El legado de tía Leo La despedida de Leo
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La despedida de Leo

El funeral se celebró dos días después de su muerte. No hubo iglesia. Ni flores excesivas. Ni largos discursos.

Cristina decidió hacerlo en la misma terraza del hotel donde Leo había pasado tantas tardes mirando el océano, convencida de que ningún otro lugar habría tenido sentido para ella.

Aquella mañana, el viento de Lanzarote soplaba suave sobre el acantilado y el mar golpeaba abajo, constante, contra las rocas negras.

Varias sillas habían sido colocadas frente al horizonte y, junto al borde de la terraza, descansaba una pequeña urna blanca rodeada únicamente por buganvillas y flores silvestres.

El hotel permanecía cerrado desde hacía dos días. Muchos de los empleados seguían allí igualmente. En silencio. Como si no quisieran dejar sola a Cristina.

Martina llegó junto a Lucía poco antes de que comenzara la ceremonia. Al ver a su madre caminar hacia la terraza, Cristina sintió un nudo inmediato en la garganta. Todavía le resultaba extraño verla allí, formando parte de su vida de una manera tan real y tan imposible al mismo tiempo.

Jepe, Lita y Paula habían llegado la noche anterior desde Valencia y quizá era aquello lo que más extraña hacía toda la escena. Los cinco hermanos estaban juntos por primera vez. Sin secretos. Sin mentiras.

Sin saber todavía muy bien cómo comportarse dentro de un vínculo que acababan de descubrir y que, aun así, parecía existir desde siempre en alguna parte.

Lita fue la primera en abrazar a Cristina nada más verla. Lo hizo con fuerza, como si intentara recuperar algo que la vida les hubiera arrebatado muchos años atrás sin que ninguna de las dos hubiera llegado siquiera a comprenderlo.

Cristina cerró los ojos al sentir aquel abrazo y, por un instante, volvió a verse reflejada en aquella niña pequeña junto al pantano, aunque el recuerdo no fuera realmente suyo.

Paula, en cambio, se acercó a Cristina con una naturalidad mucho menos contenida. La abrazó despacio, emocionada, y al separarse no pudo evitar sonreír apenas al mirarla.

A veces todavía le impresionaba descubrir pequeños gestos en Cristina que le recordaban inevitablemente a Martina: la forma de inclinar la cabeza cuando escuchaba, la manera de fruncir ligeramente el ceño o incluso aquella sonrisa tímida que aparecía solo durante un segundo antes de desaparecer otra vez.

Jepe permanecía algo más atrás, observándolas en silencio. Había heredado la manera tranquila de mirar de Mauricio y todavía parecía estar intentando ordenar dentro de sí todo lo ocurrido durante aquellos meses.

Lucía contemplaba a sus hijos desde unos pasos más atrás.

Un hombre leyó unas palabras sencillas y después varios empleados del hotel hablaron de Leo como una mujer exigente, reservada y profundamente generosa.

Una mujer que había levantado aquel lugar prácticamente desde cero y que, pese a vivir siempre con cierta melancolía silenciosa, nunca había dejado de cuidar de quienes trabajaban con ella.

Cristina no fue capaz de hablar. Martina le sostuvo la mano durante toda la ceremonia. Y, en un momento determinado, Lucía terminó acercándose también a ellas.

Las tres juntas frente al mar. Como si la vida hubiera decidido recomponer demasiado tarde una fotografía rota hacía más de treinta años.

Cuando terminó todo, el viento arrastró lentamente varias lágrimas silenciosas que nadie intentó esconder.

Al día siguiente, el abogado de Leo los esperaba con una carpeta oscura apoyada sobre la mesa.

Esperó a que todos tomaran asiento

El pequeño salón del hotel permanecía en silencio. Desde las cristaleras podía verse todavía el océano golpeando suavemente los acantilados bajo la luz apagada de la tarde.

Cristina permanecía sentada entre Martina y Lucía, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el rostro todavía marcado por el cansancio de los últimos días.

El abogado se aclaró suavemente la garganta antes de comenzar.

—Doña Leonor Garay dejó este testamento redactado hace aproximadamente cuatro años, aunque realizó una última modificación hace apenas dos meses.

Nadie dijo nada.

—En primer lugar, se hace constar que la finca conocida como la dehesa de Hontanilla, con la casita situada junto al pantano y todas sus pertenencias, fueron ya transmitidas en vida a Martina Garay, siendo voluntad expresa de la testadora que dicha propiedad permaneciera definitivamente en su poder.

Martina bajó ligeramente la mirada. Aquello ya lo sabía, pero oírlo así, en voz alta, en un documento oficial, le daba un tono distinto.

—En segundo lugar, lega la totalidad del hotel Garay, así como todas sus propiedades y cuentas asociadas en Lanzarote, a Cristina Garay.

Cristina bajó la mirada inmediatamente. Durante unos segundos pareció incluso incómoda con aquellas palabras. Como si el hotel siguiera perteneciendo todavía a Leo y ella no terminara de aceptar que algún día pudiera ocupar su lugar allí.

El abogado hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—Finalmente, la señora Leonor Garay deja una carta y una llave correspondiente a una caja de seguridad bancaria, destinadas a sus cinco sobrinos: Martina, Cristina, Paula, Lita y Jepe Garay.

Aquello provocó varias miradas de desconcierto alrededor de la mesa. El abogado tomó entonces un pequeño sobre blanco del interior de la carpeta.

—La señora Garay dejó instrucciones muy precisas al respecto. Indicó expresamente que esta llave y esta carta debían entregarse conjuntamente a los cinco sobrinos, y que su contenido debía ser leído antes de proceder a la apertura de la caja de seguridad.

Dejó encima de la mesa el sobre y una pequeña llave plateada.

Martina la observó unos segundos sin tocarla. Después miró a Cristina.

Y por primera vez desde que había comenzado la lectura del testamento, ambas tuvieron la sensación de que quizá todavía quedaba una última parte de aquella historia que aún no conocían.