con la misma camiseta del Unión Magdalena que ya parecía sobreviviente de una guerra completa.

Caminó directo hacia Rafael.

Con esa manera suya de caminar entre cansancio y orgullo.

Y cuando llegó frente a él le dio un golpe suave en el pecho y dijo:

—Bueno…

Sonrió.

—Como te lo prometí, pelao’…

Miró a Sara de arriba abajo exageradamente.

—Te traje sana y salva a la hembra…

Hizo una pausa burlona.

—Y ahora más bonita, nojoda.

Varias personas soltaron carcajadas alrededor.

Sara negó con la cabeza riéndose mientras Rafael soltaba el aire por primera vez en toda la noche.

Una risa verdadera, limpia, de alivio.

—Gracias, mi hermano…

Y su voz se quebró apenas por la emoción.

—Sabía que podía confiar en ti…

Entonces se abrazaron y aquel abrazo no parecía solamente entre amigos.

Parecía el abrazo de dos hombres que habían sobrevivido juntos a algo demasiado grande para explicarlo con palabras.

Dos hombres distintos.

Pero unidos por la misma herida, por el mismo pueblo, por la misma guerra.

Y mientras el barrio entero observaba aquella escena… la multitud comenzó a abrirse lentamente, como si una corriente invisible apartara a la gente, y entonces apareció él.

El viejo Ramón Eduardo, caminando despacio, con pasos cansados, pero firmes.

La luz amarilla de los postes le dibujaba las arrugas profundas del rostro como si cada una guardara una historia distinta del río, de la violencia y de los años.

El silencio comenzó a caer poco a poco.

Porque incluso los más jóvenes de Culebra entendían algo: cuando Ramón Eduardo hablaba… hasta el mismo barrio escuchaba.

El viejo observó primero a Sara.

Después la armadura, después la lanza, y en sus ojos apareció algo difícil de describir, no era sorpresa, era confirmación, como si toda su vida hubiese esperado exactamente ese instante.

Entonces sonrió lentamente.

—Así que encontraron el tesoro Chimila…

Su voz salió suave y orgullosa.

—Los felicito, mis muchachos.

Miró alrededor viendo los rostros agotados, llenos de barro, sangre seca y cansancio y habló nuevamente:

—Vamos pa’ dentro…

Señaló la casa.

—Deben estar vueltos mierda del cansancio y con un hambre la hijueputa.

Varias personas soltaron pequeñas risas cansadas, porque el hambre… después de sobrevivir… siempre vuelve.

Entonces Ramón miró hacia Lira.

La observó unos segundos.

El acordeón, el sombrero, el revólver todavía colgando de la cintura. Y sonrió con esa picardía tranquila de viejo sabio de pueblo.

—Ey…

Señaló a dos muchachos entre la gente.

—Tú y tú.

—Ayuden a la muchacha, llévenla pa’ la casa pa’ que descanse.

Los hombres se acercaron inmediatamente.

Lira alzó una ceja desconfiada mientras ellos intentaban ayudarla a bajar, y apenas sintió que uno agarró el acordeón… levantó el dedo amenazante.

—¡Ojooo!

Todos voltearon a verla.

—Con el acordeón y el sombrero.

Los señaló como si estuviera hablando de reliquias sagradas.

—El que me los dañe…

Entrecerró los ojos.

—Me lo paga.

Mañe soltó una carcajada.

—Nojoda, esta mujer quiere más ese acordeón que su propia vida.

Lira lo miró seria.

—Y tú quieres más esa camiseta hedionda del Unión que bañarte.

La gente explotó en risas.

Y así… entre cansancio, bromas, barro, oro ancestral y olor a pueblo despierto… todos comenzaron a entrar lentamente a la casa. Porque después de tanta muerte…

hasta descansar juntos se sentía como una forma de victoria.