17.Las torres
L aura se despertó antes de que sonara ninguna alarma. Se quedó unos segundos mirando al techo, y como no, al armario, quieta, en ese extraño estado entre el sueño y la vigilia, donde todo se ve más claro de lo habitual.
Mañana era el día.
Solo le quedaba uno.
Se levantó despacio, se vistió, y salió al pasillo con Violetta pegada a los talones.
Carla estaba en la cocina, le gustaba mucho madrugar. Café en mano, el pelo recogido de cualquier manera, con esa cara de quien también ha dormido poco, pero no piensa quejarse.
—Temprano —le dijo su amiga, mirándola.
—Tengo que salir.
Carla dejó la taza sobre la encimera.
—¿A dónde vas?
Laura dudó un segundo. No porque no quisiera decírselo, sino porque ponerlo en palabras lo hacía real de una manera diferente.
—A unos cuarenta y cinco minutos de aquí. Voy a dormir fuera esta noche.
Carla la miró sin preguntar nada más. Esa era una de las cosas que Laura más le agradecía a su compañera de piso: que sabía cuándo esperar.
—Me llevo a Violetta.
—Bien. —Guardó silencio—. ¿Estás bien?
—Sí. —Y esa era la verdad—. Estoy bien.
Se sentaron las dos. El café humeaba. Violetta se tumbó a los pies de Laura con un suspiro largo, como si ya supiera que iba a ser otro día importante.
—Carla —dijo apoyando las manos sobre la mesa—. Tengo que decirte algo.
Y lo hizo.
Le habló del incunable, de la primera vez que lo tuvo entre las manos y sintió que algo en él le hablaba directamente, de las páginas que había leído despacio, sin prisa, dejando que cada frase se asentara en ella antes de pasar a la siguiente, de cómo ese libro, sin que ella lo buscara, le estaba cambiando la vida, y de cómo la había empujado a mirarse por dentro.
—Me ha dado una claridad que no tenía —le dijo—. O que tenía, pero enterrada muy hondo.
Carla la escuchaba sin interrumpir.
—He dejado relaciones que no me llevaban a ningún sitio, personas que me quitaban energía, vínculos que seguía manteniendo por mera costumbre, o por miedo, o, simplemente, por no saber decir que no. —Hizo una pequeña pausa—. Ya no.
—Lo sé —dijo Carla en voz baja.
Laura la miró.
—¿Lo sabías?
—Te lo veía en la cara. Desde hace unos días tienes algo diferente, no sé cómo explicártelo. Antes te veía triste, apagada, eras una luz perdiendo brillo..., pero ahora no.
Laura no respondió. Pero lo sintió.
—¿Y el libro? —le preguntó Carla—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Entregarlo. Solo me queda un día.
—¿A quién?
Laura sonrió.
—Eso te lo cuento cuando vuelva.
Carla abrió la boca para protestar, pero la cerró. Sabía que no había manera.
—De acuerdo. —Levantó la taza—. Pero me lo cuentas todo.
—Todo.
Al cabo de unas horas de charla, se despidieron con un abrazo largo, de los que no necesitan explicación.
Cogió la bolsa.
Sostuvo el libro entre sus manos antes de salir.
No era solo un libro. Se notaba en el tacto.
Sentía la misma fuerza que cuando escuchaba las campanas del Campanone de Giotto: refugio.
La cubierta, firme, casi indestructible, parecía haber sido creada con intención, para resistir el paso del tiempo. No había fragilidad en él.
Laura deslizó los dedos por el lomo, despacio, como si pudiera sentir a todas las personas que habían pasado por él.
Respiró hondo. Cogió las llaves; el manojo grande.
—Vamos, Violetta.
La perra se levantó al instante, moviendo la cola de la alegría, sabiendo ya que iba a ir en coche.
Arrancó suave, rompiendo el silencio de la calle con el ruido del motor.
Tomó la salida sur. La ciudad fue quedando atrás.
Y entonces apareció la Toscana. No de golpe, sino despacio: los primeros campos abiertos, verdes, húmedos todavía por el paso de la noche sobre ellos; luego, las colinas, suaves a la vista, onduladas, una detrás de otra como olas detenidas por el tiempo; los viñedos y olivos que cubrían las laderas formaban una geometría que parecía pintada a mano; los cipreses en fila, erectos, oscuros, marcando caminos que llevaban a casas de campo escondidas por la vegetación...
Conducía despacio.
No tenía prisa.
El aire entraba por la ventanilla entreabierta, fresco, con ese olor a tierra mojada y hierba que solo existe en los lugares donde el tiempo se detiene.
Violetta tenía la cabeza asomada por la ventanilla, las orejas al viento, los ojos semicerrados de placer.
Cada carretera regalaba paisajes verdes, granjas solitarias; a veces, se veía un tractor a lo lejos, un pueblo en lo alto de una colina, apenas visible entre la neblina suave.
Pensó en que ese paisaje llevaría siglos siendo así; que los peregrinos que recorrían la Via de Francígena camino de Roma habían visto exactamente lo mismo: las mismas colinas, los mismos cipreses, la misma luz.
Y eso la emocionaba.
Fue entonces cuando las vio. A lo lejos, sobre una colina, emergiendo del paisaje como algo inevitable: las torres de San Gimignano.
Catorce siluetas de piedra gris alzándose sobre el horizonte, recortadas contra el cielo.
Al acercarse a la cima de la colina, las torres semejaban un Manhattan medieval.
Redujo la velocidad para contemplarlas mientras se iba acercando.
Al llegar junto a ellas, aparcó el coche fuera de las murallas y entró a pie por la Porta de San Giovanni: un arco ojival del siglo XIII que olía a piedra antigua y a siglos de pisadas. La puerta, del año 1262, la más majestuosa de las puertas de la ciudad, se caracterizaba por su estilo sienés.
Violetta caminaba junto a ella, atenta a todo.
San Gimignano fue durante la Edad Media una parada clave, llena de comerciantes y peregrinos que venían de toda Europa camino a Roma. En su momento máximo de esplendor, llegó a tener setenta y dos torres, de las que hoy solo sobreviven catorce.
Desde los tiempos antiguos, siempre había rivalidades entre grandes familias de la ciudad, los Salvucci, los Ardinghelli, compitiendo por ver quién llegaba más alto. No era solo arquitectura, era poder. Era orgullo. Era la forma medieval de decir: yo estoy aquí, y no voy a desaparecer.
Le recordó a los Médici y a sus vecinos poderosos. “Sucedía lo mismo en Florencia”, pensó.
Avanzó por la vía San Giovanni, rodeada a ambos lados por edificios medievales y pequeñas tiendas. Desde las calles empedradas se veían los escaparates con vino, aceite, azafrán, cerámicas pintadas a mano, embutidos colgados, quesos envueltos en papel encerado.
Llegó a la Piazza della Cisterna.
Se detuvo.
Era una de las plazas más bella de la ciudad. Tomaba ese nombre por haber dado agua a generaciones enteras de habitantes. Ahora, los turistas se sentaban en su borde y sacaban fotos.
Se sentó un momento y pensó en todo lo que ese lugar había visto: guerras, la Peste Negra de 1348 —que mató a casi la mitad de la población y la ciudad casi murió—, el abandono, los siglos de silencio. Y, aun así, allí estaba, con sus torres apuntando el cielo. ¡Como dios manda!
Se levantó. Cogió a Violetta de la correa. Y continuó.
Pasó por delante del Museo de la Tortura.
Se detuvo un segundo.
Recordó la última vez que estuvo allí. Fue con tres amigos: Antonello, Fabio y Salvatore. Entraron para mirar los instrumentos medievales que custodiaba aquella edificación, con esa mezcla de fascinación e incomodidad que da ver de cerca de lo que es capaz la crueldad humana.
Recordaba perfectamente el frío que le recorrió ver la Dama de Hierro : aquel sarcófago con pinchos oxidados sedientos de sangre, o las horribles Máscaras de la infamia de metal, hechas para burlarse de la gente en las plazas.
El museo estaba lleno de artilugios diseñados para resaltar la maldad humana: la Silla de interrogatorio, erizada con cientos de clavos afilados dispuestos a desgarrar la piel, y el terrible Tenedor del Hereje , que obligaba a los acusados a confesar bajo el dolor de las puntas calvadas en la barbilla y en el pecho.
Pero lo que más la impresionó fue el Potro: una especie de mesa de madera con manivelas y cuerdas, donde ataban a la persona por los pies y las manos.
Al girar las manivelas, el cuerpo se iba estirando lenta y dolorosamente, dislocando todas las articulaciones del cuerpo, una a una, hasta que la víctima no podía más y confesaba.
Era increíble pensar en el sufrimiento que habían presenciado aquellas maderas y aquellos hierros creados para arrancar la dignidad humana.
Recordó también que, en medio de todo aquello, Fabio, muy serio, miró alrededor y dijo:
—Oye, ¿y la silla eléctrica? ¿No tienen la silla eléctrica?
Laura lo miró y le dijo.
—Pero ¡¿qué dices Fabio?! Esto es de la Edad Media. No había electricidad.
—Ya, pero...
—No había electricidad.
Su amigo se quedó pensativo un rato. Completamente convencido de que faltaba algo.
Los cuatro terminaron en escandalosas risas. El guía les llamó la atención.
Sonrió recordando sola con Violetta en la calle.
Decidió buscar una tienda de víveres para llevar algo para la cena y no presentarse con las manos vacías.
Al doblar la esquina, vio una: era pequeña, casi escondida entre dos edificios de piedra, pero el olor que salía por la puerta entreabierta, fue el que la conquistó.
El interior era cálido, denso, lleno de aromas que se mezclaban sin pelearse.
Embutidos colgados en el techo, quesos de diferentes tamaños sobre el mostrador, tarros de color amarillo intenso, azafrán puro de la zona —con denominación de origen protegida—, botellas de vino alineadas con etiquetas verdes y doradas…
Detrás del mostrador, una mujer de mejillas rosadas y delantal de flores la miró con una sonrisa tranquila, de alguien que parece no tener prisa.
—Buongiorno —saludó Laura—. Quiero llevar algo especial. Algo de aquí. Auténtico.
La mujer asintió, como si entendiera exactamente lo que eso significaba.
Se acercó a los embutidos.
—Esto es la finocchiona —le dijo la dependienta, cortando una loncha fina con delicadeza—. Cerdo, semillas de hinojo, vino tinto. Receta antigua, de aquí, de siempre. Cada familia tenía la suya. Esta es la nuestra.
Laura probó un trozo, le encantó.
—Y esto —continuó la mujer, señalando un queso de corteza oscura—. Pecorino di San Gimignano. Leche de oveja. Lo hacemos aquí, en las colinas de alrededor. Hay quien lo prefiere curado, con más carácter —sonrió—, como las personas.
Luego señaló el azafrán.
—Zafferano. Tiene denominación de origen protegida. Lo cultivamos aquí desde la Edad Media. Los mercaderes lo llevaban por toda Europa. Era tan valioso como el oro. Ahora lo seguimos haciendo igual. A mano. Con paciencia.
Cogió pan.
—Pane sciocco. Sin sal. Como antes. Como siempre. En la Toscana el pan no lleva sal, para que no compita con el sabor del embutido, del queso, del aceite. Para acompañar. Para compartir.
Y, finalmente, le mostró una botella de vino blanco.
—Vernaccia di San Gimignano —dijo sosteniéndola en las manos—.
Nuestro vino, con una tradición de cientos de años, se remonta hasta la época de los etruscos.
Desde el Renacimiento se considera uno de los mejores vinos blancos de Italia.
Fresco, elegante, con ese sabor a tierra que no se puede fabricar. Solo se hereda.
Y, por último, unos dulces envueltos en papel fino.
—Ricciarelli: almendra molida, azúcar, ralladura de naranja. Siglos haciéndose igual, junto con los cantucci: galletitas de almendra, perfectas para acompañar el licor.
Mientras lo preparaba todo con cuidado, la mujer la miró.
—¿Es para alguien especial?
Laura no dudó ni un segundo.
—Sí.
La mujer le tocó suavemente la mano antes de entregarle la bolsa. Un gesto sencillo. Sin explicación.
—Aquí hacemos eso —dijo—. Para recordar que estamos presentes.
Laura sonrió y pagó.
Salió contenta y comenzó a caminar. Con la bolsa, el incunable, y Violetta a su lado.
Cada paso la acercaba a su destino.
Las calles se fueron estrechando. Los turistas desapareciendo, el centro iba quedando atrás. El campo volvía a aparecer: viñedos, olivos, cipreses.
Hasta que llegó.
Se detuvo.
La fachada de la casa era un mundo en sí misma.
La pared casi no se veía, la cubría la vegetación por completo: enredaderas que trepaban sin pedir permiso, macetas colgadas a distintas alturas, plantas que rompían sus bases con la fuerza de las raíces.
En cada rincón había algo vivo, algo cuidado, algo que alguien había puesto allí con intención de ayudar a vivir a otros seres.
En las repisas de la terraza, una hilera de botellas de plástico reciclado colocadas con precisión, convertidas en comederos, colgadas de un alambre fino, con alpiste y pan seco para los pajarillos.
En una esquina, había un cuenco de barro con agua fresca. La azotea, lo poco que se veía desde abajo, era un jardín entero: macetas grandes y coloridas por sus flores rojas, naranjas, amarillas: un paraíso improvisado.
No había un centímetro de la fachada de la casa que no dijera algo; que no dijera: «Aquí vive alguien que ama la vida, que cuida lo pequeño, que no ha olvidado que el mundo también pertenece a los pájaros, a la naturaleza, a los animales, a las plantas...».
En el centro de la puerta había una aldaba de hierro casi verde: una mano sosteniendo una bola.
Laura la miró.
La sujetó con firmeza.
Llamó.