El destino se embriaga de soledad #2
Y entonces lo vio.
Aquella mirada.
La reconoció de inmediato.
Porque ya la había visto una vez.
Muchos años atrás.
En los ojos apagándose lentamente de María Elvira.
Era la mirada de quienes comienzan a despedirse incluso antes de pronunciar las palabras.
Joche giró apenas el rostro hacia él.
Sus labios temblaron levemente.
Y aun así consiguió sonreír un poco más.
—Ay, Rafita… perdóname…
La voz salió quebrada.
Rasposa.
Débil.
—Creo que este viejo roble ya se quiere convertir en leña…
El anciano soltó una pequeña risa cansada que terminó convirtiéndose en tos. Su pecho se estremeció violentamente mientras intentaba recuperar el aire.
Rafael se arrodilló de inmediato junto a la cama.
—No hable, abuelo… no hable…
Pero Joche negó lentamente con la cabeza.
Después levantó la mirada hacia el techo de palma.
—Mira eso… mañana viene el señor de la palma pa’ cambiar ese pedazo que se está cayendo…
Respiró con dificultad.
—Y también mañana traen la boñiga pa’ reparar las paredes del patio… no vayas a dejar que te engañen con la mezcla, échale bastante barro porque si no la lluvia se mete otra vez…
Volvió a reír apenas.
Una risa pequeña.
Dolorosa.
Como si incluso al borde de la muerte todavía siguiera preocupado por mantener la casa en pie.
—Debes estar pendiente de todo eso… porque seguramente yo ya no voy a estar…
Rafael sintió un vacío brutal atravesándole el pecho.
No.
No podía ser.
Aquella mirada…
aquella voz…
todo le recordaba demasiado a aquella otra noche que llevaba años intentando enterrar dentro de sí.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Abuelo… no…
La voz se le quebró.
—No puedes dejarme solo…
Miró desesperadamente hacia el Doctor Santafé buscando una respuesta.
Una mentira.
Un milagro.
Algo.
Pero el médico solamente bajó lentamente la mirada.
Y ese silencio fue peor que cualquier palabra.
Rafael volvió inmediatamente hacia Joche.
El anciano respiraba cada vez con más dificultad.
Su pecho subía lentamente, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para permanecer dentro del cuerpo.
Entonces habló otra vez.
Con aquella voz carrasposa nacida de los años.
—Los años no llegan solos, mi querido nieto…
Tosió nuevamente.
—Este es el destino que todos atesoramos, aunque pasemos la vida entera huyéndole…
Sus ojos húmedos buscaron entonces los de Rafael.
Y por un instante, toda la ternura de un abuelo pareció concentrarse en aquella mirada agotada.
—Cuídate, Rafita…
La respiración comenzó a romperse.
—Y cuida tu pueblo…
El anciano intentó incorporarse un poco.
Como si necesitara decir algo más.
Algo importante.
Algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
—Porque tú… porque tú…
Entonces ocurrió.
Una fuerte presión atravesó violentamente el pecho de Joche.
Su cuerpo se tensó sobre la cama.
El aire escapó de sus pulmones en un jadeo profundo y doloroso.
Rafael lo sostuvo desesperadamente.
—¡Abuelo!
Pero el anciano ya parecía estar mirando algo mucho más lejano que aquel cuarto humilde de Plato Magdalena.
Algo invisible.
Algo que existía más allá de la vida.
Y lentamente…
muy lentamente…
la tensión abandonó su cuerpo.
La respiración desapareció.
El dolor se fue.
Y el Viejo Joche quedó inmóvil sobre la cama con una pequeña sonrisa dibujada todavía en el rostro.
Como si en el último instante hubiera encontrado finalmente aquello que llevaba toda una vida buscando.
Silencio.
El ventilador viejo siguió girando lentamente sobre el techo.
Afuera, el pueblo continuaba respirando bajo el calor de la tarde.
Y Rafael permaneció arrodillado junto al cuerpo de su abuelo, sintiendo cómo la soledad volvía a abrirse dentro de él igual que una herida antigua que jamás había terminado de cerrar.
Solo.
Nuevamente solo.
Ese pensamiento comenzó a crecer lentamente dentro de Rafael como una sombra húmeda extendiéndose por las paredes de una casa abandonada.
Mientras observaba el cuerpo inmóvil del Viejo Joche dentro del ataúd humilde, una pregunta empezó a abrirse paso en lo más profundo de su alma:
¿Era aquel su destino?
¿Acompañar eternamente a la soledad?
La velación del anciano terminó convirtiéndose en un acontecimiento de todo el pueblo.
Porque hombres como José María no morían solamente dentro de una familia.
Morían dentro de la memoria colectiva de una tierra entera.
Una comunidad regaló el ataúd.
Otra llevó tinto caliente y panes recién horneados para acompañar la madrugada.
Las mujeres del barrio confeccionaron coronas de flores humildes con cayenas, trinitarias y flores silvestres arrancadas de los patios.
Y uno por uno…
lentamente…
como si el pueblo entero estuviera desfilando frente a su propia historia…
llegaron los habitantes de Plato Magdalena.
Los pescadores.
Los vendedores del mercado.
Los campesinos.
Los viejos compañeros de dominó.
Las mujeres que alguna vez recibieron ayuda de Joche.
Los muchachos que crecieron escuchando sus historias bajo los árboles calientes de la plaza.
Todos llegaron a darle el último adiós.
La casa permanecía llena de murmullos bajos, rezos y olor a café recién servido. El ventilador giraba lentamente removiendo el calor espeso de la noche mientras las velas iluminaban tenuemente el rostro tranquilo del anciano.
Y en medio de toda aquella despedida…
el canario jamás volvió a cantar.
Permaneció inmóvil dentro de su pequeña jaula colgada junto a la ventana, como si incluso aquel pequeño ser de plumas amarillas hubiera comprendido que el hombre que durante años le habló cada mañana ya no volvería jamás.
Y Rafael tampoco se movía.
Permanecía sentado frente al ataúd.
Quieto.
Demasiado quieto.
Su mirada parecía fija en algún punto invisible del suelo, aunque en realidad no observaba nada.
Era la mirada de alguien perdido dentro de sí mismo.
Como si estuviera intentando encontrar respuestas en un lugar donde solamente existían recuerdos.
Las lágrimas descendían lentamente por sus mejillas.
Silenciosas.
Pesadas.
Y cada una parecía tener un nombre distinto.
Dolor.
Abandono.
Miedo.
Nostalgia.
Rabia.
Cada lágrima era un fragmento de su vida rompiéndose lentamente dentro de él.
Recordó a María Elvira peinándole el cabello durante las tardes calurosas.
Recordó las manos de Julián enseñándole a remar sobre el Magdalena.
Recordó las madrugadas junto a Joche escuchando historias mientras el pueblo despertaba lentamente bajo el canto de los gallos.
Y comprendió entonces algo terrible:
todos los lugares seguros de su vida habían desaparecido.
El silencio dentro de la casa comenzó a hacerse cada vez más pesado.
Afuera, la noche respiraba sobre Plato Magdalena.
Las cigarras cantaban entre los árboles.
El Magdalena seguía fluyendo lentamente en la distancia.
Eterno.
Indiferente.
Como si conociera demasiado bien aquella clase de dolores humanos.
Y entonces Rafael se levantó lentamente.
Su cuerpo pareció elevarse con la misma lentitud melancólica de una cometa ascendiendo hacia un cielo sin viento.
Algunos presentes levantaron la mirada hacia él.
Pero el muchacho no observó a nadie.
Porque algo seguía golpeando repetidamente dentro de su cabeza.
Aquellas últimas palabras.
Aquella frase rota.
Interrumpida por la muerte.
“Porque tú…”
“Porque tú…”
“Porque tú…”
La voz del Viejo Joche parecía seguir viva dentro de él, resonando una y otra vez como un eco atrapado en las profundidades de su memoria.
Y mientras las velas continuaban ardiendo alrededor del ataúd, Rafael sintió por primera vez que quizá su abuelo había intentado decirle algo mucho más grande que una simple despedida.
Algo que la muerte no había permitido terminar.
Rafael salió de la casa.
No corriendo.
Porque correr habría significado huir.
Y él sentía que abandonar lentamente aquella casa ya era suficiente traición para una sola noche.
Allí adentro quedaba el último bastión del Viejo Joche.
Su silla de mecer.
Su canario silencioso.
El olor viejo del café impregnado en las paredes.
Las conversaciones detenidas para siempre.
Su legado.
Por eso salió despacio.
Como quien todavía intenta sostener algo que inevitablemente ya comenzó a desaparecer.
Las miradas de los presentes lo siguieron en silencio mientras atravesaba el corredor y descendía hacia la calle.
Nadie intentó detenerlo.
Porque existían dolores que debían caminarse solos.
La noche comenzaba a abrirse lentamente sobre Plato Magdalena.
Y con ella, también llegaba la hora.
Las siete.
La rutina del miedo despertó nuevamente sobre el pueblo.
Como un mecanismo antiguo.
Perfectamente aprendido.
Antes de que el reloj terminara de anunciar la hora, las personas comenzaron a irse rápidamente hacia sus casas. Las conversaciones murieron a medias. Las sillas se recogieron. Las puertas comenzaron a cerrarse una tras otra mientras la oscuridad descendía lentamente sobre las calles calientes.
En pocos minutos, la velación quedó vacía.
Joche permaneció solo en la pequeña sala de madera donde tantas veces había contado historias bajo el sonido del ventilador viejo.
Los velones comenzaron a apagarse lentamente.
Uno por uno.
Como si incluso aquellas pequeñas llamas comprendieran el temor que llegaba siempre después de las siete.
Debajo del ataúd permanecía acostado un perro.
Basto.
Viejo.
Sin raza definida.
Tan envejecido por la vida como el mismo Joche.
Su nombre era “100 Pesos”.
Un perro iguanero lleno de cicatrices, orejas mordidas y mirada cansada. Durante años había acompañado al anciano en madrugadas de pesca, tardes de calor y noches silenciosas frente al corredor.
Pero jamás fue solamente una mascota.
Era compañía.
Era amistad.
Era otro sobreviviente del tiempo.
100 Pesos permanecía inmóvil bajo el ataúd, observando la puerta por donde Rafael acababa de desaparecer.
Y entonces la noche terminó de llegar.
Las siete.
La hora del terror.
El pueblo quedó sumergido en un silencio profundo.
Un silencio antinatural.
Como si incluso los grillos hubieran aprendido a esconder la voz.
Las calles quedaron vacías.
Las ventanas cerradas.
Las luces apagadas.
Y en medio de aquella quietud fantasmal, solamente una silueta continuaba caminando.
Rafael.
Avanzando lentamente sin rumbo aparente.