CAPÍTULO 7 Hay que sacarlos de aquí
Elaïa también lo sentía. Su cuerpo, sensible a cada vibración, captaba la agitación exterior.
El mundo gritaba y ese grito la hería. Comenzó a enfermar.
Sus pulsos se aceleraban, sus músculos se tensaban, la piel perdía brillo.
Kaël, desde su cama, sufría lo mismo. Sorel comprendió que el ruido del mundo los estaba destruyendo. Que el amor, al ser expuesto, moría.
Esa noche, mientras la tormenta mediática alcanzaba su punto máximo, Sorel tomó una decisión. Se reunió con Miren y Leona en secreto, en la sala de descanso del personal. Las luces estaban apagadas; solo una lámpara tenue iluminaba sus rostros.
—Hay que sacarlos de aquí —dijo la doctora.
Miren la miró incrédula.
—¿Sacarlos? ¿Adónde?
—A cualquier lugar donde el silencio todavía exista.
Leona encendió un cigarrillo.
—Si nos descubren, nos destruirán.
Sorel respondió con calma:
—Ya los están destruyendo a ellos.
El plan era simple y absurdo: desconectar los sistemas durante el cambio de turno, falsificar un informe médico y trasladarlos a una casa rural abandonada que pertenecía al hospital. Era una locura. Pero el amor, cuando es puro, siempre lo parece.
Fuera, el país ardía en debates interminables. Dentro, tres mujeres conspiraban contra el ruido del mundo. Y en sus camas, sin saberlo, Elaïa y Kaël esperaban la última oportunidad de ser libres.