El legado de tía Leo El interrogatorio
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El interrogatorio

La sala era más fría de lo que Martina había imaginado. No por la temperatura, sino por la ausencia de cualquier elemento que suavizara el espacio.

Una mesa, tres sillas, una luz blanca demasiado directa y una quietud que obligaba a hablar en voz baja, casi sin querer.

El sargento Salgado cerró la puerta con calma, sin prisa, y tomó asiento frente a ella. La cabo Ríos se colocó ligeramente a un lado, con una libreta abierta, atenta, sin intervenir todavía.

Martina se sentó despacio, como si cada movimiento pesara un poco más de lo normal.

—Vamos a continuar aquí la declaración —dijo Salgado, con un tono neutro—. Es simplemente para dejar constancia de algunos datos.

Martina asintió, intentando mantenerse serena.

—De acuerdo…

Hubo un breve silencio antes de la primera pregunta.

—Confírmeme de nuevo: usted es la propietaria de la finca de la dehesa.

—Sí —respondió ella—. Desde hace dos días. La heredé de mi tía, Leo.

El sargento anotó sin levantar la vista.

—¿Cuándo fue la última vez que tuvo contacto con su tía?

Martina dudó un instante.

—Yo tendría dos o tres años… Apenas la conozco. Ella se fue hace mucho de aquí.

—¿Y el motivo por el que ha heredado ahora la propiedad?

—Lo ignoro. Me citó para dejarme la casa en vida —explicó—. Nos sorprendió a todos.

Salgado asintió levemente, como si encajara la información en algún punto previo.

—¿Tenía conocimiento de que la vivienda estuviera siendo utilizada actualmente?

—No —respondió ella de inmediato—. La casa llevaba cerrada mucho tiempo, desde que mi tía dejó Hontanilla. Yo no sabía que alguien entrara allí.

El silencio que siguió fue más largo de lo necesario.

La cabo Ríos levantó la vista un instante, observándola con más atención.

—Esta mañana se ha encontrado el cuerpo de un varón en el interior de la vivienda —dijo el primero—. Queremos saber si usted tiene alguna idea de quién puede ser.

Martina negó con la cabeza, de forma casi automática.

—No. Ninguna.

La cabo anotó de nuevo.

—Entiendo.

Pausa breve.

—¿Dónde se encontraba usted la noche del miércoles?

Martina parpadeó, algo desconcertada por el cambio de dirección.

—En mi casa…, en el pueblo. Acababa de llegar de Ávila, del notario por lo de la transmisión de la finca.

Ríos no dijo nada, solo la miró un segundo más de lo necesario antes de volver a escribir.

Martina sintió, sin saber por qué, que esa pregunta no era una formalidad.

—Entiendo —repitió, sin apartar la vista de ella—. Entonces, desde que llegó al pueblo, solo ha estado en la finca una vez.

—Sí —confirmó Martina—. El sábado. Me acompañó Rosario. Fue… muy breve. Apenas unos minutos. No me sentí cómoda allí.

Salgado dejó de escribir por un instante.

—¿Y no volvió a acercarse después de eso?

—No —respondió ella—. No tenía motivo.

El sargento cruzó las manos sobre la mesa.

—Sin embargo, esta mañana se ha localizado un cadáver en el interior de esa vivienda —dijo, marcando ligeramente las palabras—. Y nos consta actividad reciente en la finca.

Martina sintió cómo la tensión volvía a subirle al pecho.

—Ya les he dicho que yo no he visto nada —repitió, más firme esta vez—. Ni a nadie. Ni nada extraño.

Javier Salgado asintió despacio, pero no parecía completamente satisfecho.

—La furgoneta que hemos encontrado en el exterior de la casa —continuó— ha estado allí dos días.

Martina frunció el ceño.

—Yo no sabía nada de eso —reconoció, sincera—. No he vuelto a ir desde el sábado.

El sargento no respondió de inmediato.

—Nos consta que alguien vio la furgoneta en la zona antes de hoy —añadió, con tono neutro—. El vecino que dio el aviso.

Martina negó ligeramente con la cabeza.

—Yo no he hablado con nadie sobre eso. No sabía ni que hubiera movimiento en la finca.

El silencio volvió a instalarse. Clara Ríos levantó la vista, esta vez con más atención.

—Vamos a centrarnos en la noche del miércoles —continuó Salgado, con calma medida—. ¿Dónde estaba usted exactamente?

Martina respiró hondo.

—Primero cené en casa de David.

—¿David…?

—Sí —respondió ella—. Un amigo. Estuvimos con sus padres, su hermana Mercedes y su pareja. Después sus padres se quedaron allí y nosotros cuatros fuimos a mi casa a tomar unas cervezas.

—¿Hasta qué hora aproximadamente?

Martina pensó un momento.

—No muy tarde. Un rato después se fueron Mercedes y su pareja… y nos quedamos David y yo.

—¿Y después?

—Después él se fue —continuó Martina—. Tenía que ir a la vega. Una vaca estaba a punto de parir y quiso ir a ver cómo estaba.

El sargento asintió despacio.

—¿Y usted?

—Me fui a la cama poco después. Estaba cansada. Me acosté.

—¿A qué hora diría que se quedó sola en su vivienda?

Martina dudó.

—No lo sé exactamente… tarde, pero no demasiado.

—¿Alguien puede confirmar que usted estuvo en casa desde ese momento hasta la mañana siguiente?

Martina tragó saliva.

—No… estaba sola.

—Entiendo.

Pero esta vez el tono ya no era solo informativo, era evaluativo. Como si esa última pieza acabara de colocarse en un sitio que aún no terminaba de encajar del todo.

El sargento hojeó sus notas con calma, como si estuviera reconstruyendo la noche en su cabeza.

—De momento —dijo—, no podemos concretar la hora exacta de la muerte. La autopsia lo determinará con precisión.

Martina asintió, sin saber muy bien qué implicaba eso en realidad.

—Pero, por la escena —continuó Salgado, con tono neutro—, estimamos que pudo ocurrir durante la madrugada. Entre las últimas horas de la noche y primeras de la mañana. ¿Sigue manteniendo que a esa hora estaba en su domicilio? —continuó preguntando el sargento.

—Sí —respondió ella sin dudar—. Estaba durmiendo. Llegué cansada y me fui a dormir cuando David salió de casa.

Clara Ríos anotó algo más, sin levantar la vista.

—Entienda que estamos reconstruyendo una línea temporal —añadió Javier Salgado—. En ese intervalo concreto, necesitamos ser lo más precisos posible.

—No puedo decirles nada más… estaba sola.

El agente la observó unos segundos.

No la interrumpió, pero tampoco asentía ya con la misma neutralidad de antes. Guardó silencio unos segundos más de lo habitual, como si dejara que el peso de la respuesta se asentara en la sala.

—Entiendo —dijo finalmente.

Clara intercambió una breve mirada con él antes de hablar.

—Se lo pregunto porque, según la inspección inicial de la vivienda, hay indicios de que alguien más estuvo en el interior esa noche.

Martina levantó la vista de golpe.

—Yo no he estado allí —respondió con rapidez—. Se lo he dicho ya varias veces. Desde que llegué solo he ido una vez, y se lo he dicho. Apenas estuve unos minutos.

Javier asintió lentamente, sin contradecirla.

—No estamos diciendo que usted haya estado —matizó—. Solo que había movimiento reciente en la casa. Y acceso al interior.

Martina sintió cómo esa última frase le tensaba la espalda.

—Yo no he dado acceso a nadie —insistió—. Ni siquiera sabía que alguien pudiera entrar.

El sargento Salgado apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando las manos.

—¿Tiene usted llaves de la vivienda?

—Sí, siempre han estado en casa de los abuelos, pero la puerta se puede abrir sin llave. El sábado Rosario y yo pudimos entrar sin ella.

El silencio volvió a ocuparlo todo durante unos segundos.

La cabo Ríos bajó la vista hacia sus notas.

—Estamos esperando resultados de laboratorio y de la inspección completa de la vivienda —añadió.

Salgado mantuvo la mirada en ella un segundo más antes de volver a hablar, esta vez con un tono más medido.

—Vamos a repasar algo importante —dijo—. Su franja horaria. La noche del miércoles —continuó—, entre aproximadamente las dos y las cinco de la madrugada, es el intervalo en el que situamos la muerte, a falta de confirmación definitiva.

Martina sintió cómo esa frase se le quedaba clavada.

—Usted nos ha dicho que estaba en su domicilio y dormía.

—Sí —respondió ella de inmediato—. Estaba en casa. Dormía.

El agente asintió lentamente, pero no apartó la mirada.

Martina notó cómo el ambiente se volvía más denso. El silencio que siguió fue distinto, más frío, más calculado.

Salgado cerró la libreta despacio.

—De acuerdo —dijo, sin dar por cerrada la conversación—. De momento eso es todo.

Pero Martina tuvo la sensación clara de que no era todo . Era solo el principio.