El legado de los leones
© inepub.com
1.Florencia. La librería y el incunable
E l sol se despedía suavemente sobre las calles empedradas de Florencia, tiñendo la ciudad con tonos dorados que realzaban su belleza. El aroma del café recién molido impregnaba el aire; se filtraba por las callejuelas mezclándose con el murmullo de la gente y el canto que escapaba de los locales.
A pesar de la belleza del lugar, Laura sentía un leve vacío en su interior, una melancolía que no sabía nombrar. Caminaba por las calles junto a Violetta, su fiel amiga de cuatro patas, buscando bibliotecas y librerías antiguas que explorar.
La presencia de Laura no destacaba por la elegancia ni la diplomacia, sino por su naturalidad y sinceridad.
Usualmente risueña y sociable, llevaba el cabello desaliñado y secado por el viento; el sol ya se había encargado de teñirlo con reflejos dorados.
La melena le caía por la espalda, sin peinar, como si llevara una corona de libertad.
Vestía con un estilo casual y fresco. Frecuentemente con los pies semidescalzos, cómoda y ajena a la moda.
La acompañaba siempre su bandolera marrón de piel y unas enormes gafas de sol oscuras, donde escondía sus ojos marrones almendrados, esos que, a veces, sin que ella lo advirtiera, hablaban.
Decidió dejarse llevar por la ciudad y perderse en ella, aunque extraviarse no suponía ningún reto para ella: lo hacía con una facilidad casi natural.
Le gustaba caminar pegada a las fachadas, aunque siempre con mil ojos. En Florencia, las ventanas de los palacios no son convencionales: tienen esas rejas de hierro que sobresalen hacia fuera, justo en medio de la acera. Cada vez que pasaba por una, no podía evitar pensar en los pobres ciegos.
Se preguntaba cómo harían para evitar los golpes constantes contra esos hierros. Si ella, que podía verlos, debía esforzarse para esquivarlos, para alguien sin visión, la ciudad tenía que ser una carrera con obstáculos constante.
Disfrutaba caminar sin rumbo fijo, simplemente por la sensación de pisar esas piedras que llevaban siglos ahí.
A veces, se quedaba mirando las fachadas de los palacios antiguos y pensaba en la de cosas que habrían pasado en esos patios interiores que se intuyen desde la calle; pero, para ella, en ese momento, Florencia era solo su casa; un sitio donde perderse: era casi un placer.
Las calles le parecían espejos unas de otras, como si la joya toscana jugara a confundirla entre sus sombras doradas. Iba buscando alguna de esas viejas librerías que tanto le gustan, de las que tienen ese olor a papel guardado que te atrapa nada más entrar.
Se fijaba en los detalles de las puertas de madera y en los relieves de las paredes, pensando que cada rincón de la ciudad tiene su propia personalidad, aunque a veces te vuelva un poco loca intentar encontrar una dirección concreta.
Más de una vez acababa girando en círculos, regresando al mismo punto de partida sin saber cómo. Solo el río Arno, con su rumor constante y su brillo cambiante, se convertía en su guía silenciosa: el conductor que la llevaba de vuelta a casa.
El lugar la absorbía por completo. Su sentido de la orientación era inexistente.
Todo se fundía en la misma imagen difusa.
Pero en medio de esa confusión, Laura veía una belleza pura: torbellinos de piedra y luz.
Fragmentos de historia latiendo en cada esquina, el murmullo invisible de la cultura flotando en el aire.
Aquel caos le fascinaba. Sentía que la ciudad respiraba con ella, que la envolvía y la impulsaba a seguir caminando. En ese espacio donde el tiempo parecía doblarse.
Era imposible no encontrar una razón para salir cada día de casa y dejar que Florencia la guiara a su manera, sin mapas ni rumbo, solo con el deseo de sentirse viva.
Comenzó a disfrutar de inmediato de la belleza que la rodeaba. Cada rincón tenía una historia que contar, cada estatua parecía observarla con ojos petrificados y distantes. Pero lo que más agradecía era el silencio, estar lejos del bullicio del tráfico y de las multitudes de turistas.
Junto a su perra, distinguió a lo lejos una pequeña plaza, y no dudó en adentrarse en ella.
No quedaba nadie. Todo permanecía inmóvil, sin nada que se moviera. La escena parecía sacada de una postal antigua, y la quietud la envolvía por completo.
Sondeó la plaza en silencio hasta que unos ojos serenos de piedra le llamaron la atención. El mármol blanco de una majestuosa estatua de león la hipnotizó al instante.
Al acercarse, reconoció de inmediato el mármol de Carrara, apreciado desde siempre por su pureza y calidad, el predilecto de los escultores florentinos.
Tenía ante sus ojos un león imponente que le transmitía calma y serenidad.
Sin pensarlo, alargó el brazo y lo acarició suavemente por el lomo frío. Sintió un soplo de aire por la espalda.
De repente, la tristeza invadió su alma y un gran vacío se adueñó de ella. Tuvo la sensación de que aquella estatua quería comunicarle algo, de que existía entre ambos una conexión que no sabía explicar, solo sentir.
Se quedó allí unos instantes, inmóvil, frente al león, sin soltarlo, sin querer romper ese hilo invisible. Permaneció el tiempo suficiente como para sentir el lugar.
La ciudad toscana murmuraba desde lejos. Violetta se había tumbado a sus pies en silencio, como si ella también lo entendiera.
Poco después, alzó la mirada y observó que a lo lejos había una pequeña librería, casi escondida, con luces tenues y difusas. Tuvo el impulso de acercarse, de dejarse llevar, y no tardó en saciar su curiosidad.
Pensó por un momento en las librerías de la cuna del Renacimiento, en esos locales pequeños y familiares que tanto le gustaban de la ciudad.
Allí los libreros tienen una forma muy suya de hacer las cosas; no son simples dependientes, sino apasionados que cuidan cada detalle.
Abren los negocios sin prisa, colocando con mimo los escaparates de madera oscura y saludando a los vecinos que pasan.
Las librerías de estilo florentino huelen a papel bueno, a cuero y a cera para limpiar los muebles antiguos. Tienen las mesas repletas de cuadernos hechos a mano con portadas sombreadas y estanterías altas que llegan hasta el techo, donde conviven novelas modernas con clásicos de siempre.
A los florentinos les encanta entrar, hojear las páginas en silencio mientras fuera llueve, y charlar con el librero, que siempre te recomienda algo con una sonrisa tranquila.
En ese ambiente pausado, maduro y lleno de respeto por la Historia, lo que resaltaba en el rincón al que Laura se estaba aproximando era una puerta de madera maciza, pesada, con relieves tallados a mano, desgastada por el tiempo y la humedad del lugar, con una aldaba de hierro forjado que crujía al ser movida.
Al entrar, se sintió en un mundo cargado de historia.
La librería la envolvió al instante: con los estantes llenos de libros antiguos impregnados de memorias, la luz se filtraba suavemente por los cristales gruesos hechos a mano, irregulares, con burbujas de aire y pequeñas imperfecciones, lo que le daba un encanto peculiar y un carácter especial.
Sintió un olor profundo a papel viejo y tinta seca. El silencio era tan completo que podía oír su propia respiración.
—Buenos días —dijo, casi en voz baja, como si tuviera miedo de romper algo.
Detrás del mostrador, una señora levantó la mirada y sonrió.
—Buenos días. Bienvenida —la saludó la librera.
Laura no respondió. Ya estaba dentro, perdiéndose.
Los estantes, altos y sólidos, estaban repletos de volúmenes encuadernados en cuero, con lomos dorados y letras gastadas por el manoseo.
Algunos apilados horizontalmente sobre los pasillos, como si el desorden fuera parte del encanto, mientras otros parecían flotar en la penumbra, esperando que alguien los descubriera.
Las escaleras de madera, con barandillas torneadas a mano, invitaban a subir y explorar el piso superior, donde los títulos antiguos y olvidados brillaban con reflejos del dorado de sus letras.
Cada libro parecía tener su propia historia que contar, no solo escrita en las páginas, sino en cómo estaba colocado, en la textura del papel, el olor…
Las mesas, dispersas, mostraban libros abiertos, cuadernos de anotaciones y cartas antiguas; algunas, cubiertas por un ligero polvo.
Entonces lo sintió: una mirada sobre ella, profunda, casi tangible. Alzó los ojos y, al fondo, entre las sombras de las estanterías, distinguió la silueta de una mujer.
Poseía una elegancia serena, casi hipnótica.
Llevaba un abrigo claro y un pañuelo de seda que le rozaba el cuello con un movimiento lento y calculado.
Su piel, clara, y el cabello, enfadado como olas del mar del norte: una mezcla de dorados y castaños, con el cuerpo delgado y muy estilizado.
Su altura no imponía, pero su quietud, sí.
No hacía nada. Solo la observaba, como si la estuviera estudiando desde algún lugar secreto en el tiempo.
Laura apartó la vista un instante, turbada. Cuando volvió a mirar, ya no estaba.
Fingió que nada había ocurrido y caminó con aparente calma entre los pasillos.
Fue entonces cuando reparó en la dueña de la librería.
Se había acomodado tras un escritorio de madera oscura, junto a la ventana, y la luz que entraba desde fuera caía oblicua sobre ella, tiñendo de ámbar el polvo suspendido en el aire.
Era mayor, vestía ropa sencilla en colores cálidos, con el cabello canoso y unas finas gafas que descansaban en la nariz, perfectamente alineada.
Tenía las manos arrugadas, pero firmes, manos que se habían gastado por los libros y las estilográficas.
Sus ojos, de un color esmeralda que recordaban al mar de Cerdeña, miraban de una manera particular, como si despojaran las máscaras y llegaran directamente al interior.
Se acercó a Laura con suavidad, casi sin hacer ruido.
—Soy la señora Sanna. Si hay algo en que pueda ayudarte, estoy a tu entera disposición —le dijo, casi con un susurro, y se alejó.
—Muchas gracias, señora Sanna —le respondió y siguió explorando.