El legado de los leones 4.El diario de Balbina, secretos del pasado #2
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4.El diario de Balbina, secretos del pasado #2

Me llamo Balbina y escribo, pues si no lo hiciera, siento que de mí se apartaría la vida.

Llevo dentro de mí una existencia que no pedí, un peso que me desgarró y, a la par, me sustenta.

Cada día me pregunto si seré capaz de mirarle a los ojos cuando viniere a este mundo, o si he de apartar la vista para no hundirme en el recuerdo del hombre que me dejó señalado el cuerpo.

A veces amé la idea de quitar de mí aquella criatura, oí decir a ciertas mujeres que con yerbas de ruda y de artemisa podían hacer menguar lo que llevo dentro; otras, con sangrías y purgas, buscan que la sangre corra y con ella la carga; mas tal pensamiento me traía temor y desconsuelo.

Hoy he visto a un león esculpido en la plaza que me observaba con ojos que parecían conocer mi secreto y la vida que porto dentro de mí.

Su mirada me recuerda que nada acontece por azar, que la vida que llevo está señalada por algo más grande, algo que me enlaza con historias antiguas que no comprendo, pero, aun así, la siento mía, y con ese dolor crece también un extraño amor.

Laura se quedó paralizada.

Cerró los ojos un instante, dejando que aquellas palabras la atravesaran como un puñal.

Se sintió reflejada, como si Balbina hubiera escrito también su propia herida. Apretó el diario contra su pecho, y en ese gesto, juró guardarle un lugar en su vida.

Desde aquel instante supo que ya no podría separarse de él.

Cada momento que tuviera para sí, lo dedicaría a sumergirse entre sus páginas, que la llamaban con la insistencia de un secreto, sumergiéndose poco a poco en las historias que allí escondía.

Volvió a abrirlo, incapaz de resistirse, y sintió cómo las páginas amarillentas parecían susurrar su nombre. Sus ojos se posaron en el siguiente fragmento:

Él vino hacia mí sin piedad, arremetió contra mi cuerpo y con furia, me despojó de mi vestidura, golpeóme, y su rabia se apoderó de mí.

No puedo escribir su nombre, las piedras de Florencia temblarían si lo oyesen.

Diré tan solo que en sus venas corre la codicia y la ambición, que es un varón poderoso sobre todos, sustentado con el oro del pueblo y sus gentes.

El león, que es su señal, símbolo de familia y poder, guarda nuestras calles, y ante tantas miradas de leones fui deshonrada.

Laura sintió una punzada de curiosidad.

Había sufrimiento contenido en esas palabras, mezcladas con violencia, con la presencia del león como emblema de poder, y eso hizo que su mente comenzara a reunir puntos.

Florencia se revelaba más profunda, más oscura, más misteriosa.

Sin perder tiempo, empezó a indagar sobre escudos y simbologías.

Poco a poco, los hilos fueron encajando hasta conducirla a un nombre que atravesaba la historia de la ciudad desde el siglo XV: los Médici.

Banqueros y políticos, artífices de intrigas y protectores de artistas, habían tejido su influencia en cada rincón de la capital toscana.

Aunque su escudo familiar no mostraba leones, se les atribuía una pareja de esculturas que los representaban como guardianes de su gloria.

Eran los célebres Leoni Dei Medici , convertidos con el tiempo en icono de la familia... y de la propia ciudad.

Iba anotando cada descubrimiento en su bloc como si de una detective se tratase, siguiendo el rastro de un misterio largamente enterrado.

La intensidad de lo leído comenzaba a pesarle y comprendió que era el momento de detenerse. Cerró el manuscrito con delicadeza.

“Leoni dei Medici”, pensó. Su primera pista había resurgido entre papeles. Guardó el libro en la bandolera y salió de la Trattoria con paso firme.

Sabía que la ciudad, para ella, ya no era la misma; cada esquina, cada sombra, cada rostro podía ocultar un secreto o una mirada.

Apretó la bandolera contra su costado, sintiendo el peso sólido del incunable. No era solo papel y cuero viejo: ahora que el nombre de los Médici flotaba en su mente, el libro parecía haber cobrado una temperatura distinta, casi orgánica.

Caminó evitando las plazas más abiertas, buscando el refugio de las calles estrechas donde el sol apenas podía asomarse.

Florencia se sentía ahora como un texto cifrado. Al cruzar frente a un palacio, sus ojos ya no buscaban la belleza de la arquitectura, sino la marca de los leones, el rastro de esa familia de banqueros y sombras que, siglos atrás, habían custodiado lo que ella ahora llevaba en las manos.

Se detuvo un momento, fingiendo ajustar la correa de su bolso, solo para comprobar que nadie la seguía.

Al llegar al Ponte, se detuvo un instante a contemplar el Arno, que reflejaba en esos momentos la luz del atardecer.

Fue entonces cuando volvió a percibir la música del violín que había escuchado antes. Las notas acariciaban sus oídos, suspendiendo el tiempo en un instante de pura magia. Como surgido de la nada, un violinista comenzó a tocar a su lado.

Era un hombre de melena ondulada, con un aspecto angelical, parecía rescatado de otra época. Sus gafas pequeñas y de montura fina le daban un aire peculiar, casi entrañable.

Sus manos, grandes y ágiles, sostenían con delicadeza un Stradivarius. La madera rojiza del instrumento llevaba más de dos siglos resonando en manos de músicos desconocidos.

Cada cuerda vibraba con ecos del pasado, como si aún guardara en silencio las notas de teatros olvidados, salones de reyes y plazas que ya no existían.

Cada nota, cada movimiento, que brotaba del violín parecía contener tanto su personalidad risueña como la historia que su instrumento llevaba consigo.

Laura lo observaba fascinada. Se acercó a la funda del violín, apoyada contra el muro, y dejó caer unas monedas que llevaba sueltas.

El músico la observó y le agradeció el gesto con un leve movimiento de cabeza.

Pasaron unos segundos y él se inclinó ligeramente hacia ella. Sus ojos, de un verde profundo, la atravesaron. Entonces, le susurró al oído con voz grave:

—El león te está observando.

Sin esperar respuesta, guardó el violín con un gesto veloz y se alejó entre la multitud, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que la música.

Laura se quedó allí, con el corazón desbocado. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre se había desvanecido.

El aviso había comenzado. La ciudad entera parecía contener la respiración. Comprendió que debía fijar su atención en los leones, cuya presencia había marcado el inicio de todo.

El manuscrito hablaba de un símbolo, y un presentimiento casi doloroso le decía que la verdad estaba oculta en el mármol de Carrara, invisible para los ojos comunes. Solo quien estuviera destinado a descifrarlo podría reconocerlo.

En ella había nacido algo distinto. Los ojos inocentes del primer día se habían esfumado; ahora eran ojos abiertos, atentos a cada detalle. Mientras caminaba, sentía que su carga era pesada y anhelaba llegar a casa, a su refugio, donde pudiera sentirse segura. La aventura apenas comenzaba.